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Los
Olosontes
A los cincuenta
años, la naturaleza no es fácil de dominar. A los doce,
en el campo, ya se la enfrenta y se la respeta. Miguel Olivares cruzaba
el bosque de los cipreses, llevando sobre el hombro la caña
para aguas mansas y en su mano una canasta, con manzanas y una navaja.
Algunas palabras había oído acerca de los Olosontes.
Tenían un pelaje ralo y brillante, un hocico redondeado y dos
cuernos pequeños pero suficientes. Su chillido era demencial,
pero impostado para conservar en secreto su mágica y verdadera
voz. Mezclado con el bullicio de las aves, lo escuchó.
–Tú, dime dónde vas.
–¡Oh! Eres un Olosonte, ¿verdad?
–Sí, tú quién eres.
–Me llamo Miguel. Tu voz no es tan horrible.
–Te han dicho bien acerca de mi chillido, pero es falso. Tú
tienes la suerte de escuchar mi verdadera voz. Dime dónde vas.
–Voy al arroyo.
–¡Aj! Te gusta pescar.
–No, pero da de comer.
Entonces el Olosonte se rascó la cabeza y descendió,
desde el árbol, hasta los pies del muchacho. Con interés
fingido, le dijo:
–Deja de pescar, en veinte años serás muy viejo
para hacer lo que te gusta, y en cincuenta estarás muerto.
–No puedo, cincuenta años es mucho tiempo.
Rascándose la cabeza nuevamente, como si fuera un amuleto:
–¿En verdad crees?
–Si. Mi padre no llega a los cincuenta y ya me tiene a mí.
–Tu padre, claro, tu padre.
–Tú no tienes padre, ¿verdad?
El Olosonte no creyó necesario responder, ya habían
escuchado su voz mágica.
Eso terminó el encuentro. Aunque le había resultado
agradable escuchar la verdadera voz del Olosonte, la manera súbita
y desdeñosa en que se había retirado le produjo una
irritación que fue abandonando camino al arroyo.
Unas horas después, el vaivén de la caña lo acercó
a la orilla. Revisó la línea y recogió un pez
plateado. Luego otro, y así seis veces hasta llenar la canasta.
Antes de volver a la cabaña les quitó las escamas y
les cortó las cabezas. Arrodillado junto a la orilla, despojó
las viseras y se encontró reflejado en el agua.
Llegó gritando. El padre oyó y salió con el rifle.
Le bastó con ver la canasta del niño y las manos ensangrentadas;
al fin descargó un tiro al pecho del hombre, que era y no era
su hijo.
Nicolás
Minelli-Elvira
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