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Dos
Cuentos
El “mobbing”
que no cesa
Los hechos se suceden a una velocidad
de vértigo: el empleado está tranquilo, realizando los
deberes propios de su puesto. Acaba de colgar el teléfono situado
sobre una mesa donde ordenador y papeles son testigos mudos del devenir
diario. Otros tantos escenarios se repiten cada par de pasos en la
gran oficina acristalada.
Nuestro empleado pone empeño en sus funciones. Hoy ha empezado
bien el día. Ha obtenido respuesta satisfactoria por parte
de un buen cliente. Está pensando incluso en hacer algunas
propuestas imaginativas al departamento para bien del negocio.
Al instante siguiente nota una presencia helada que se acaba de manifestar
a su derecha.
–Macho, estos informes no tienen pies ni cabeza –dispara
su jefe mirando por encima de las lentes de enfoque progresivo–.
No has aprendido nada en los últimos cursos que te han dado…
Con gesto airado y una sonrisa despreciativa desaparece del escenario.
En unas décimas de segundo,
la mente del empleado se ve envuelta en una marejada de sorpresa,
confusión y miedo. De súbito le sudan las palmas de
las manos y un cosquilleo característico en esas situaciones
se apodera de él.
El jefe se vuelve antes de cruzar la puerta de su despacho:
–Quiero los informes de nuevo en mi mesa para antes de la hora
de comer –espeta con furia mal contenida, atajando un vano intento
del empleado por entender lo que está bramando.
Aquella escena podía haber transcurrido en un despacho cerrado
y no ante veinte compañeros que intentan aparentar que continúan
sus tareas como si nada aunque no le quitan ojo. Ellos saben bien
lo que se siente en esas ocasiones. Alguno incluso suspira aliviado
por no haber sido objeto de aquellas iras.
Pero son conscientes de que en cualquier momento les tocará
aguantar una de esas.
La congoja de nuestro empleado es superior a la que se extiende sobre
los demás, no por lo reciente de la reprimenda pública
sino porque es objeto de las ínfulas de su superior con mayor
frecuencia que los otros, lo que desde hace tiempo le hace sospechar
que se ha convertido en la diana de su jefe.
Se siente como un felpudo pisado por zapatos embarrados, como una
escupidera, un sifón de desagüe, un vertedero de residuos.
Su autoestima flota como una pavesa conducida al azar por un viento
errático, cada vez más lejos de un lugar seguro donde
asirse.
Al intentar revisar los informes para localizar la causa del ataque
frontal que ha sufrido, solo encuentra un par de anotaciones del superior
que carecen de significado claro. Piensa entrar en el despacho del
bramante para solicitar esclarecimiento del asunto pero se retrae.
“No vaya a ser que la fastidie más aún”.
La falta de seguridad le destroza por dentro pues no es capaz de encontrar
explicación a la reacción de su jefe. Repasa su denostado
trabajo una y otra vez y su preocupación crece.
–¿Qué querrá
que ponga aquí? ¿Qué tengo que hacer para que
no lo rechace de nuevo?
Así una y otra vez. Si
nuestro amigo habla en una reunión, lo hace cohibido por la
presencia cortante de su superior, el cual le tiene enfilado. Tiene
que pensarse mucho lo que va a decir, cómo lo va a decir y
qué palabras evitar para no caer en las garras del opresor.
Así las cosas, nuestro empleado ve el horizonte cada vez más
difuso y oscuro. Termina creyendo que no está capacitado para
su trabajo, la presión psicológica le acompleja y mina
su confianza en sí mismo.
Son los mecanismos que accionan el “mobbing”.
Por desgracia, el acoso en el trabajo no cede terreno a la tolerancia
y al trabajo en equipo, al saber delegar y transmitir confianza a
los subordinados.
Tan cruento resulta “ejercer el liderazgo”, la “orientación
al logro” y todos esos términos que su jefe está
habituado a escuchar en los cursos para directivos.
No parece que la difusión de esta actitud de algunos mandos
realizada en los medios de comunicación en los últimos
tiempos vaya a contribuir a atemperar estos comportamientos, que por
restrictivos de la iniciativa personal y del derecho de todos a desarrollar
el trabajo en un ambiente propicio, debe considerarse, cuanto menos,
punible. Hasta el momento, poco se ha hecho en el aspecto legal para
proteger al acosado. Muchos son los que sufren (la mayoría
en silencio) este hostigamiento despiadado, teniendo que recabar ayuda
del psicólogo como víctimas, pero es que esta ayuda
se hace necesaria igualmente para el hostigador, que es quien presenta
un cuadro clínico que difiere de la normalidad y ha de tratarse.
Es deprimente que haya tenido que saltar a los medios la noticia del
mobbing por los casos valientes de aquellos que han denunciado la
opresión, pero ¿y los que la han sufrido tradicionalmente?
El acoso laboral se ha producido desde siempre, pero debía
suceder que resultaba por todos asumido que los jefes tienen malas
pulgas o aquello de “el que manda, manda” o que la cultura
del sometimiento laboral absoluto a la pirámide jerárquica
estaba más extendida en otro tiempo. Esto nos habla acerca
de la penitencia del silencio que se han impuesto las víctimas
y de la falta de solidaridad en quienes les rodean, quizá por
temor a que las iras del que manda les salpiquen a ellos, quizá
porque ese tipo de hermandad no se prodiga en los humanos de hoy.
Cualquiera se para en una carretera a auxiliar a un accidentado, o
decide hacerse donante de sangre, incluso se ofrece a llevar a su
casa en el coche propio a un compañero de trabajo que no vive
demasiado lejos; pero si echar una mano significa poner supuestamente
en jaque el puesto de trabajo se prefiere mirar hacia otro lado.
Quién sabe, acaso con la actitud contraria, denunciando colectivamente
al acosador, es como se conseguiría parar a esos pequeños
monstruos de oficina, es decir, impedirles descargar sobre otro sus
ocultas frustraciones.
Carlo y la muerte
A las cinco en punto de la tarde,
Carlo subía al asiento de conductor de "la máquina".
Un intenso aroma a tapicería de cuero le envolvió de
inmediato.
Fue como si se sumergiera en otra dimensión. Todavía
resonaban en su mente las palabras de Sara:
–Ve con prudencia, Carlo. Esa máquina es como un cohete
con ruedas...
–No exageres. Lo probaré por la carretera secundaria.
A estas horas no hay tráfico.
–No dediques mucho tiempo a esto, Carlo.
–¿Y por qué no vienes? El coche admite dos plazas...
–No me apetece, de veras.
–Vale. No le des más vueltas, cariño. Estaré
de regreso antes de las seis.
Él la besó en los labios, un gesto que martillearía
la memoria de ella durante mucho tiempo.
El último beso. Durante años, Sara se repetiría
multitud de veces las mismas preguntas ¿Por qué no le
retuvo más tiempo? Habrían podido hacer el amor durante
horas, en la intimidad del dormitorio que desde ese día ya
no volverían a compartir. Si ella hubiese insistido un poco
más. Lo suficiente para que él abandonara la idea de
subirse a esa máquina.
–Dios, ¿por qué no le quitaste de la cabeza esa
locura? –se torturaba interiormente.
–“Ve con prudencia, cariño..."–. Las
palabras se desvanecieron en sus pensamientos cuando Carlo giró
la llave de contacto.
El bólido rugió anunciando su afán de conquista
del asfalto. Quinientos cincuenta caballos de potencia ofrecen bastantes
posibilidades al afortunado conductor que quiera experimentar nuevas
sensaciones.
Con tacto muy suave, Carlo introdujo la primera marcha y posó
el pie sobre el acelerador. El Ferrari F60 se revolucionó hasta
6500 vueltas y salió disparado hacia la Avenida de América.
Al principio le costó trabajo dominar los envites de la "macchina"
a cada presión sobre el pedal. Después comenzó
a sacarle sustancia a la experiencia. Aprendió que debía
soltar enseguida el embrague y solo dejar caer el peso del pie. Así
consiguió una respuesta dócil del vehículo.
Únicamente cada vez que había de parar ante un semáforo
y aminoraba la marcha, le parecía que al accionar el freno
debía apretar el pedal más de la cuenta. Le sorprendió
un poco que la frenada no fuera tan precisa como el resto de los controles.
Tomó el desvío hacia la Nacional Uno, dirección
Burgos. Sensaciones nunca antes vividas pasaban por su mente. La excitación
de la velocidad. La brutal aceleración al cambiar de marcha.
Un gozo indefinible le mantenía eufórico.
A su cabeza acudían fugaces recuerdos de su infancia, cuando
se escapaba con la moto de su padre para recorrer la adoquinada Vía
San Giovanni, de su querido San Gimignano. A pesar del traqueteo producido
al rodar por la irregular superficie, aquel niño disfrutaba
como nadie de la experiencia. El cosquilleo que le subía por
los brazos a sus doce años, con la Benelli a sesenta kilómetros
por hora, llegaba a erizarle el cabello.
Una excitación similar embargaba sus sentidos al volante de
la máquina. Pero esta vez se desplazaba por una autovía
recién asfaltada a ciento noventa kilómetros por hora,
con visos claros de alcanzar mucho más merced a la formidable
aceleración brindada por el propulsor de inyección multipunto.
Carlo dejó pasar el desvío hacia la carretera de Colmenar,
donde pensaba visitar las obras del Polideportivo que dos meses antes
comenzó a construir Fakirsa.
Le pareció mejor idea continuar unos pocos kilómetros
más.
El color rojo fuego de la carrocería relucía bajo el
sol de la tarde como un diamante. Carlo deseaba sacarle jugo a aquel
proyectil con ruedas. En su muñeca, las manecillas del reloj
Swiss Army marcaban las cinco y veinticinco. Necesitaba más
tiempo para hacerse con el control de la máquina. Habituado
al sencillo manejo de su viejo Alfa Romeo 95, le llevaría un
buen rato domar a este pura sangre.
Carlo no tuvo que hacer uso del freno desde que dejó atrás
el casco urbano. La retención del motor al levantar el pie
del acelerador resultaba más que suficiente para adaptar la
velocidad al fluido ritmo con que discurría el tráfico
a esas horas.
La ruta le llevaba hacia la zona de la Sierra. Aunque sus picos más
altos no se elevaban mucho más allá de los dos mil metros,
los barrancos y despeñaderos que jalonaban la carretera imponían
respeto a cualquier viajero.
A la altura de la cuesta de El Molar, Carlo empezó a comprobar,
maravillado, la fuerza con la que el propulsor del Ferrari F 60 era
capaz de impulsar aquel ingenio mecánico, fruto de la más
avanzada tecnología.
El velocímetro marcaba
doscientos diez kilómetros por hora.
¿Qué pudo inducir a aquel hombre tranquilo, equilibrado
y poco amigo de asumir riesgos inútiles, a correr disparado
a los mandos de un bólido?
Sensaciones, quizá. Sensaciones de una intensidad que nunca
antes (si acaso en la niñez conduciendo la Benelli verde y
plata) había llegado a experimentar.
–Es Inevitable sucumbir, ¿eh Carlo? –preguntaba
su conciencia. Total, por una vez que juegues a ser chico malo no
has de sentirte culpable–. ¿Quien no ha sido atraído
por lo prohibido, por traspasar la línea de lo correcto? ¿Incumplir
una norma de tráfico? ¡Bah! Su buen amigo el concejal
le resolvería la papeleta. Cuantos favores intercambiados.
Una sólida amistad. Buen elemento ese Pablo.
Las curvas iban haciéndose más cerradas a medida que
Carlo avanzaba por la pista hacia la cadena montañosa.
Pisó el freno varias veces. Al igual que cuando circulaba por
Madrid, notó que debía apretar a fondo el pedal. Pero
ahora apenas podía percibirse el efecto de la frenada. Cambió
a una marcha más corta. No fue suficiente. El vehículo
escapaba por momentos a su control. Un sudor frío humedeció
su frente y sus manos. Los nervios empezaron a dominarle y dieron
paso a una rigidez que le atenazaba los brazos y las piernas. Un letrero
indicaba en negro sobre blanco la leyenda " Robregordo, 10 Km".
La siguiente curva hizo que el Ferrari sobregirara de la parte trasera.
Casi fuera del arcén, el conductor consiguió enderezar
la trayectoria. El rugido del motor fue una clara protesta ante la
subida de revoluciones provocada por la reducción de marcha.
Dominado por la desesperación del momento, a Carlo le importaba
poco forzar el motor, pasarlo de vueltas o que saliera ardiendo. Pugnaba
por salvar la vida y para ello había de frenar. Frenar como
fuera. Durante un instante que le pareció una eternidad, Carlo
decidió arrimarse a la pared rocosa de la montaña, cortada
por la carretera en varias zonas.
Se hallaba en las estribaciones de la Sierra madrileña, hendida
por la Nacional–I como si un hacha descomunal hubiera asestado
un tajo formidable.
–¡Dios, ayúdame! ¡ Dios, ayúdame!
–repetía para sí.
Pretendía rozar el lateral rocoso en un loco intento de reducir
la velocidad. Entró en una curva pronunciada, en forma de horquilla.
Salir de ella a ciento ochenta kilómetros por hora, resultó
ser una empresa imposible. La angustia de Carlo le llevó a
la memoria la imagen de Sara.
– “Cariño, estoy perdido. Recuérdame siempre”.
Esas palabras cruzaron su mente tres segundos antes de romper el pretil.
El coche rebotó contra la roca y salió despedido hacia
el lado opuesto de la calzada girando sobre sí mismo. Rebasó
el borde del precipicio llamado Barranca del Toro, a trescientos metros
sobre el suelo. Seguía girando mientras surcaba el aire en
un recorrido mortal que terminó aplastándolo contra
las grandes rocas del fondo.
Marcos
Manuel Sánchez
España
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