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Aquella
noche
La mansa noche sombreaba
sus primeros brillos y una suave balada perfilaba el ritmo de la luna.
Él, solo. Su corazón, su respiración y sus fieras
ganas las había dejado en un pecho tierno y pronunciado, anteayer,
el de ella. Fantaseaba, mitad despierto, mitad soñado, los
susurros que cuando estaban en intimidad se regalaban. Lanzó
un ay al vacío al abrir los párpados dormidos aún,
mientras no muy rápido que digamos levantaba su cuerpo del
sillón. Ouch, dolor de cuello. Se había acostado en
una posición bien incómoda hacia 15 minutos nada más.
Claro, el cansancio de las labores cotidianas y para colmo de males,
recién martes. Fue un día sin mucho sol, un par de nubes
amagaron una suerte de lluvia pero, como dirían en el campo,
solo fue un “espantaflojos”. El otoño ya era presente,
las hojas poco a poco veían llegar su hora de alfombrar veredas.
Los árboles desflorecían su alegría veraniega
que a regañadientes se había marchado recién.
Él, mientras un par de destellos fugaces bailoteaban pestañeantes
en el cielo infinito, se reubicó en la habitación. Se
despabiló la modorra, se acomodó las certezas y se estrujó
la cara. Miró la hora y ¡qué tarde que es! Empezó
a marcar como loco los números del móvil de ella. Que
qué cagada y que la puta madre que lo parió. La contestadora
nuevamente dio la tonadita esa que desdibuja cualquier sonrisa. Apagado
una y otra y otra vez. Así, 14 veces. “¿Dónde
estarás? ¿Qué andarás haciendo? ¿Serán
mis besos, aunque sea, un recuerdo en esos labios tuyos tan dulces,
rojos escarlata, compañeros de tus ojos picaros, belleza de
mujer?” Cosas así se preguntaba. Medio poeta el joven.
Lanzó el móvil al fondo del silencio y de su bolsillo.
18 años de vida, “si,
si, pero en la cárcel”, cargoseaban los amigos cuando
lo escuchaban decir su edad. También lo molestaban con cosas
como “El ultimo donjuán del siglo”, “¿qué
haces, romantique?”, “Señoras y señores
¡aquí tenemos un caso raro!” y otras mas. Típico
de cuando se esta en horda y sobretodo, cuando se es un tipo especial
como nuestro amigo.
Tanto por dentro como por fuera parecía de mayor edad. Era
menor que ella. Se llevaban de maravilla y si no era porque de ves
en cuando los intrometidos, que siempre los hay, les hacían
notar la diferencia de edades, ni se acordaban de esa nimiedad. La
edad cronológica no es lo más importante decían
y punto, no se discutía más. Para rematar, ella, de
carácter fuerte, ponía una cara como de “decís
algo y te las ves conmigo” que hacia retroceder a cualquier
preguntón. “Princesa tibia” le decía de
vez en cuando, como una canción que en ocasiones le cantaba
al oído, con ternura. Era esporádicamente malhumorado
y distante, no siempre, solo lo suficiente como para hacer sentir
su ausencia cuando alguna situación lo alejaba por un tiempo.
Sus retiradas eran siempre por un lapso, algunas veces largo, otras
menos. Como las lluvias en verano, volvía cuando menos se le
esperaba pero cuando más se le deseaba.
Solitario, sentado, con una mano se rasca la nuca, pensativo, repentino
estornudo, los grillos grillando en el patio, se levanta por fin,
da un par de pasos como buscando algo que es difícil que lo
encuentre pues ni él sabe que es, se detiene y decide por fin
salir a caminar un poco. Patea el asfalto, observa atento todo lo
que sucede a su alrededor; el pasar de los autos, el abrazo interminable
de una pareja, un vagabundo que busca comida en la basura, una viejita
que le sonríe y lo saluda muy cordial, él que sigue
caminando y cantado bajito, “no es lo mismo ser que estar /
no es lo mismo estar que quedarse, ¡que va! / Tampoco quedarse
es igual que parar / noooooo es lo mismo... tarara papapara tatatara
es distintooooo... / no es lo mismo arte que hartar...” no se
la sabe muy bien pero... ¿qué importa?
Danzan rítmicas las no muchas hojas que quedan en las casi
desnudas ramas. Aromática brisa otoñal, estrellas allá
arriba y allí abajo también, en los charquitos de agua.
Un par de noches deambulan en su mente, las que aquella podría
ser. Varios pensamientos le dan vueltas alrededor. Algunos que hacen
dar nostalgia, esa que no es buena amiga, que siempre que agarra lo
hace por asalto y que nunca se sabe bien que hacer con ella. Otros,
pensamientos sonrientes, picaros, algunos inclusive con un poca de
sorna e ironía. Aquellos, incomparables, bailarines, de alegría.
Algunos menos, de soledad. Y por ultimo, infaltables, unos que otros
con barba, muy serios y solemnes o con hilo dental, topless, súper-sensuales
o con gambeta, goooool y of-sai o, como no, místicos, espirituales,
trascendentales. Tiene para escoger. Se decide por un par de imágenes
interesantes acerca de lo que siente por ella y el deseo y el sexo
de ambos que más de una vez tapó con un “estuvimos
charlando”. Se entiende ¿no? Claro pues, ¿acaso
va a responder “estuvimos follando, estuvimos lujuriando?”...
de ningún modo, tamaña falta de respeto hasta al que
escucha.
¿“Solamente estuvimos charlando” dicho con ojos
sonrientes? o ¿“Solo somos buenos amigos” con una
posterior expresión picara? No hace falta ser físico
quántico para comprender: 2+2=4, 1+1=1 o quizás, nunca
se sabe, 3. Que no quepa duda que estuvieron haciendo cosas “re-productivas”,
que como el tango, solo es tango cuando es de dos. Aunque algunos
lo hacen a veces de a mas de dos. Pero eso ya es menash-e-trua o...
ejem... ese es otro tema. Se usan también este tipo de mentiras,
a medias, para que no se pierda el secreto, que cuando tiene de esa
sana complicidad es ¡tan lindo!
Siguió recorriendo varias calles, 1 alameda y 2 plazas. En
la última plaza tuvo que hacerlo rápido, sudando frío,
respirando bajito y apretando los dientes pues un par de desarrapados
lo miraron con hambre. Al llegar a una banca amiga, se desplomó,
exhaló e inhaló tranquilo y empezó de una buena
vez, a aceptar que aquella noche, desventuradamente, la pasaría
solo. Gemido de resignación, mueca.
Ella estaba lejos, bueno, no tanto
pero lo suficiente como para no estar físicamente en ese momento
con él. De pronto y sin previo aviso, empezó a extrañarlo
también, a necesitarlo. “¿Que estará haciendo
mi bebecito bello?” escribió en una hoja simple, media
marchita, recién caída del árbol en el que estaba
apoyada. Miraba el firmamento, meditaba, maravillada con el espectáculo
de las nubes, las estrellas fugaces y sus suspiro. Se le ocurrió
escribirle una carta, ¿qué mejor? si encima él
mismo me pidió que le hiciera una.
“Aquí estoy. Hoy.
Otra vez. Yo, la que no me creía que esto podía ser
duradero. Tengo tantas cosas que decirte. Tus besos por ejemplo...
lo malo de tus besos es que causan adicción... frase de Joaquín
Sabina, que maestro...” prosiguió la repentina inspiración
mimándola con la dulzura de sus dedos que martillaron sin piedad
el teclado viejo de la computadora de un café Internet. Luego
se fumo dos cigarros, medio ansiosa, mientras releía, borroneaba,
arreglaba, tachaba, rescribía y así sucesivamente, la
carta. Llegado el momento casi duda en mandarla, de una vez mujer,
que si no es ahora ¿cuando la vas a enviar? Valor, mujer, valor,
el mensaje a sido enviado satisfactoriamente, bueno ya esta, ni como
darle vuelta atrás, ¿cuanto le debo? 4 pesos, que cosa
che, cada día mas caro, transeúntes, caminar lerdo y
reflexivo, llega, abre la puerta, buenas noches a todos, me voy a
dormir, pero si es súper temprano, si ya se pero igual, pero
igual que si vos nunca te dormís temprano, bueno y en todo
caso a vos que te importa, carajo de nuevo con tu humor, ya no me
digas eso hermanito, bueno me callo así no nos peleamos, bueno,
anda a dormir, ya... hasta mañana, muac.
1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, mierda ¿cuantas ovejas tendré
que contar? La luna aburrida merodeando desde la ventanita sobre la
cama, demasiado tranquila la noche, el reloj tic tac, tic tac, tac
tic, bostezo, una fiesta sonando a lo lejos, no me da sueño,
no me da sueño, no me da... zzzzzzz... (por suerte no roncaba)
¿Que paso después? Ambos se hicieron falta y se extrañaron
mucho mucho muy esa noche. Y durmieron. Y soñaron. Y más
o menos a eso de las cinco y media empezaron a trinar los pajarillos,
el sol espió en el horizonte y amaneció un nuevo, lindo
y luminoso día con rocío y aroma de esperanza. Tal vez
al día siguiente se encontraron y se dieron esos besos que
le hacen perder el esquema hasta a las computadoras. Pero esa noche,
no fue así.
Lo que sí quedó claro al amanecer es que cayeron y siguen
cayendo en picada, ambos, les guste o no, en un sentimiento que algunos
llaman amor, otros infinito, otros motor de la humanidad. Ese inesperado
los ha invadido a pasos agigantados, aunque sean pocas las semanas
en las que juntos han compartido de vez en cuando los sabores de las
caricias de sus lenguas, los arrullos de sus ternuras y la esencia
de esa sensación espacialísima (se sobreentiende a cual
me refiero) que hace que uno al otro, con fuerza, cariño y
mucho cuidado se aferren en un abrazo que dan ganas que dure una vuelta
al mundo en monopatín. Una que otra vez se dicen al oído,
cuando están solos, que para el alma no hay tiempos y cosas
como esta, todas verdades, pero no se las creen. Es tan especial a
veces ese pícaro, el corazón, que cuando se ven en las
pupilas del otro, se apura chiflado, rechiflando, fiesteando feliz.
Eso sí, tratan los dos de no pensar mucho en las consecuencias
que todo ello les puede traer pues aunque inminentemente y cada vez
mas los va metiendo en un tren que no tiene retorno si no es con heridas,
prefieren amarse sin reservas y extrañarse tan bravamente como
aquélla noche. Fresca noche en la que ella le escribió
una carta más romántica que “Romeo y Julieta”
al cuadrado. Solitaria noche en la que él caminó por
las calles de su recuerdo abrazado a sus hambres de gol, de amor y
de ella. Velada en la que pensaron mucho el uno en el otro y sobretodo
en los besos que desgraciadamente, mientras duró la luna, no
se dieron.
Sebastián
Molina
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