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Las
palabras que sobran cuando cae la noche
El tipo estaba loco o verdaderamente vivía el infierno que contaba. Nos tomamos una botella de tinto y antes que pudiera pararme pidió otra. Intente decirle que me esperara un momento, que iba al baño, pero me sujetó por el brazo y me dijo que debía esperarme hasta que él terminara su historia. Luego, cambió su expresión y me dijo que sería de mala educación, que lo dejara con la palabra en la boca. Entonces, prosiguió con su relato. -Los días eran interminables, aunque no los recuerdo con detalles precisos. Los alaridos me inquietaban, y ya una noche no pude soportarlos. Salí de casa, la humedad helada hacía invisible cualquier rastro de pisada. La niebla se abrazaba con el barranco para no desprenderse de la cima. Me llevé las manos a la boca para calentármelas con el aliento, aunque no me sirvió de mucho. Luego, guié mis pasos hasta donde se escuchaban los bramidos. Allí pude verlo, como tantas veces lo había imaginado, con ese cuchillo, que recordaba en mi mente bañado en sangre. Me adentré en el hedor a muerte y pensé en las tantas alternativas que había ensayado, para sorprenderlo en pleno asesinato, pero ahora me veía tiritando de miedo, con las manos frías y los pies dormidos. Entonces, en una enramada lo vi, estaba seduciendo a una joven que había visto días antes en la librería. Había anotado su nombre en mi cuaderno, después de varias sesiones de plática, concluyendo que sería ella la próxima victima. Le hablé de mis antiguos asesinatos y se emocionó con la magia de mis historias. Me dijo que quería saber más de mis novelas. Esa noche debió estar solo el precipicio, y lo estuvo. Ella se sintió espléndida, lo pude oler en su piel, después de hurgar bello tras bello todo su cuerpo. La desvestí, y dejé correr lentamente mis manos por su cintura, lentamente mis labios pronunciándole palabras de media noche envueltas en tierra y boca viscosa, otra vez mis manos amasando su cuello. Ella lloraba de placer. Intentaba hacerme creer lo contrario, con movimientos bruscos, que por momentos hacían que me detuviera a pensar, si estaba haciendo lo correcto, pero cuando por algunos segundos, yo paraba el fragor de la batalla, ella me pedía que continuara con un gesto. Así, trago a trago, se fue haciendo cada vez más mía, y mis manos se empaparon de vino, vino dulce y espeso con sabor a vida. Ella ya no gemía. Las palabras sobran cuando cae la noche.
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