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Melodía
de tiempo entrecortado
Me daba pánico el sólo
imaginar que una vez abiertos los párpados no pudiese mirar
nada, me daba terror descubrir que estaba muerto, que yacía
en la cama o peor aún en el piso rayado por los bordes de mi
existencia. Así que la idea de estar fallecido, con una bala
metida en la cabeza, me negó las ganas de querer descubrirme
postrado entre las sábanas. El día anterior; o ese mismo, no podría saberlo, pasadas las nueve de la noche me encontraba en el bar: Los Secretos. Una hora antes, aproximadamente, había tenido una discusión con Emma y salí de la casa con la cólera al borde. Ella se asomó por la ventana y gritó algunas cosas de las que sólo pude entender unas pocas. Me pedía que jamás regresara y que la niña se quedaría con ella. Gritaba cualquier estupidez que se le venía al cerebro. Desde siempre Emma tuvo ese problema de carácter, nunca sabe lo que dice cuando está en esos momentos. Así que no presté mayor curiosidad a lo que vociferaba. Recuerdo que un compañero de trabajo me había dicho días antes que en aquel bar la atención era excelente. No lo pensé demasiado, una vez que peleé con Emma, tomé la camisa, me la puse saliendo de la casa y me dirigí hacia el sitio. No quise sacar el carro del garaje, estaba en extremo furibundo como para querer manejar. Caminé prolongadamente mientras esperaba por un taxi. No recuerdo la cara del tipo, ni cuánto me cobró por llevarme al lugar. Debería recordarlo, en este momento de mi vida o de mi muerte, todos son mis posibles asesinos. En estas circunstancias todos son sospechosos. Quizás el tipo no tenga nada qué ver con el suceso porque recuerdo haber llegado al bar. Emma muchas veces juró matarme. Inventaba mil y dos formas de hacerlo y me las confesaba gritando tan alto como puede una mujer. Una vez dijo que me degollaría y la niña estaba escuchando detrás de la puerta. Repetidas veces le pegué con la hebilla de la correa para que no gritara estupideces en la casa. Seguramente le crearía una herida psicológica a la pequeña. Nuestra hija no entendía completamente lo que pasaba, nació con problemas por culpa de las bebidas en el embarazo. Entré al bar. En una mesa estaba Federico, mi compañero de trabajo, hablando con una par de mujeres. Desde allá me hizo señas, con las manos en alto, para que me acercara. No era un buen momento para conversar con nadie; pero no podía ser descortés. Alzó la mano y pidió una cerveza al mesonero, con la misma me avisó que era para mí. Siempre me dijeron que Federico solía hablar disparates de mí y que me tenía gran envidia por mi puesto en la compañía. De una u otra forma, se puede decir que, soy su jefe más inmediato. Cuando presentamos el currículo para entrar a la empresa, el dueño, después de analizarlos, nos ubicó en distintos puestos: Yo como gerente de relaciones en la Web y él era algo así como un asistente para casos en los que yo estuviera atiborrado de trabajo o en los que estuviera enfermo, de lo contrario él estaría organizando papeles o instalando nuevos software a las computadoras. Sin embargo, nunca he notado ese descontento que todos me anuncian, por el contrario el tipo era amigable y me ayudaba cuanto podía en el trabajo. Las dos mujeres estaban sentadas y no pude precisar su estatura. Alguna de las dos me miraba discretamente y se sonreía cruzando las piernas. Enseguida noté que era la que Federico estaba pretendiendo. Lo llamé aparte, con la excusa de ir al baño, y se lo hice saber para que no hubiera problemas. Entonces él añadió que las dos tipas eran compañeras del trabajo y que él no tenía preferencia por ninguna, que la que viniera le caía bien. Eso me tranquilizó. Al volver, estaban cuatro cervezas puestas en la mesa, de las cuales dos yacían casi por la mitad y las restantes estaban completas. Bebimos hasta que cerraron el lugar. Después de allí Una de ellas dijo que fuéramos a su casa, que allá ella tenía vino y podíamos acabar con la noche que aún parecía corta. A mí no me gustó tanto la idea pero el sólo pensar que debía volver a la casa y verle la cara a Emma… Federico preguntó que si traje el carro: le dije que no. Paramos un taxi y cuando abrí la puerta noté que era el mismo tipo, que unas horas antes, me llevó al bar. No podría saber qué tan metido está en mi asesinato aquel hombre. Sólo sé que cuando me parece encontrar pruebas, pienso más a fondo y los argumentos se me caen de las manos. Bajamos del taxi, la mujer abrió la puerta de su casa mientras yo pagaba. Había que subir unas escaleras pequeñas, algunos ocho escalones poco inclinados. Alcé la mirada para contemplar el lugar. Un árbol tapaba una de las dos habitaciones que podían observarse desde el frente, la otra tenía la luz encendida. Una vez que entramos en la casa, Silvia –la mujer que me guiñaba los ojos– señaló hacia una esquina, dirigiendo mi mirada con su dedo índice hasta hacerme notar un sofá verde de tres puestos como máximo. Me senté, encendí un cigarro y reposé mi pierna derecha sobré la izquierda. Pasaron unos pocos segundos, mientras fumaba. Nunca sabré a dónde fue Federico con la otra mujer. En aquel momento no me interesaba saberlo. Recuerdo que se oía una
voz masculina en el primer piso. Luego escuché que alguien
bajaba por las escaleras. No creí que fuera Silvia, las pisadas
eran firmes y secas. Era alguien pesado. Podía ser Federico,
pero no lo fue... El hombre caminó con paso lento hasta llegar
a la puerta y justo cuando se disponía a abrirla, me miró.
Creo que me evidenció el humo del cigarro. Los ojos del tipo
se me metían de lleno en los míos. Era como si supiera
que tenía miedo, era como si quisiera hacerme entender que
no me tenía miedo, no lo sé. Las interrogantes se metían en ráfagas a mi cabeza, no podía ordenar los pensamientos, era como si estuviese a punto de colapsar ¿Dónde estaría la mujer con que entré a esta casa? Di una calada a mi cigarro, la última, y lo froté contra el cenicero. Le dije cualquier nombre y extendí mi mano. Al subir la cara creí reconocer al tipo, hice toda una labor de retrospectiva para dar con la identidad del hombre. Me remonté horas atrás y me encontré saliendo de una casa, Alguien gritaba cosas, no recuerdo qué decía. Cerré la puerta y tomé un taxi después de caminar un poco. –Debo subir un momento –dijo, metiendo la mano en el bolsillo de mi camisa y sacando dos cigarros de la caja. Le escuché subir por las escaleras y silbar no sé cuál tonada. Entonces si recordé quién era el hombre. Ese mismo silbido fue el del taxista que me llevo al bar y que nos trajo a esta casa. Tuve una sensación extraña y deseé salir de aquel lugar. Corrí hacia la puerta y noté que estaba cerrada, Charly tuvo que haberla trancado. Justo cuando quise empujarla escuché un grito que venía del primer piso. Era un grito de mujer, era Silvia. Subí las escaleras y me encontré en un pasillo con dos alternativas: Izquierda o derecha. No recuerdo en que dirección fui, sólo recuero que fue la acertada. Estaba justo enfrente a la puerta, pegué el oído a la madera pero no se escuchaban más que susurros. Seguro Federico y la otra mujer ya están muertos o quizás todo esto fue una treta de él para matarme o para matar a Silvia por interesarse en mí, no sé, no podría saberlo. Derrumbé la puerta de un golpe con el brazo, caí en el piso y choqué la frente contra el borde de una cama, enseguida la sangre corrió por mi cara trastocándome la visión. Me pasé la mano derecha por la herida y la froté en mi pantalón. Emma siempre me lo había dicho: “Morirás como un estúpido”. Cada vez los ojos más se me cerraban, y más comprendía las palabras de Emma, y las de mis compañeros, y las de la gente, menos me comprendía yo. Segundos antes de que quedara inconciente se abrió la puerta y vi entrar a Emma, luego a Federico y la mujer que lo acompañaba en el bar. No podía verlos perfectamente, pero sabía que eran ellos. Le hicieron alguna seña al taxista y éste me pegó fuerte con un objeto que no puedo precisar. Sí, parece que fue así. Entonces abriré los ojos y estará sobre mí cuerpo un trozo de madera y algunas flores avejentadas. Ahora comprendo la comezón en la espalda, son los gusanos que cumplen su funesta labor. ¿Y ese sonido? ¿Esa melodía de tiempo entrecortado? ¿Y si fuera el despertador? ¿Y si aún estuviera vivo en aquella casa? Abrí los ojos lentamente y estoy en mi casa, sin la herida en la frente, sin el taxista golpeándome, sin Silvia. Me levanté de la cama con las fuerzas de saber que no estoy muerto, me levanté con ambiciones de vivir mi mundo, el mío, no el de los demás. Emma entró al cuarto con una cerveza en la mano izquierda y en la derecha tenía un cigarro encendido. Saqué mi correa de un tirón y la golpeé para que respete la situación de la niña. Comenzó nuevamente a gritarme cosas, me dijo las mil y dos formas en que me haría morir. Me puse cualquier pantalón, una camisa y salí furibundo de la casa. Ella gritaba cualquier estupidez que se le venía al cerebro. Recuerdo que un compañero de trabajo me había dicho días antes que en aquel bar la atención era excelente. No lo pensé demasiado, una vez que peleé con Emma, tomé la camisa, me la puse saliendo de la casa y me dirigí hacia el sitio. No quise sacar el carro del garaje, estaba en extremo furibundo como para querer manejar. Caminé prolongadamente mientras esperaba por un taxi. No recuerdo la cara del tipo, ni cuánto me cobró por llevarme al lugar. |
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