La historia de Maxiel: emociones despigmentadas


Maxiel una vez más se enfrentaba ante el espejo, su enemigo número uno, ahora lograba enfrentarlo con valentía, lo retaba aún sin estar completamente segura de lo que decía esa mañana “Estoy dispuesta al cambio, eres una persona bellísima”. Esta frase la había sacado de algún CD o libro de autoayuda que había leído o escuchado recientemente. En realidad, luego del maquillaje quedaba muy linda. A sus 43 años, tenía tres hijas y un nieto. Los que la conocían siempre le hacían notar lo bien que se veía, era una persona con buen porte, llamativa no sólo por su cabello rojo artificial, sino por su manera de vestir sus movimientos al caminar, su seguridad al hablar, al expresarse. Nadie podía imaginar de entrada que Maxiel tenía 18 años con Vitíligo, enfermedad auto inmune que la aquejaba estéticamente producto de un trauma emocional al haber perdido un bebé con tres meses de vida de manera muy violenta y trágica.

El cuerpo de Maxiel estaba despigmentado en un sesenta por ciento, vestía normalmente con suéter cuello alto y manga larga de manera de poder cubrirse toda, pantalones y botas, esa era su vestimenta durante todo el año, épocas de frío y épocas de calor eran igual para Maxiel. En los últimos tiempos había logrado destaparse un poco en su casa y en la cuadra donde habitaba usaba camisetas y shorts, lo que permitía que la gente vecina conociera quién era esta mujer al natural. Cuando lo hizo era como si se hubiese quitado de encima un saco de piedras, mientras hablaba con ella misma al espejo, pasaba por su mente como un cortometraje de su última relación, cómo había comenzado todo, cómo le costó que su amor la viera al desnudo con su piel despigmentada. Fueron emociones muy fuertes a nivel interno y externo, porque en ese momento ella se sentía impropia tanto para él, como para ella misma. Pero el tiempo hizo su trabajo, él la aceptó tal cual era y se lo demostró en muchas ocasiones. La costumbre como en muchas relaciones de pareja tomó el mando y luego de once (11) años se acabó. La depresión guió un tiempo su vida, el alcohol y el cigarrillo se apegaron a ella como un tatuaje. Encerrada, lloraba y se lamentaba, hizo muchas súplicas a su ex para que volviera y recibió muchos “no” como respuesta. En qué hueco tan profundo había caído, no reaccionaba, se desconectó de su familia, de sus hijas, de su trabajo. Pensaba que su mundo había terminado y todo se centraba en un sólo motivo:”Quién me va a querer así, quién se va a fijar en mí con estas manchas”. Pero ¡todo pasa¡ pensaba en ese momento mientras se arreglaba y sonreía, hasta los peores momentos pasan, ¿dejan huellas? Sí, ¿dejan aprendizajes? Sí. Pero ahora, justo ahora, su emoción, su algarabía, su sentimiento, su estima, estaban centradas en un hombre de ojos espectaculares, muy bien parecido, el cual conoció vía Internet y con quien había salido un par de veces. Salidas de las que regresaba montada en una nube. Lo vería esa noche y ¡no lo vería mas!, había pensado unos días antes, no quería llegar a tener una relación íntima con él, aún en algún lugar de su pensamiento su autoestima era baja y pensaba que un hombre tan bello como él no merecía tener que toparse íntimamente con alguien así, pero necesitaba verlo y por lo menos tener la dicha de rozar sus labios, eso era lo único que deseaba y luego buscaría miles de excusas para evadirlo y regresar a su casa. Maxiel esperaba a su Romeo quien, una vez más, llegó a buscarla caballerosamente, impecable, perfumado con hermosas palabras que la hacían subir al cielo. Un abrazo fuerte que la hacía estremecer, la noche comenzaba espectacular, él no podía dejar de abrazarla, de besarla. Cenaron estupendamente, se veían enamorados, él la llevaba de la mano, ella seguía flotando, era inevitable no hacerlo, pero su objetivo... no podía faltar a su objetivo... no podía tener una relación intima con él... la magia debía llegar hasta ese día, ella no quería salir lastimada y él no lo merecía. Pero todo pasa por algo y para algo. Maxiel terminó en el apartamento de él, tuvo una noche inolvidable, vivió el momento, lo disfrutó. Su Romeo fue el mas gentil de los hombres, la trato como a una dulce y tierna damisela, y pronunció unas palabras que jamás Maxiel podrá olvidar: Reina, disfruta tu cuerpo no te avergüences de el, vive el momento, eres linda... Esa misma noche de regreso a su casa no podía controlar toda la alegría que tenía ahogada en su pecho, no lo podía creer. Gritaba dentro del carro, disfrutaba el cielo, detallaba las estrellas, era estupendo sentirse viva, era estupendo haber vivido lo que había vivido…

Ahora pensaba, si su Romeo no la volviera a llamar de seguro le importaría, pero no tanto, porque ella había tenido un aprendizaje. Aprendió que lo físico no lo es todo, que hay otras cosas que influyen y que van mas allá de lo externo. Es la belleza que hay dentro de ella y que tan sólo ese príncipe pudo descubrir. Ella sabía ahora, que podía atraer a su vida personas bellas de cuerpo y alma. Ahora Maxiel estaba clara que sus medidas internas eran corazón, espíritu y alma, todas unidas para atraer seres puros y hermosos. Despertó y se encontró rodeada de increíbles seres, una familia, amigos, compañeros de trabajo, del día, de la noche, de la naturaleza, de maravillas y más maravillas, incluyendo a este fascinante hombre… que le daban la oportunidad de escalar la montaña hacia el crecimiento necesario para ser una Reina...

María Helena Nadales

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