Alguien cubrió el espejo

Hoy, al cabo de tantos y perplejos
años de errar bajo la varia luna,
me pregunto qué azar de la fortuna
hizo que yo temiera los espejos.

Jorge Luis Borges, fragmento del poema “Los espejos”


Allí estaba esa imagen de nuevo dentro del espejo. Era una mujer que no reconocía, desgarbada y flaca, vestida con ropas viejas, sucia. Cada vez que se asomaba al espejo una cara inexpresiva la miraba de vuelta, unos labios cerrados donde nunca se habían pronunciado las palabras. Desde ese momento la odió.
Por eso tapó el espejo con un paño negro y se propuso no volver a descubrirlo. Si necesitaba maquillarse lo hacía con un pequeño espejo de mano, apenas suficiente para delinearse el contorno de los ojos y poner algo de brillo en los labios. Decidió que aquella imagen fría y ajada que había visto no volvería a aparecer porque nunca más la dejaría salir de donde estaba atrapada.
No era necesario el espejo porque bastaba la mirada de los otros para comprobar que se veía bien. Sus gráciles piernas asomando bajo la falda y su cabellera brillante, ondulando al viento siempre recibían el tributo de los muchos ojos que la seguían calle abajo en un aplauso silente. Así, su colección de vestidos creció, para no defraudar a las miradas, su obsesión por la ropa se incrementó a tal punto que fantaseaba a menudo con el armario lleno de fabulosos trajes del Oriente.
Pero una vez soñó que, entre las sedas y los algodones de sus vestidos, había una culebra de ojos verdes que la esperaba enrollada para picarla apenas abriera la puerta del armario. Se despertó asustada y, temerosa de calzarse, recorrió uno a uno, las decenas de pares de zapatos que tenía. No encontró nada, ni en las zapatillas de tacón de aguja, ni debajo de las suelas de sus mocasines, pero siguió revisando por días entre la ropa, no fuera a ser que aquel bicho repugnante estuviera allí de veras. Pero nunca encontró nada y pensó que aquel sueño que parecía un presagio de algo malo por ocurrir, una amenaza oculta quizás, era sólo un simple sueño y, como tal, no había que darle mayor importancia, por tanto se vistió con esmero, como siempre, y salió.
Qué más decir de las estrellas que se asomaban en la noche sobre la ciudad y de la delicia de caminar bajo ellas, apenas resplandores claros en la calle putrefacta, llena de basura y de excrementos, de periódicos viejos y de mendigos acostados sobre ellos. Llegaría al Café y tomaría una mesa para cuatro donde esperaría al resto del grupo para comenzar con la primera confidencia, el último cuento y el comentario debido, la típica tertulia semanal con los amigos que era para ella ya casi un ritual.
Pero de pronto las nubes cubrieron las estrellas y una ventisca cargada de lluvia anunció el fin del paseo. Tuvo entonces que correr hacia la entrada del Café para llegar apenas a tiempo de que se derramaran los caudales.
Agua, viento, periódicos viejos desparramados en la acera y el grupo de mendigos buscando refugio en los portales era lo único que se veía afuera, a través de los ventanales del acogedor Café, pero ni rastro de los amigos. Pensó que se habían retrasado con el temporal, así que se dispuso a ordenar un capuchino para esperarlos.
Disfrutaba de la espera y de la compañía de las miradas sobre su impecable atuendo hasta que éstas fueron desviadas hacia otra parte, hacia la entrada donde una mendiga sucia, desgreñada y cargada de bolsas de misterioso contenido, se sentaba, buscando refugio de la lluvia. La mendiga permanecía de espaldas a las mesas y a ella le molestó mucho aquello porque sentía que ensuciaba con su presencia la belleza inmaculada del local. Era como si de pronto toda la oscuridad de la tarde hubiera entrado con la mendiga. Se acabó su tranquilidad y su capuchino al mismo tiempo, una mueca de disgusto se le plantó en los labios porque habían permitido la entrada de la mendiga, una trasgresión así empañaba los cristales y hacía que las rosas sobre las mesas se tornaran mustias, casi a punto de derrumbarse.
Incapaz de soportar aquel cambio decidió arriesgarse bajo la lluvia y correr calle abajo para marcharse lo más pronto posible, sin esperar por sus amigos. Era tanto su desasosiego, su ahogo, que necesitaba salir de ahí y respirar, aunque la bocanada fuera tan húmeda como las aceras donde ahora bailaba la lluvia con más fuerza.
Cuando caminaba hacia la salida del Café, la mendiga se levantó de golpe y se quedó de espaldas bloqueando la puerta y ella, que venía con paso apurado, la tropezó, empujándola levemente. La mendiga se volteó, levantó su cara vacía de expresión y la miró desde muy cerca con una descarga de aliento alcoholizado. Un ahogo infinito la invadió porque al momento descubrió que aquella mendiga de las bolsas que le echaba encima su pestilencia era la misma mujer que hacía años había dejado encerrada en el espejo, aquella que alguna vez se asomó cuando ella miraba, ahora la tenía frente a frente y el odio que aquella vez había sentido por ella se convirtió en horror.
Se desmayó en el acto, la mendiga la tuvo que sostener en sus brazos sin cambiar su expresión ni su mirada de loca. Volviendo del desmayo lentamente, a pesar del horror y la repulsión de saberse en los brazos de la mendiga, se dio cuenta de que, si bien ella la había reconocido, la mendiga no sabía quién era ella, su carcelera, quien por tantos años la había mantenido presa tras el paño oscuro, encerrada en el espejo. Se dio cuenta de que la mendiga no le dijo nada, ni le reclamó su olvido, ni siquiera mostró señales de angustia mientras la sostenía en sus brazos para que no cayera al piso.
Pero a ella, un abrazo así, cara a cara, la llenaba de una angustia infinita porque era como si de pronto hubiera pasado al otro lado del espejo, a un mundo desconocido donde las cosas se caen a pedazos y la decadencia se adueña de todo. Sólo deseó que, si por casualidad, estaba realmente del otro lado del espejo, a nadie se le ocurriera correr el paño oscuro, dejándola ahora a ella de este otro lado.
Pero ya la mano apuraba el paño para cubrir el espejo creando una tremenda oscuridad en torno a las dos mujeres abrazadas. Era demasiado tarde, el abrazo se había prolongado más de lo debido y no hubo tiempo de salir de la trampa. Las luces se apagaron y alguien las empujó fuera del otrora cálido Café hacia la calle inmunda, llena de desperdicios. Tuvieron que apoyarse una en la otra para salir a la lluvia, al descampado, al desamparo de un cielo que ya no iluminaba las calles olvidadas. Así se echaron al camino, hacia donde la mujer de las bolsas le ofrecía, con su cara vacía y su boca, que nunca había pronunciado las palabras, otro lugar distinto para refugiarse.

Ana María Velázquez

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