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La Muerte del Cadáver Y el cadáver, que aún estaba vivo, agradeció que lo hubiesen encontrado, justo antes de que las aves de rapiña le sacasen el otro ojo. Se puso de pie y quiso seguir su camino. Pero fue esposado y detenido por averiguaciones. Lo trasladaron a una sala aséptica, donde unos doctores le practicaron la autopsia, mientras unos detectives con caras de pocos amigos le preguntaban dónde y con quién había estado las últimas horas de su muerte, y las posibles causas de la misma; quién había sido él antes de ser cadáver, quiénes sus familiares, sus amigos, sus enemigos y sus amantes; si había sido buen padre, buen hijo, buen esposo, buen pariente de sus parientes; si había trabajado horas extras, hasta la madrugada, hasta el agotamiento; si había tenido vicios, y cuáles, en caso tal; si se había masturbado con revistas, con películas o con la imaginación; si prefería la comida china, mexicana, árabe, espoñola, japonesa, rusa o tailandesa; si hacía deportes o se limitaba a verlos por las noches en televisión; si era demócrata o comunista, o de ultraderecha; si había votado en las elecciones; si había cumplido con sus deberes religiosos, o era ateo; si había viajado, y a dónde; si había tenido sueños, pesadillas y esperanzas; si había llorado por amor; si había asistido al funeral de su madre; si había reído y jugado con niños; si había visto una puesta de sol... En fin, si había vivido poco o mucho, según su criterio o punto de vista. El cadáver, harto de que le manosearan las entrañas y lo acosaran con preguntas estúpidas, dio un último suspiro, y esta vez sí que se murió, de verdad verdad. Fedosy Santaella Kruk |
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