Crónica de un viaje a Araya (o cómo quitar toda esta sal de mi cuaderno)

Prepárese, el curioso lector de estas líneas, a compartir con un grupo de alucinados las incidencias de un viaje metamórfico repleto de trasiegos (inexplicables en su mayoría) que nos llevaron a cruzar el umbral que separa a la realidad de la ficción. Una travesía llena de imaginarios míticos donde lo grotesco, lo erótico, lo diabólico (lo femenino) y lo sincrético (Yacabó) brillan como enigmas insondables. Laberínticos corredores llenos de espantos y aparecidos, lóbregas posadas habitadas por pescadores de ojos desorbitados, vampiros epilépticos que conducen camiones desvencijados, licántropos que matan chivos en mitad del desierto, poetas sin cabeza que hacen chirriar sus hamacas a altas horas de la madrugada, "lalitas" surrealistas que contonean la cintura al son de una conga, sirenas subrepticias que escupen isótopos radioactivos, filósofos que firman millonarios contratos musicales sobre las tumbas de un cementerio pre-hispánico, peñeros fantasmas, dermatólogos asesinos, bancos de sangre animal. Todo esto y mucho más encontrarás aquí, trasnochado lector de estas crónicas. Cosas que te llevarán a experimentar el mismo horror que le produciría a una cucaracha leer "La metamorfosis" de Kafka.

Diario/ARAYA-2002 (Primera parte)

Viernes
Luego interminables horas, en caravana de vehículos, siguiendo un camino de tierra lleno de palos secos, de carcasas espaturradas de sapos y lagartos y bordeado por una vegetación raquítica, hemos finalmente alcanzado nuestro destino. Es una fortuna que la travesía haya quedado en el pasado. Sólo restan de ella en mi memoria algunos malos recuerdos, como el de una de mis compañeras (cuyo nombre me reservo, más por vergüenza que por respeto) vomitando con cada curva del camino, o como el de los puñados de polvo que hemos tenido que tragar con cada bocanada de aire respirado mientras nuestros cuerpos eran atenazados sin clemencia por un calor infernal traído por el viento que soplaba desde todos lados sin pausa ni sosiego. No ha sido la mala suerte, como era de esperarse, lo que me ha hecho viajar en un precario vehículo que adolece de mínimas comodidades, como lo sería un acondicionador de aire, ya que, como de costumbre, ha sido Israel quien se ocupó en asignar de manera salomónica los compañeros de equipo y de viaje (con aprensión compruebo que aún hay restos de devoluciones gástricas en mis pantalones). El resto de los pasajeros no eran personas muy dadas a la conversación, por lo que a la media hora de viaje se encontraban todos ya en silencio o dormidos o pretendiendo dormir. Me he felicitado por tener la precaución de llevar a mano mi botella de vodka, de la que fui sorbiendo poco a poco, cuando lograba impedir que se me derramaba en el pecho con cada sacudida del vehículo (lo cual no puedo considerar que estuvo mal del todo, siempre que el aroma de la bebida disimulaba el de las arcadas de mi compañera).
Claro está, todo esto se ve disminuido por la emoción que me produce el estar pisando la misma tierra que recogiera los pasos del insigne poeta cumanés y que me es harto difícil poner en palabras.
El punto de llegada es una clandestina edificación que se levanta en medio de un asentamiento de casas dispersas agazapado entre una ladera de piedra y la orilla del mar espumoso. Su silueta espectral se recorta contra el cielo mortecino de la tarde. Si al caso vamos, un auténtico refugio para volcarse a la escritura de poemas y relatos, lejos de la sórdida presencia de la civilización.
Fuimos recibidos por un personaje que parecía producto de un mal sueño: una albina de rasgos negroides y aliento aguardentoso, que se identificó como “guarda y custodio” del lugar y que nos permitió el acceso, con mal disimulado disgusto, empujando una vieja puerta de madera carcomida por los bichos, que hizo poner los pelos de punta a más de uno de los presentes al emitir un crujido lastimero. Un lunar lleno de pelos en la nariz chata y regordeta de la mujer me produjo una cierta sensación de asco y hasta un poco de intranquilidad (aunque es claro para todos que los lugares desiertos y solitarios engendran fantasmas y seres misteriosos, por lo cual me convencí de que lo más sano sería restarle importancia a todo el asunto).
Fue en verdad una suerte que las influencias de Maritza, pariente lejano del director de cultura del estado, nos libraran de la esperada resistencia de la extraña mujer, y, además, no sólo imponerle nuestra visita sin restricciones a la casa que Ramos Sucre utilizara como lugar de descanso y veraneo, sino también autorizarnos a pernoctar en ella por el tiempo que se nos antojara conveniente. Y como era ya cerca de la media noche se decidió que lo mejor sería irnos a dormir de inmediato para, de esta forma, poder levantarnos muy temprano al día siguiente y comenzar así con nuestras labores escriturales. Con cierto barullo (de las chicas sobre todo) nos distribuimos a nuestro antojo en las diferentes habitaciones del lugar buscando el mejor sitio donde colocar nuestros sacos de dormir (ni de vaina iba a permitir a Israel asignarme compañero de aposento). No voy a mencionar quien fue la primera en acostarse, creo que es obvio. Yo, aún sin sueño (insomnio del viajero, creo que le llaman) me ubiqué bajo una pequeña ventana por la que se colaba el rumor del mar, uno que otro zancudo, y la deliciosa claridad de una luna así de grande que flotaba en un cielo límpido y sin nubes (“un cielo azul turquí que se torna de un negro solemne donde las estrellas adquieren una limpidez profunda”, la cita, por supuesto no es mía, es de Valle-Inclán). Saqué una cerveza tibia, de las que llevaba escondidas en mi mochila, y me dispuse a escribir estas notas mientras el resto de mis amigos terminan de acomodarse. Fue Bettina la última en desaparecer por el pasillo imbuida en un minúsculo pijama de algodón. La visión me ha provocado un escozor en la entrepierna seguido de una erección gigantesca. Ha estimulado además mi imaginación para escribir el siguiente minicuento:

Todo sucedió al final de una noche de tragos. Un tanto desorientado, abrí por descuido una puerta contigua a la de mi habitación de hotel justo en el momento en que una morena despampanante abandonaba el cuarto de baño vestida con tan sólo una toalla enrollada en la cabeza. Por un momento, sorprendidos, sólo atinamos a observarnos el uno al otro. Me sentí como en un sueño del que no quise despertar. Creo que por eso fue que dije: “Hola, querida. Ya llegué”.

Bien, ha llegado mi turno de usar el baño, de momento aquí se terminan estas notas, no sin antes dejar constancia de que siento la presencia de la albina que con sus ojos dislocados y su olor a trapo viejo observa con detalle todos nuestros movimientos.

Sábado
Desperté con las primeras luces del alba luego de una noche intranquila poblada de ruidos y de ráfagas de brisa caliente. Lo primero que he hecho al levantarme ha sido tomar lápiz y papel para anotar el extraño sueño (o debería decir pesadilla) que se apoderó de mi mente durante la noche. Todo ocurría en medio del paisaje más árido y desolador que pueda imaginarse, cubierto por una espesa penumbra, y en medio del cual se divisaba una inmensa lápida de piedra. Sobre ésta, una aves negras y decrépitas dibujaban símbolos incomprensibles en la roca con golpes secos de sus picos. A un lado, un monje, signado por la fatalidad de haber desechado la fe de sus hermanos, me muestra una figura que lleva tatuada en medio del pecho. En ella reconozco la cifra misteriosa de la locura. Con voz cavernosa me dijo que mi destino sería el de ser consejero y guía de un rey niño que no conocería el valor de las amenazas. Y mientras hablaba levantó sus manos al cielo. De inmediato vi animarse a las estrellas y a las constelaciones al tiempo que el sonido de unos truenos me indicaban la aproximación de una tormenta hacia aquel imaginario lugar. De esto debo hablar con Mari, de seguro que ella sabrá lo que significa.
La diabólica figura de la albina en el resquicio de la puerta entreabierta como una rata fizgona me hace suspender la escritura de estas notas. Me observa con el rostro contrariado por el desprecio. Me pareció aún más blanca que el día anterior como si alguna criatura de otro mundo le hubiera sorbido la sangre durante la noche. Escuché ruidos a mis espaldas, sobresaltado me doy vuelta para comprobar que son mis compañeros que ya comienzan a levantarse. Al girar de nuevo hacia la puerta ya no hay nadie, sólo sombras que se mueven lentamente.

(más tarde)
Luego de tomar una taza del delicioso café que ha preparado Vicente, procedimos en grupo a recorrer el resto de la casa. De ella hay sólo dos lugares que llamaron mi atención y que valen la pena ser destacadas en este diario de viaje. El resto no es otra cosa que corredores y cuartos vacíos o con alguno que otro mueble apolillado. Uno de estos sitios es el estudio que era utilizado por el poeta en sus horas de trabajo y en el que todavía se conserva un escritorio de madera pulida con una silla a cada lado. Está ubicado frente a un amplio ventanal que da hacia el este y por el que penetra una luz que baña las paredes blancas y el piso de mosaicos color rosa. También hay dos bibliotecas de sólida estructura dispuestas en ángulos rectos con respecto a paredes opuestas, con puertas de cristal y cerraduras, y tramos que se desbordan con libros de antiguo aspecto y algunos manojos de cartas sujetas con bandas de goma (algunos de los títulos que despertaron mi curiosidad: El paraíso perdido de Milton, Las siete tragedias de Esquilo, The Monk de Lewis, el Doktor Faustus de Marlowe, la Metafísica de Aristóteles). El otro lugar que me parece digno de mención es un balcón (de hecho, el único de la casa) que extrañamente no da al mar, como podría esperarse, sino hacia el lado contrario, del que, desde más allá de algunos accidentes del terreno, nos llega la siniestra imagen de un abandonado cementerio poblado por un puñado de cruces torcidas y una maleza reseca que, cual fosca enredadera, parece enroscarse en los mismísimos rayos de sol.

(ese mismo día)
Sentados a la sombra de una acacia, hemos realizado nuestra primera sesión de trabajo, en la que destacó uno de esos monólogos interiores, cargado de sutil sensualidad, a los que Nines ya nos tiene acostumbrados. Igualmente, fuimos sorprendidos por el trabajo de Elena, un relato que lleva por título: “Meditaciones metafísicas de un buhonero”, el cual (no se dejen engañar por el nombre) trata de agudos y profundos temas relacionados con la visión cosmogónica del personaje principal, un individuo de inquieta naturaleza (quizás ella misma). Me vi tan impresionado por esos trabajos que no pude siquiera atreverme a leer lo que yo mismo había escrito, un minicuento que dejo anotado aquí sólo por cuestiones de registro.

Minicuento insulso
Cavilaba, muy plácido, sorbiendo un dry-martini frente al retrato de mi amada, cuando fui de súbito interrumpido por Alfred, mi lacayo.
–Señor –me dijo–, afuera hay un árabe que pregunta por usted.
–¿Por mí?, ¿un árabe?, ¿a estas horas?
Algo contrariado, me dirigí, no sin cautela, hacia la puerta. Observé al visitante. En efecto, era un árabe. Hasta llevaba un turbante sobre la cabeza.

(en la noche)
Una vez que la noche tendió su oscuro manto sobre nosotros (me encantan estos lugares comunes, lo cual me recuerda esta otra cita: “la luna enlutada como viuda ideal dejaba caer su tenue sonrisa sobre nosotros”, de nuevo Valle-Inclán), nos reunimos en el muelle que se proyecta mar adentro frente a la casa, y con los pies desnudos sumergidos en el agua salobre, conversamos en franca algarabía mientras una botella de ginebra pasaba de mano en mano (el sueño de Israel hecho realidad: las muchachas tomaban a grandes sorbos y con desenfado de la botella). Alguien, en el extremo opuesto a donde me encontraba, dirigió la luz de una linterna hacia las aguas, revelando un fondo marino poblado con una increíble variedad de criaturas, lo cual provocó que Elena recogiera sus piernas y las colocara sobre el entablillado. Pedro, que desde hacía rato parecía estar jugando a identificar las estrellas, dijo de pronto: Puedo escribir los cuentos más tristes esta noche.
Tomados por sorpresa, no atinamos sino a mirarnos los unos a los otros en silencio. Pienso que hoy, mi amigo Pedro, ha alcanzado uno de esos momentos de sublime lucidez solo reservados a los más grandes genios de la literatura universal.
(Nota final: antes de acostarme, en el silencio de la noche oscura, he intentado escribir una elegía al poeta Ramos Sucre. No alcanzando a parir ni siquiera una sola línea, decidí dejarme de pendejadas y acostarme a dormir. Antes de apagar la luz, he creído ver, en el marco de la ventana, recortada contra el disco lunar, la silueta de un gato con el lomo arqueado, lo cual me hizo preguntarme dónde estaría la albina a esas horas y a qué extraños ritos podría estarse dedicando).

Domingo
He tenido otro sueño, todavía más extraño que el de la noche anterior. ¿Será posible que este lugar genere tal influencia en mi subconsciente? (Ya Marcos, en relación con un viaje suyo a la residencia de Pablo Neruda en Chile, me había advertido acerca de “la fuerza” que pueden ejercer sitios como estos en personas de especial sensibilidad como nosotros). En el sueño vi a Carlitos Padrón tumbado sobre un charco de un líquido hediondo y purulento. Tenía los ojos hundidos en las cuencas, desgarradas las ropas y la piel, y se retorcía en silenciosos espasmos. Entre bocanadas de espuma sanguinolenta me impelía a ir en busca de un atado de cuartillas oculto en algún sitio de la biblioteca de JARS (un paquete ubicado en el séptimo lugar, de izquierda a derecha, en el tramo superior) y que me ocupara en leerlo a partir de la página 66. Insistía en que esto era algo de extrema importancia. Y cuando (en el sueño) ya me disponía a cumplir tan rara misión, sumido en un estado de auténtico terror, escuché a mis espaldas su último grito agonizante: “Ten cuidado de la perra amarilla”, me dijo, y torció los ojos hacia el interior del cráneo. Allí se acaba todo, porque en ese momento (soy persona de sueño muy liviano, si es que logro dormirme), un sonido apagado y ronroneante, amortiguado por el murmullo del mar, me trajo de vuelta a la realidad. Era una especie de canto salmódico que se colaba por los resquicios de puertas y ventanas y que me puso la piel de gallina. Por si fuera poco, algo comenzó a moverse a mi lado. De una salto me puse en pie y pude ver que Vicente se había incorporado y sujetaba algo entre sus manos algo que a primera vista no logré identificar y que cuando lo hice me provocó un escalofrío que recorrió toda mi espalda como un latigazo. Era un revolver. Justo en ese instante los ruidos cesaron. Por un momento todo quedó envuelto en un gélido silencio. “¿Y eso?”, pude articular por fin. “Nunca salgo sin ella, tú sabes, por si acaso”, fue todo lo que obtuve por respuesta. Y diciendo esto volvió a acostarse, como si nada hubiera ocurrido, ocultando de nuevo el hierro entre sus ropas. No volví a pegar un ojo en lo que restó de noche. Por eso me he venido al balcón de la casa a tratar de escribir algo. Mis ojos se pierden en la distancia. Un trozo incandescente de sol recorta la línea irregular que da forma a la cordillera más allá del horizonte. Creo que por eso ha salido esta línea de creación:

Se quedó sordo de tanto escuchar al sol fijamente.

No estoy seguro de que tenga algún valor literario. Es probable que no. Por ello no pienso mostrársela a nadie. Y en esto pensaba cuando el primer rayo de luz intensa barrió el cementerio, que hasta ese momento había estado oculto en la oscuridad. Justo entonces creí ver una figura moverse, por tan sólo una fracción de segundo, antes de desaparecer entre los arbustos. Podría jurar que era la albina que se desplazaba furtivamente por entre las cruces.

Continuará...

Rigoberto Rodríguez

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