|
Cuando
tú no estés
Todo el que la conocía repetía lo mismo, “no pareces
hermana de Dani”, y ella estaba cansada de contestar –con
más sinceridad que orgullo- que sí, que era su hermano.
“Sí, es mi hermano, ¿por qué?, ¿acaso
no nos parecemos?”, sonrisa pícara y sutil cambio de
tema.
La que no se parece a su hermano contemplaba los ojos que la miraban
desde el espejo mientras se peinaba, la ropa interior blanca parecía
haber sido hecha usando como molde sus nalgas y senos. Ella parecía
saberlo, y se daba medias vueltas mirándose al espejo para
comprobarlo. De pronto, aquel ensimismamiento fue interrumpido.
–¡Alguien me ha cogido
cincuenta soles de la billetera! –gritó Dani, agitando
la billetera.
–¿Y a mí, que me dices?, yo no sé nada.
–Ya estoy harto, siempre rebuscan y agarran mis cajones, mis
cosas.
–Yo no entro a tu cuarto mas que a limpiarlo hijo. Yo no sé
nada.
–Tú nunca sabes nada.
Susy, ya cambiada, abre rápidamente
la puerta del cuarto, y sale directamente hacia el lugar exacto desde
donde se disparaban reclamos.
–¿Qué mierda dices?, ¿qué cosa es
siempre lo mismo?, ¿que se pierda plata en la casa, o el hecho
de que andes sin dinero? –preguntó Susy, echándose
para atrás el pelo con una mano.
–No me jodas, no estoy para bromas.
–Dime pues, porque yo trabajo desde hace años, y nunca
se me ha perdido nada, salvo el dinero que te presto y no me devuelves.
–Que graciosa, ya te he dicho que te voy a pagar, para que no
me andes fastidiando. El hecho es de que yo dejé en mi billetera
cincuenta soles, y ahora ya no están.
–Mira, aquí nadie te ha agarrado nada, así que
deja de joder, y búscate un trabajito más bien, así
me ayudas a pagar las cuentas de la casa, desde que te despidieron
no has intentado conseguir otro.
–Es que no hay buenas chambas, ninguna me satisface. Voy a ver
si trabajo en forma independiente, por ahí tengo uno que otro
proyecto.
–¡Proyecto!, tus proyectos son tan intangibles como tus
cincuenta soles.
–¡Intangibles, por favor!, no hables de lo que no sabes.
Se fue rápidamente a su
cuarto pensando en que mierda sería un intangible. Quiso buscarlo
en el diccionario, pero sintió que se le hacía tarde.
Salió desnudo de su cuarto con un calzoncillo en la mano, cruzó
la sala y se metió al baño.
–Ponte una toallita, no estás como para enorgullecerte
de eso, ah –le dijo Susy, antes de salir de casa.
Con un gesto le dijo que se fuera a la mierda, y se metió a
la ducha, desde donde gritó.
–Mami, me planchas mi ropa, tengo una entrevista de trabajo
a las nueve de la mañana, apúrate que llego tarde.
–¿Qué cosa quieres que te planche hijo? –dijo
esto la madre, casi gritando, desde el otro lado de la puerta, para
que el sonido del agua cayendo de la ducha no apague el de su voz.
–Camisa blanca, y mi corbata, esa de bolitas azules, mi terno
ya está listo.
–Ya hijito, apúrate, no vayas a llegar tarde. ¿Qué
trabajo es?
Mami nunca obtuvo respuesta a
su pregunta, pensó que debido al ruido que hacía la
ducha, su hijo no podía escucharla. En silencio fue a buscar
la camisa blanca, y la corbata de bolitas azules para plancharlas.
Enchufa la plancha, pone un pañuelo encima de la corbata para
no dañarla, antes de comenzar a planchar, prende la radio.
La voz es de Ibrahim Ferrer, la canción, Dos gardenias.
Sube un poco el volumen, esa canción le recordaba a Daniel,
cómo le gustaba al flaco, recuerda cuando se la cantaba al
oído mientras bailaban. Sonríe, plancha la corbata suavemente,
bolas azules, ojos azules eran los de Daniel, eso era azul, eso era
el cielo. De pronto estaba caminando por el malecón junto a
Daniel, ella lloraba, acababa de enterarse que estaba embarazada,
él le decía que no se preocupara que todo iba a salir
bien, que un hijo no era motivo para estar apenados, todo lo contrario.
–Daniel, si es mujer, ¿qué nombre le ponemos?
–No lo sé, eso se verá en su momento.
–Vamos, pero dime, ¿Cuál te gustaría?
–¿Qué tal te parece Altemira?, como mi tía.
–No querrás que tu hija te odie, ¿no? –riéndose,
le da un leve puñete en el hombro, prosigue–. Y, ¿si
es hombrecito?, ¿le ponemos Daniel?
–No que va, suficiente conmigo, ¿tú crees? –pregunta
ya entusiasmado.
–Sí, para así poder recordarte cada vez que lo
vea, cada vez que lo toque, cuando tú no estés. Lo voy
a besar y será como besarte a ti.
–Mira pues, ya me estoy poniendo celoso de ese huevón
sin que haya nacido, espero que no sea muy cagón, porque cuando
estés sola con él, y le cambies el pañal...
Lo que más le gustaba de
Daniel era que la hacía reír como loca, nunca se divirtió
tanto como con él; y cuando se fue, ya nunca más pudo
volver a divertirse igual, a reír. Recordar la tristeza que
le producía la ausencia de Daniel, el no haberlo superado a
tanto tiempo de su muerte, hizo que algunas lágrimas cayeran
sobre la corbata, la plancha se encargó de borrarlas.
–Mira gorda, eso de que
no importa el sexo, con tal de que salga sanito, es verdad y mentira
a la vez. Todos los hombres quieren su primer hijo varón.
–Si tú lo dices es por algo.
–No, yo no sé porque lo digo, solo sé que ocurre.
Supongo que todo hombre desea hacer con su hijo las cosas que él
hizo de niño, y a la vez, verse reflejado en él.
–Y tú, ¿qué deseas?
–Yo sólo quiero que nazca sanito.
–Vamos, dime, ¿qué deseas?
A medida que la canción
avanzaba, los recuerdos se volvían más claros, más
vivos, el perfume en el cuello, la mano justa en la cintura, su torpe
y a la vez firme caminar, su sonrisa...
–Un hijo contigo, pasar
la vida contigo, eso es todo lo que deseo.
...sus cabellos, su seriedad,
sus enojos, su amante, su arrepentimiento, el olvido de su arrepentimiento,
las fiebres, la inapetencia, el medico, los hospitales, el cáncer,
el maldito cáncer.
Apaga la radio al mismo tiempo en que se pone a llorar, se limpia
con el pañuelo que estaba usando para planchar la corbata,
se sirve un vaso de agua, llora las ultimas lagrimas que tenía
–en ese momento, en la vida siempre hay más-, y las seca
rápidamente al escuchar que su hijo está saliendo de
la ducha.
–Es para un banco, no sé para cual.
–¿Qué cosa?
–En la ducha, me preguntabas acerca del trabajo.
–Ah, ya hijo, que bien, ojalá que tengas suerte.
–Oye vieja, disculpa por lo que pasó hace un rato, yo
no quise...
–No te preocupes hijo, anda nomás, no se te vaya a hacer
tarde.
–Mami, ¿te puedo pedir un favor?, ¿me prestas
diez soles para mis pasajes?, perdí todo lo que tenía.
La madre lo miró
a los ojos, pensó que eran tan bellos, iguales a los de su
padre. Se preguntaba que hubiera pasado con el chico si hubiera crecido
con su padre, si lo hubiera conocido. Pensó que solo tenía
dos años cuando murió, y que ahora ya es todo un hombre,
todo un hombre incapaz de recordar que hace exactamente veinte años
murió su padre, incapaz de darse cuenta que hace veinte años
su madre se muere día a día, incapaz de darse cuenta
que ya es un hombre. Le acomoda el cuello de la corbata, y pone en
el bolsillo de su camisa un billete de diez soles.
Martín
Otero Añazco
|
|