La cama para mí; el suelo para ti


Si damos una ojeada a los titulares de los periódicos en sus secciones de policía, podemos descubrir sin mayor esfuerzo que la violencia doméstica es de lo más frecuente y, si se puede, familiar.

Claro que los insultos, los golpes y la muerte difícilmente encuentran justificación. Por ello, el escándalo y la crítica se hacen unánimes al leer un encabezado como éste: EX CONVICTO ACUCHILLÓ Y MATO A LA ESPOSA. EL HIJO LO BALEÓ A SU VEZ.

Aquí la historia:

Leobardo Jiménez contaba ya con 65 años cuando abandonó el Penal de Puente Grande; una condena tras otra se le echaron encima. Los métodos científicos empleados para su readaptación y la sana convivencia con sus compañeros de tratamiento lo habían convertido en un tipo insoportable, sobre todo con la familia. De todo se enojaba. Por cualquier cosa gritaba con desesperación, pero quien de veras lo reventaba era doña Ramona Beltrán, su esposa. Para su desgracia desde que salió de la prisión, tenía que verla a diario, y lo peor del caso: dormir con ella.

En la noche temprana de un septiembre cualquiera, don Leobardo llegó a su casa. Para variar, no traía hambre ese día; doña Ramona tampoco se molestó en ofrecerle algo. Es más, ni siquiera le preguntó cómo le había ido. La descortesía de su compañera lo puso de nervios. Empezaron los gritos y los insultos. Manotazos, patadas y empujones eran ya el pan de cada día en la vida de los ancianos. El esposo dio por terminado el pleito de esa noche con una resolución terminante: doña Ramona debía dormir en el suelo.

Otra vez la historia milenaria de un hombre sometiendo a una mujer.

Doña Ramona no estuvo de acuerdo con el castigo que se le imponía: el piso estaba muy duro para sus 53 años de fatigas y sufrimientos. En minutos estaba acostada a un lado de don Leobardo, desafiando abiertamente su autoridad. Una vez más se representaba la escena, familiar desde el fin de la prehistoria: la mujer oponiéndose al dominio del macho.
La desobediencia femenina exasperó aún más al enfurecido esposo. Tan rápido como pudo, don Leobardo se levantó de la cama y fue hasta la cocina. Encontró ahí el cuchillo cebollero que nunca falta en estas tragedias.

Sin decir palabra alguna arremetió a golpes de tajo contra su cónyuge, hiriéndola en más de 30 ocasiones por todo el cuerpo, ese que muchos años antes le pareciera encantador; pero de eso ni quien se acordara, menos en esos momentos de furia y descontrol.

La pobre anciana partió de este mundo entre desgarradores lamentos y llamadas de auxilio.
A los gritos acudió Gonzalo, hijo de doña Ramona. Al ver el crimen de verdad espantoso cometido por su padrastro, se lanzó hacia el interior de la casa, para regresar empuñando una pistola .380 con la que disparó mortalmente contra don Leobardo.

De esa manera se cierra un capítulo familiar en forma triste: el esposo acuchilla a su compañera; un adolescente de 15 años acaba con su padrastro. Los tres son efímera historia en un rincón de la nota roja.

Pero el tiempo no se detiene. Con frecuencia, los sujetos parecen objetos del destino; las historias continúan. Hacia noviembre de 2002, Gonzalo vuelve a ser noticia; en la nota roja, por supuesto. Cuenta para entonces unos 22 años.

Luego de ser detenido por encabezar una banda de asalta-traileres, el joven aparece cabizbajo ante las pantallas de televisión. En la primera oportunidad comenta a los reporteros su tragedia, más dramática aún: Leobardo Jiménez no era su padrastro, sino su padre.

(Original publicado en el libro Crónicas de Nota Roja; México 1995. Versión actualizada en 2003)

Raúl Pérez Carrillo

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