Los dos infiernos


Una vez más, papá ha salido furioso a la calle después de golpearle la cara a mamá con la hebilla de la correa. Quizás mañana, mamá le diga a la vecina después de un pocotón de preguntas, que se golpeó con el lavamanos, o que al salir del cuarto se tropezó con el móvil, y una de las piezas le hinchó el ojo. Tal vez creyendo que la vecina le creerá el cuento, pero con una espinita adentro que le dice que no, que la vecina no se chupa el dedo. Aunque ella tampoco tenga mucho que decir, porque para nadie es un secreto que, más de una vez, también se le ha escuchado a ella gritarle a su marido, el papá de Carla, que la suelte, que no lo volverá a hacer más. Y Carla llora, y Carla que la suelte, y Carla que llama a su abuela por teléfono, y su abuela que le pregunta que qué le pasa y antes que responda que le pase a su mamá, y cuando hablan le dice que ella se lo dijo, pero que, de igual forma, debe acordarse de que su casa también es su casa y de su nieta. Mientras ellas hablan, Carla y yo escuchamos por el otro teléfono, y la mayoría de las veces el señor nos descubre y también golpea a Carla, y le pregunta qué si no le ha dicho qué eso de estar espiando es malo, entonces ella baja la cara y él le hala los cabellos. Luego, me mira a mí y sé que le pasa por la mente darme de golpes, o por lo menos halarme la oreja y sacarme a patadas de la casa, pero se acuerda que papá fue boxeador. Entonces sólo me corre de su casa. Todas las mañanas mamá se levanta a las seis y me pide que le prepare el desayuno, mientras ella habla de lo perfecta que se mantiene su relación con papá y la vecina que le replica que no tanto como la de ella y Carla y yo que nos miramos y nos reímos.

Wilins Méndez
Cumaná, 2004

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