La aparición

La anécdota acontece a este lado del ilusorio fondo del espejo, en la penumbra de una recámara de aspecto antiguo y desolado. El Conde es sorprendido por la aparición de una deliciosa criatura que, con infantil serenidad, lo observa desde el cristal bañado en sombras. Conjetura y concluye que la jovencita sólo puede hallarse a sus espaldas, indefensa tras el asimétrico reflejo de su cuerpo inmortal. Sintiendo el corazón, encabritado, saltar en estampida al ritmo de su deseo, se precipita en dar vuelta con la mórbida intención de hundir sus colmillos en la tersa palidez de aquel cuello que marca el final de una espera que ya lleva varios siglos. Con gran asombro (y diríase que casi con tristeza) se enfrenta al vacío. Piensa por un momento que sus ojos no le son fieles. Abochornado, gira de nuevo hacia la imagen inasible de la niña. “¿Quién eres, pequeña mía?”, pregunta, mientras que con precario gesto intenta disimular la dentadura. “Alicia”, responde la chiquilla, y de inmediato su imagen se desdibuja hasta extinguirse por completo, quedando tan sólo, colgada en el aire, la medialuna perfecta de una sonrisa de gato.

Rigoberto Rodríguez

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