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¿No
oyes maullar los gatos?
Un gato es personaje central en el relato de Juan García Ponce.
Cualquier mañana aparece en la puerta del departamento de una
joven pareja. En pocos días se adueña de los rincones
hasta invadir con su osada indiferencia la empolvada intimidad de
los amantes. En un descuido, es el testigo molesto de intentonas sexuales
que nunca culminan, y ni quien pueda decirle nada, porque es el miembro
de una especie animal que mantiene su relación con el hombre
dentro de un borroso compromiso aún sin refrendar.
Una historia familiar apareció bajo el siguiente título:
VICTIMÓ A SU ESPOSA Y LUEGO SE DIO UN TIRO EN LA CABEZA…
Alma Rosa preparaba la cena; José de Jesús esperaba
hambriento y fatigado en la sala; las hijas del matrimonio estaban
a punto de dormir.
La noche era tranquila y placentera, por lo que el esposo aprovechó
para revisar los estados de cuenta en lo que Alma Rosa lo llamaba
a la cocina.
En el momento que más concentrado se hallaba, fue sacado de
sus cálculos y reflexiones por el horrible maullido de una
manada de gatos de azotea en pleno celo. Siempre había aborrecido
a esos animalejos, a los que consideraba sucios y latosos. Ahora sentía
que los odiaba todavía más: sus maullidos eran fuertes
y parecían no terminar nunca.
Desesperado y molesto, subió a la recámara y bajó
bien armado con su pistola .25; quería ahuyentar a los bichos:
uno o dos disparos y ya está. Cuando se disponía a realizar
su labor pacificadora, Alma Rosa se le atravesó con toda la
intención de impedir lo que consideraba una exageración
ante algo tan simple como un puño de gatos dominados por sus
ansias reproductoras.
Él continuaba terco en su deseo de disparar contra los animales
y ella estaba decidida a impedirlo. Intentó quitarle la pistola.
Sin recordar ya el origen de este incidente, los esposos se vieron
envueltos en una terrible disputa conyugal, comportándose como
lo que a veces eran: un par de enemigos, luchando ahora por la posesión
de un arma de fuego.
El momento fatal llegó cuando, en la rebatinga, el marido accionó
el gatillo mandando el disparo a la cabeza de Alma Rosa, quien se
desplomó en el acto quedando sin vida a los pies de su esposo.
José de Jesús reaccionó al instante, regresando
bruscamente a la realidad.
Alma Rosa estaba muerta y él era el culpable.
¿Qué hacer ahora? ¿Podría haber alguna
justificación por esa muerte? ¿Cómo lo juzgarían
sus hijas al saberse despojadas de su madre, muerta por su propio
padre? ¿Qué sentido tenía la existencia para
alguien que por un simple escándalo gatuno terminó asesinando
a su mujer?
La decisión no esperó ni un minuto: llevó el
arma hasta la sien y disparó. Como muchos otros suicidas, José
de Jesús descubrió que las normas morales y las leyes
que rigen el mundo ya no eran para él. Lo tenían sin
cuidado. En el momento supremo de la decisión autonómica
escapó, no por la puerta falsa que la escandalera moralizante
cree encontrar siempre en estos casos.
No.
Se fue por la única puerta que estaba abierta para él.
(Publicado en el libro Crónicas
de Nota Roja; México, 1995)
Raúl
Pérez Carrillo
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