Guillermo y los Peces del Lago
Un cuento para niños


Había un a vez un niño alegre, despierto, amable y travieso llamado Guillermo y resulta que un día fue con su Papá a las orillas de un Lago a caminar y charlar con él y mientras su papi conversaba con un amigo, que se consiguió por casualidad en el mismo sitio, al Guille se le ocurrió asomarse a la orilla del Lago dónde las olas salpicaban su cara con esa increíble agua que tanto le llamaba la atención. Primero miro el cielo dónde logro ver cantidad de nubes que dibujaban los más increíbles objetos y animales; nunca imaginó que en el cielo se pudieran ver aquellas maravillosas figuras. Al detallar las nubes logró ver un elefante con una trompa más larga que la cola de su perro Quirón; luego, miró hacia un lado y observó una nube que era igualita a la nariz de su hermanita y rió diciendo: “Caramba como habrá hecho Claudita (su hermana) para que su nariz llegará hasta allí”. A todas estas su papi, entretenido en una de esas conversaciones de grandes, no sabía de los extraordinarios dibujos que contenían aquellas maravillosas nubes. Luego de hacer suyo esos descubrimientos, Guillermo fijó su mirada en la orilla del Lago. Al principio no se veía nada; pero luego, comenzaron a surgir unos fugaces movimientos en el agua que hicieron que su vista no pudiera apartarse de ellos. Prestó mayor atención y, aun cuando no veía nada, comenzó a oír una especie de susurro que provenía de las aguas del Lago: psssszzzzz ummm, es possstmmrr, oía Guillermo atentamente y algo confundido por no saber de dónde salían aquellos extraños murmullos; entonces decidió afinar más su oído y fue cuando ocurrió algo sorprendente... Guillermo comenzó a escuchar con claridad y al mirar a las aguas del lago vio que un cangrejo azul le miró y dijo: “Yo te he visto, tú estuviste en la playa la semana pasada jugando con la arena y casi que te llevas en tu tobo de jugar a mi primo Juan”. Guillermo sorprendido no sabía como reaccionar a tan inesperado comentario; al momento se acercó un camarón blanco y comentó: “No atiendas niño, es que está de mal humor porque hoy no ha podido atrapar a ninguno de nosotros”. Guillermo sonrió y sin darle tiempo de nada apareció un pez que él no conocía entonces, y luego de pasar su asombro, le preguntó: “¿Quien eres tu pececito?”. “Soy una Curvina”, respondió el pez, “y también te he visto; la Lisa y yo estuvimos por los lados del puente que cruza este lago y te observamos cuando pasabas en un carro por arriba de nosotras, te ibas riendo y mirabas con mucha dulzura el agua que nos cobija”, sentenció. Guillermo observó que todos aquellos maravillosos seres hablaban muy seguros de lo que decían y eso le causo gracia y cuando pensaba que a aquello ya terminaría apareció un gran bagre bigotón que llegó diciendo: “Nosotros también sabemos de ti, hace como un año, cuando estabas más pequeño, estuviste con tu tío en la otra margen del Lago y vimos como jugabas con el agua y la tierra que estaba en la playa”. Al terminar de hablar el bagre, Guillermo, estaba preparado para conversar con todos ellos y hacerles mil preguntas, ellos, los peces, lo sabían porque comprendían que Guillermo cuando se interesaba mucho en algo le brillaban los ojos, se le hacían unos huequitos en las mejillas y abría los ojos como si quisiera ver todo el mundo en una sola mirada; entonces, cuando se disponía ya a conversar como amigo con los peces, se acerco su papi –quien no podía ni imaginarse semejante aventura de Guillermo–, para indicarle que debían irse porque el cielo indicaba que la lluvia estaba por venir. Los peces, recelosos siempre con los extraños, al percatarse de la presencia del adulto salieron nadando a toda velocidad no si antes picarle un ojo al Guille que sonreía y quien antes de perderlos completamente de vista les oía decir en su partida: “Cuando vayas a la playa sabremos de ti; cuando juegues en la arena te cuidaremos también; cuando cruces el puente te miraremos y cuando seas grande y tu hijo te diga que conversó con los peces, quizás ya no recuerdes este día, pero habremos sido nosotros que volvimos a ti a través de él. Guillermo sonrió y se hizo la intención de no comentar nunca a nadie de su descubrimiento con los amigos del Lago”.

Y, quincolorado…como dice Claudia y pez de por medio...este cuento ha terminado.

Jairo Meleán

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