Por el Eco del Iris


Me metí en el cuarto, lo hallé de espaldas y le hundí el machete hasta el fondo, lo hice por mi hijo, lo hice porque recuerdo cómo se meten sus ojos en los míos, recuerdo todos aquellos caballos recorriendo sus pupilas, recuerdo su iris enfurecido. Entonces la noche se cubrió de negro mate. Lo arrastré como pude hasta el patio de la casa y lo abrigué entre hojas de café. Hubiera querido enterrarlo pero las fuerzas se me acabaron. Ahora sí lo he cuidado de la gente, ahora sí estaría en paz conmigo y con su madre.
Pudo haber sido un martes a las tres con treinta de la madrugada. El horizonte estaba borroso y la lluvia se rompía en las carreteras. Los cauchos del Nova chirriaban a menudo y los hedores a humo se metían por las ventanillas. Ya era ganancia el pasar un caserío. Cada vez que leíamos: “El Muelle”, “Jabillar”, “Quebrada seca”; lo celebrábamos. Aunque no abiertamente. No tuvimos el coraje de aceptar que estábamos corriendo riesgo, de nada valía admitirlo. Podría asegurar que los dos teníamos entre las cejas el nombre del tipo. María Barrios nunca hubiese querido venir con nosotros, eso lo sé; pero de un tiempo hasta acá me he sentido valiente y sólo me mantienen en pie las ganas de verme rostro a rostro con aquel hombre.
María me lo había dicho; pero a esa mujer le falta valentía como a todas las mujeres. Por eso tendremos que salir a esta hora, mientras está durmiendo. Estoy agradecido con Manuel, se ha familiarizado con mis sentimientos y ha decidido hacerse uno con mi lucha. Sé que la carretera no está buena y que peor aún lo estará de madrugada. Parece que va a llover y los cauchos del Nova están medio lisos. Ya le he dicho que sí a Manuel y no es de mi costumbre volverme para atrás como los maricones. He dicho que sí y así será entonces. Metí en un bolso pequeño todas las cosas que iba a necesitar y algunas otras que creo que no, pero; hay que ser precavido. Saldré cuando me asegure de que mi mujer esté completamente dormida.
Lo sé… esta madrugada saldrán Manuel y Guillermo, irán a Santa María. Escuché, desde el otro teléfono, una conversación en la que Manuel le decía a Guillermo que saldrían a las tres, mientras yo duerma. No les diré nada. Me asusta la idea de que mueran en la vía o peor aún de que los maté Rodrigo, pero no sé… Igual si les digo que no vayan, pues, no me van a hacer caso. No quiero preocuparlos más de lo que ya están. No quiero hacerlo.
Faltaba poco, habíamos llegado a Santa Cruz y el Nova se portaba bien. La lluvia aún arreciaba, pero las curvas habían quedado atrás. Las que venían posteriormente, eran fáciles en comparación con las del comienzo. Así que estábamos un poco más tranquilos; pude notarlo en el rostro de Guillermo. Imagino que eran ya las cuatro y veinte. Por estas zonas el sol sale más temprano que en la ciudad. El cielo empezaba a esclarecer; aunque aún faltaba tiempo para que amaneciera por completo. De haberme quedado, estaría en la cama resguardándome del frío. Aquí sólo tengo cigarros y una lluvia que empaña los vidrios del carro. Si nos viera Martín…
Era mi hora. Tenía que entrar. Forcejeé la puerta sin hacer ruido, introduje una llave cualquiera y volví a forcejear. Abrió. Me encontré en una sala marrón repleta de pinturas y fotos familiares en las que aparecía Martín. A la derecha estaban unos muebles y más allá en esa misma dirección, la puerta a la cocina. Entré, abrí la nevera y tomé un poco de agua. Ya estaba adentro y no había lugar para arrepentirse. La cerré y puse el vaso sobre el mesón, salí de la cocina y busqué con la mirada el pasillo que me llevaría a la habitación de Martín. Todo esto lo hice lentamente. No debía hacer ruido.
-Iré a ver a los de la ciudad. Iré por mi hijo.
-¡Váyase mucho al carajo!
Los dos guardaron silencio por un rato. Rodrigo y su madre, los dos guardaron silencio por un rato.
-¿Por qué lloras mamá?
Creí que lo hacía por mi viaje… calló y entonces supe que era por mi viaje.
Martín debe estar con nosotros, soy su padre y a nadie que no sea yo, le corresponde estar con él.
-Las palabras se te salen fáciles de la boca.
Pensaba en ti, María. El carro estaba bien y los cauchos se sienten como cómplices. María, Martín y yo, en las calles de Cumaná y en los parques, y en los restaurantes, y en todos los lugares. Pensaba en ti, María, y en nuestro hijo. “Estoy mal Martín.” Y unas manos cálidas se juntaban a las mías. Era mi hijo. Era ese hijo que juega por las mañanas, que se mete en la cama de madrugada cuando lo ataca el miedo. Quieres quedarte con nosotros esta noche. No puedes dormir y te quedarás con nosotros esta noche. Martín en las lomas verdes de Cubiro, Martín y su madre en las Puertas de Miraflores, Martín, su madre y yo en todos los lugares.
-Te he dicho que lleves el maíz a casa de Pañola.
-Ya va, mamá.
-Ya va, ya va, es todo lo que sabes decir.
Era igual que tú. Martín es lo mismo que Rodrigo. Se meten en un lugar y nunca salen.
El agua goteaba por el parabrisa, parecían largas lágrimas que corren por el vidrio y se empozaban en el fondo, donde está el metal. Habíamos llegado a nuestro destino, no teníamos más que los recuerdos para que nos guiaran hasta el interior del pueblo. Lo sé Guillermo: a la izquierda está el Limón y a la derecha el ambulatorio, ninguna de estas dos alternativas nos sirven, hay que seguir recto hasta donde se pueda, la vía no estará buena para el carro; así que tendremos que caminar un trecho extenso. Dejaremos el carro en la Caruta.
No debía hacer ruido. Me detuve un instante para detallar las fotos que colgaban en la pared. Martín había crecido bastante, “seguro que ya camina.”
Pasó sus viejas y maltratadas manos por el vidrio que recubría la foto, se detuvo en el niño: frotaba el dedo índice lentamente por el rostro de Martín, bajó la cabeza y dejó caer una lágrima al suelo. Seguro que mamá querrá verlo, ella dice que es una locura mía; pero seguro que quiere verlo. Las abuelas son así. Las abuelas siempre son así.
Dejaron el carro en la Caruta. Guillermo amarró el bolso a su espalda y Manuel guardó un revolver en su cintura, lo aprisionó fuerte entre el pantalón y la barriga. La lluvia estaba con ellos. Guillermo recorrió tantas veces ese mismo camino. Llevaba maíz al pueblo, o traía leña. Aquella vía era la palma de su mano. A la izquierda está un hueco, un poco más adelante están las matas de guaritoto, hay que pasar bien lejos de ellas para no picarse. El camino era la propia palma de su mano.
No dormí en toda la noche. Estuve haciendo café y tomándomelo, haciendo café y haciendo café. Quería que Martín estuviera conmigo. A una madre no se le puede separar de su hijo. Tomé otra taza. Me sentí culpable de todo: si yo fuera más callada con mis cosas quizás Guillermo… Bueno no. De la manera que sea hubiera sido así. No es su hijo pero como si lo fuera. Ojalá que no maten a Rodrigo, no es un mal hombre, sólo quería ver a Martín, seguro le pasaba lo mismo que me pasa a mí ahora, seguro por las noches se despertaba queriendo ver a su hijo; justo como me pasa a mí ahora. Me arrepiento de no haber ido con ellos, quizás yo hubiera podido convencer a Rodrigo de que me devuelva al niño.
Le llevé el maíz a la señora Pañola y le dije que mamá había dicho que todo era para ella, que no le diera a Cesar ni a Maritza. Que todo el maíz era para ella. La vieja me dijo que estaba bien, que haría cachapas y que luego me llamaba para darme. Asentí con la cabeza y me marché. De camino me encontré con María, quise hablarle pero ella es de tipo callada. Le dije que fuera conmigo a la represa y no dijo nada, ella es de tipo callada; pero entonces le dije que me siguiera y así lo hizo. Yo siempre la veo entre los matorrales de Pañola o en la casa de Maritza, a mamá no le gusta que yo ande con nadie del pueblo, ni con Maritza, ni con el hijo de Maritza, ni con Cesar, ni con nadie.
-Soy Julia. Pase.
Parecía que me hubiera estado esperando. Le dije que el tabaco y las cartas. Tenía todo prevenido, según me dijo.
-Yo conocí a tu mujer. Era bella como los hilos de luz que se cuelan por las matas de mango. Andaba entre los palmares recogiendo tonterías del suelo, bañándose en la represa. La pobre estaba sola como yo lo estoy ahora.
-¿Qué ve usted allí?
-Deberás tranquilizarte mientras yo te digo todo lo que tenga que decir.
Y tú te la llevaste profundo, te le metiste adentro como una bala en el pecho y en el vientre. La sangre corría por las piernas del pueblo y tú lo sabías. Ella no. Era como yo, solitaria y saltarina, metida en el maíz y en el café, llevando y trayendo recados y mandados.
-¿Oyes los murmullos?
-Parecen oraciones.
Salió afuera y miró el cielo recubierto de negro. Ni una estrella. Se Lamentó por eso, porque hubiera preferido una noche de verdes y de azules para Martín, en cambio en el cuarto del niño, las paredes estaban untadas de dolor, las lágrimas anegaban el piso hasta el cuello. Ahora nadie quedaba en el pueblo, todos sabían más que el mismo Rodrigo que Guillermo vendría. Era raro que no estuviera aquí ya. El llanto del niño se metía valiente por las puertas de los vecinos. Todos dormían a pausas. El pueblo se olvidó de su tranquilidad cotidiana. Los dos hombres habían llegado a la casa de Maritza y preguntaron por Rodrigo. Ella los invitó a un café y les sugirió sosiego. Los dos se negaron y repitieron la pregunta.
Llegué al cuarto del niño, estaba justo al lado del de su madre y Guillermo. Observé por un instante el rostro de María, estaba arriesgándome demasiado así que fui directo a Martín. Dormitaba, así que lo tomé entre mis brazos y le pasé mi mano izquierda por su espalda para que no despertara. Recordé entonces cuando mamá lo hacía y se me vinieron las lágrimas.
-Tú lo sabes, Maritza.
-Te conozco desde que abriste los ojos. La ciudad no te los ha cambiado, es el mismo iris enfurecido que se mete en los ojos de la gente. Aún lo recuerdo, tu madre me encargo tu crianza aquella noche en que moría, me pidió que te pusiera un nombre y que te cuidara de la gente. Todo lo que pude hacer fue ponerte un nombre. Todo lo recuerdo, desde que te enamoraste de María, desde que supiste lo de su violación. Fuiste a matarlo aquella tarde, pero la sangre corría firme por las piernas del pueblo. Nadie dejó que lo hicieras. Siempre fue así: el amarillos de tus ojos se mete en mí y cambia todas las cosas, y ya nada debe ser como es. Te la llevaste desde entonces y nunca más volví a ver tu cara, hasta ahora que te trae la rabia y no el amor de una madre postiza que está más abrazada con la muerte que con la vida.
Maritza hizo una seña con las manos para indicar que ya volvía y Guillermo desesperaba, entonces ella lo tranquilizo con la mirada. Entró en algún lugar de la casa, se tardó algunos minutos y volvió con Martín entre los brazos.
-Me metí en el cuarto, lo hallé de espaldas y le hundí el machete hasta el fondo, lo hice por ti. Entonces la noche se cubrió de negro mate. Lo arrastré como pude hasta el patio de la casa y lo abrigué entre hojas de café. Hubiera querido enterrarlo pero las fuerzas se me acabaron. Ese será entonces su trabajo. “¿Qué sabía él del cielo o del infierno si jamás había estado muerto?”. Ahora sí te he cuidado de la gente, ahora sí estoy en paz conmigo y con tu madre.

Wilins Méndez

Regresar Arriba
Inicio | Texto Sentido | Textos | Reseņas | Blogs

Entrevistas | Talleres | Noticias | Clasificados | E-mail | Arte en la Red