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Conexión El turno era a las siete. Siete menos diez ya estaban sentadas en la recepción. Ellas sabían que el doctor no las vería, por lo menos, hasta las siete y media, pero cumplían con la vieja idea del respeto al profesional. Iban poco al medico. La madre de Estela no se enfermaba nunca, y si lo hacía sabía guardar cama y tomar infusiones; Estela, de no ser por los últimos meses, solo registraría algunas urgencias menores: un corte en un pie, una quemadura en un dedo, una conjuntivitis. Era callada, sumisa, medio boba. Sabía soportar el dolor sin decir nada. La recepcionista pronunció el apellido del padre y ellas se pusieron de pie. Dentro, el Doctor estaba escribiendo sobre unas fichas. Tomaron asiento frente a él. La sala estaba empapelada, había un perchero y muchos cuadros con diplomas. La camilla se veía allí como un objeto de otra especie, nunca pensó que terminaría acostada sobre aquella maquinaria. Luego de varias preguntas, tuvo que quitarse la remera para que la auscultaran. Si bien el dolor era abdominal, el médico rastreaba en su espalda. Todo fue extraño, incomprensible. Afortunadamente, la madre hablaba por ella: repetía el registro mental de todas las enfermedades o síntomas padecidos desde la infancia. El médico sugirió una ecografía. –Vamos a mirar dentro tuyo. Dijo, sin sospechar lo que generaba en Estela aquella sentencia. El gel que le untaron sobre el vientre estaba congelado, no pudo reprimir una contracción. Sintió el abdomen recorrido por el ecógrafo, esférico y luminoso. Todos observaban el oscuro interior de Estela, cuando de pronto, de la anda, apareció la criatura. La madre se enojó y pidió que revisaran el aparato. Hubo que apagarlo. Hubo que traer agua y una almohada para reanimar al Doctor. Estela no dijo nada, ya no sabía quién era. |
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