La vida, una historia sin final

Había una vez una niña llamada Elizabet muy feliz, que vivía con su familia y se entendían muy bien, era muy positiva y hacía todo lo posible para que su familia y sus padres estuvieran orgullosos de ella y pudiera ser una gran profesional y tener una linda familia muy perfecta como era la suya.

Para ella la vida era lo mejor de todo, y más su familia, su mamá, su papá y su hermano.

Pero no todo le podía salir bien en la vida, ella pensaba que su vida nunca iba a cambiar, pero ella no sabía lo que le podía pasar.

Ella rezaba todas las noches porque su vida y su familia estuvieran bien y nunca cambiaran.

Un día decidieron irse de vacaciones, la familia se encontraba emocionada porque iban a pasar otro de sus momentos felices en Morrocoy.

Era el día antes de irse, cuando fueron a buscar a su prima, luego se fueron para la casa, comieron y terminaron de hacer las maletas y muy ansiosos se acostaron a dormir. Pero Elizabet, su hermano y su prima se quedaron despiertos, porque no tenían sueño y querían seguir jugando y tomando fotos. Era la una de la madrugada cuando los niños lograron dormirse, ansiosos para despertarse a las 5 de la mañana e irse a disfrutar en la piscina y en las lanchitas de Morrocoy, que al hermano de Elizabet le encantaban.

Ya era 3 de enero, el día más esperado por los niños y por los padres desde el momento en que supieron que se iban de vacaciones.

Se levantaron a las cinco de la mañana muy emocionados, se vistieron, desayunaron y todos terminaron de arreglar sus cosas para llevar en el viaje.

Salieron de la casa a las seis de la mañana, cerraron la puerta de su casa, bajaron al estacionamiento, metieron todas las maletas en el carro y todos felices se ¡desearon buen viaje!, antes de que el carro arrancara, la mamá de Elizabet les dice a los niños que rezaran para que el viaje que iban a recorrer les saliera bien y no hubiera ningún inconveniente y llegaran sanos y salvos al hotel.

Mientras iban por el recorrido los niños rezaban, pero muy emocionados por todo lo que se imaginaban que iban a disfrutar, a jugar, a bañarse en la piscina, a conocer sitios, playas nuevas y también todas las compras que iban hacer.

Pasaban los minutos en el carro y los niños estaban desesperados por ver la hora en que iban a llegar y a empezar a disfrutar. Elizabet y su prima estaban escuchando música para pasar el tiempo y no dormirse en el carro, mientras que el hermano de Elizabet en vez de estarse quieto, sentado y tranquilo, estaba jugando, brincando y cantando, emocionado en el carro esperando a que llegara la hora de meterse a la piscina. La mamá de Elizabet le decía al niño que se quedara quieto que podía recibir un mal golpe y ella no quería que pasara nada malo porque estaban muy emocionados.

Eran las siete de la mañana, ya había pasado una hora de recorrido, esos minutos se habían hecho muy largos y lentos, el clima estaba con lluvia muy fuerte, hacía mucho frío, todo estaba oscuro y nublado, casi ni se veía la vía en donde estaba el carro. Elizabet y su prima al ir escuchando música, cayeron en un sueño profundo y el hermano de Elizabet se volteó a ver la ventana de atrás del carro. Cuando de repente se sintió un golpe por detrás muy fuerte, el carro se salió de la vía y aparentemente como cuenta la madre de Elizabet dio vueltas cayéndose por un barranco.

Todos estaban inconscientes por el gran golpe que recibieron menos la mamá de Elizabet quien era la única que había quedado despierta y sabía cómo había pasado todo en realidad.

Ella pidió ayuda a una casa de familia que quedaba en el barranco, para que pudieran subir a Elizabet, a su prima y a su esposo.

Cuando Elizabet despertó se vio fuera del carro, en un barranco, en medio de la lluvia y al lado de su prima, de su mamá y de su papá.

Elizabet gritaba, estaba muy asustada, ella preguntaba a gritos qué pasaba, pero nadie le respondía, la mamá preguntaba por su hijo que no estaba con ellos y sólo le decían que él estaba golpeado pero que ya se lo iban a llevar porque necesitaba estar en el médico. Elizabet estaba nerviosa pero a la vez confundida porque la vida que ella creía que era la perfecta y que nunca iba a cambiar se le estaba destruyendo en pedazos mientras veía a su mamá, a su papá y a su prima muy grave y adoloridos.

Nadie reaccionaba, sólo su mamá, que era la única que recordaba bien lo que había pasado.

Llamaron a las ambulancias y los llevaron a un hospital cerca de donde había pasado todo el accidente, y fue allí donde los revisaron.

La mamá preguntaba por su hijo y nadie le sabía responder, todos le respondían cosas diferentes.

Luego los llevaron a una clínica que quedaba en Caracas, y fue allí donde le avisaron a la mamá, al papá y a Elizabet que el niño había muerto, fue para todos una tristeza muy grande.

Para Elizabet era como si le hubieran arrancado un pedazo de su cuerpo y de su corazón, al igual que para la mamá y para el papá.

Elizabet pensaba que esa vida construida con tanto esfuerzo, que era para ella la más perfecta y la más linda, no se le había convertido más que en una pesadilla sin solución, una pesadilla que le cambiaría toda su vida que ella siempre quiso tener.

Ella cambió mucho al igual que su mamá y su papá, pero a Elizabet no le dolían sus heridas, ni su cuerpo, lo que más le dolía era su corazón, era esa falta, esa soledad y tristeza que sentía al saber que su hermano, lo más querido de ella, lo que le daba a veces ánimos para vivir, se había ido y para siempre.

Pasaron ya dos meses y Elizabet a pesar de la tristeza y soledad ha tratado de seguir adelante, aunque le cuesta mucho, pero sus amigas y su familia la han estado ayudando y el pensamiento de que se le fue la mitad del corazón para el cielo le hace tener más fuerzas, porque ella sabe que él allá estará bien como un angelito cuidándolos.

Hoy en día, Elizabet piensa que esa vida que cambió totalmente puede seguir adelante aunque esté sola.

Ella a veces quiere agarrar una goma de borrar, borrar su vida y empezar de nuevo sin ese pensamiento que su vida nunca iba a cambiar, pero ella está consciente de que a todos les pasa algo en la vida y hay que estar preparados para lo que venga.

Dios sabe lo que hace y si lo hace es por algo. Ahora, ella ve la vida de antes como unos cuadros que pasan muy rápido por su mente, sólo para recordar esos momentos bellos y felices con su hermano.

Elizabet tiene esas ganas de seguir viviendo aunque le cueste, pero siempre viendo el lado positivo de lo que pasó y de esa historia larga y triste que fue su vida.


Liliana Mazzocchi M.
13 años

Nota: esta historia en un sentido homenaje de Liliana Mazzocchi a la memoria de su hermanito fallecido en un accidente de transito.

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