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Fiera
Infancia / 1 El pueblo de mi abuelo –que ayudó a fundar allá por 1930 –era mi refugio vacacional. Cerros, ríos, veredas y el Parque Central. Ahí, mis cuates y yo nos deleitábamos viendo caminar a Meche. Nadie cruzaba el parque como ella, con sus vestidos de hilo, que transparentaban el deseo, nuestro deseo por verle cada mañana con rumbo al nixtamal. Pero como dijera mi madre: “la felicidad siempre viene acompañada de la tristeza”; sucedió. No sé cómo nos enteramos un día que Meche se iría del pueblo. Un extraño (para nosotros) llegaba a desposarla. Hicimos una reunión de emergencia entre las ramas de un gran árbol de almendra, a un costado de la Iglesia. Tan enajenados estábamos por la serie de El Avispón Verde, que, más rápido que inmediatamente, iniciamos un ''plan de contingencia'' contra aquel suceso. Nada más de acordarme… Comenzó la “lluvia” de ideas. 1.- Rapto (descartada por inoperante); 2.- “Tronar” el carro donde se la llevarían (descartada por ignorar cómo); 3.- Matar al pretendiente (descartada por estúpida e imbécil) y 4.- Ir a comer nieve con galleta en la tienda de Don Limber (aceptada por unanimidad y con voto de calidad de mi primo “Cachela”, quien iba a pagar). No es que nos rindiéramos, pero con nueve años, no se podía hacer mucho. Era simple, realmente no podíamos hacer nada contra el destino de Meche.¡Pinche destino! Luego supe, murió de cáncer de matriz. ¡Pinche cáncer! Hugo Montaño |
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