De la humanidad de las letras

¡Bueno, bueno, bueno: esto sí que es una sorpresa! —le dije al libro, a medio abrir, a medio cerrar. Un señalador, bastante deteriorado él, aburrido ya de cumplir su función deíctica todos los santos días, prefirió erguirse y abandonar el lugar, ante la mirada inquietante de los demás volúmenes de mi biblioteca.

—¡Toda una sorpresa, en verdad! Pero apuesto uno contra cien a que alguna vez lo soñaste!... ¿Me equivoco?

La antología ahora se movía divertida, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Y mientras sus palabras, frases, se hilaban buscando la cohesión y el contenido por mí esperado, las letras correspondientes dejaban la hoja, por turno... Sin agolparse, iban a parar a un cenicero de cerámica que hacía las veces de contenedor.

—Sabés de mí. De todos— prosiguió la antología, ya acomodada contra el fondo del estante superior —Sabés más de lo que pensabas. Y supiste esperar...

Repentinamente, las últimas letras dejaban el volumen para ingresar en el cenicero y, ante mi asombro, se unían formando la silueta de alguien conocido, admirado. “Una gran persona”, como yo solía llamarlo, en confianza, durante mis noches de soledad autoimpuesta, con su verdad en mis manos.

Gustavo terminó de delinearse, colorearse, tomar la forma con la que su idea ingresó en mí: ¡Sus rasgos eran iguales a los que mostraban las enciclopedias!

Y fue entonces que Gustavo Adolfo Bécquer me tendió su mano, amigable, mientras se invitaba a oírme, con las pequeñas palabras que solamente alguien tan grande puede emanar desde las cenizas mismas:

—Bueno, y dime: ¿qué a sido de tu vida, en todo éste tiempo sin vernos?

Pablo Veiga
Buenos Aires, Argentina

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