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Café
Cubano
Me despedí con un beso
insuficiente, por el camino sin saber porqué lloraba, encima
el sol daba la cara, quedaba poco para desconfiar en cuándo
volver a verte, todo terminaba en fobia: fotofobia, heliofobia, en
definitiva: pantofobia.
Llegué odiando los baches, la música me hizo, dentro
de casa, llorar como el sol, todo lo inundaba la voz de Connie. El
pabilo ardía, era la única luz, la luna en segundo cuarto
menguante, no daba como yo para más, por lo tanto convenía
ser prudente.
La mañana fue una prolongación de la noche, me inyecté
una sobredosis de café que tuve que repetir en media hora,
lo dejaba en mi boca y con los ojos cerrados imaginaba el recorrido
por mi interior, sujetaba la taza como si tu pecho fuera. En cuanto
terminé volví a la realidad, aún cogía
la loza con las dos manos mientras pensaba en cómo colocar
todo lo poco que me pertenecía o cómo el cuadro de los
girasoles, el ramo de la señora Concha no sería problema,
en menos de dos días entraría en su primer cuarto menguante,
lo dejaría en la casa muriendo poco a poco hasta quedar totalmente
disecado como en las floristerías. Sinceramente podía
partir sin nada, nada valía nada, lo que más aprecié
fue ese instante de música, la misma música que hubo
en su casa, me transportaba a castillos con cielo azul, iglesias apartadas,
puestas de sol y a ti que era más grande que todo junto, miles
de sensaciones de amor que con la música desplegaron las alas
de mi imaginación y las vivía o quería vivirlas
por segunda vez, todo ello fue posible tan sólo con la música
y no necesitaba más espacio que la palma de mi mano.
Quise detener el tiempo, ¿pero qué instante? A su lado
me balanceaba en la quietud, cada percepción era insólita,
te recordaré junto a mí en el sofá de dos plazas,
con tu cabeza recostada escuchándome hablar unas veces y mirándome
otras.
Me gustan los sábados porque a las cuatro su casa olía
siempre a café cubano y allí estaba yo, sorbo a sorbo
robándole, consciente, lo único que me podía
dar.
Sin darnos cuenta el aroma nos llevó a la cena, tenía
que marcharme a mi helado hogar en donde la charla era un escándalo
en monólogo.
Nos quedaba una semana y sabíamos que esa tarde era la última,
irremediablemente. Sentía por ti más que el matrimonio
que firmé, descubrirte fue descubrir que nunca se llega a la
meta del amor, todo es tan intenso a tu lado como mil inciensos ardiendo
en la cálida noche, pero no te lo podía decir para conservar
esa primitiva amistad y tampoco se lo podía contar, creo que
no hacía falta, se respiraba en las miradas esa atmósfera
de inconfesable amor. Nos despedimos sin la fuerza del adiós
para siempre pero conscientes de ello.
Pronto pasaron los días que quedaban, fue justo el día
que entró el verano cuando llegó la despedida, era la
última reunión, agradecí a Dios que reservara
el único asiento libre a tu lado, los demás estaban
ocupados y aunque no tuviera nada en su contra, no lo tenía
a favor. Éramos conscientes del efímero tiempo que nos
quedaba, no había acuerdos en la mesa y las ideas se alargaban
como chicle, en otras ocasiones me ponían de mal humor las
votaciones, actuábamos para salir del desacuerdo como los antiguos
romanos, premiábamos si había mayoría y la minoría
quedaba en la misma situación, condenada, teníamos el
poder y dictábamos las órdenes con gente desordenada,
entre voto y voto un grito de silencio ponía orden en el desconcierto,
pero ese día me compensaban los desacuerdos, quería
estar a tu lado un segundo más, tú callabas tal vez
juzgando las estupideces por las que alzaban la mano, me gustó
verte, raramente, en silencio.
Mi actuación en la reunión terminó, tu papel
-más importante y largo- te obligaba a quedarte; era mejor
no despedirse cerca de donde estábamos, pero siento el abrazo
que no te pude dar perdido por mi cuerpo, todo me cansa. El café
del sábado fue una despedida y tu visita inesperada del lunes,
otro adiós. ¡Cómo pasaban las horas contigo! Y
cómo pasan sin ti.
María
José Mures
España
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