Un Día Cualquiera

-Coño e’ la madre
-Niño!!!!!
-Mamá te dije que coño e´ la madre, nojoda. Que no teníamos que venir a esta cueva a buscar ningún toro.
-Hay cállate mi amor, que lo vemos, lo enjaulamos y nos ganamos unos cobres

Entraron a la cueva y se perdieron a los pocos minutos. La lámpara apenas alumbraba, pero sabían que muy cerca debería estar el cordel. Caminaron veinte minutos más hasta que lo hallaron. Estaba partido en algunos trozos, pero los segmentos dejaban un rastro lo bastante claro como para ubicar su destino. Decidieron disminuir la intensidad de la lámpara, a fin de no ser descubiertos. Después de cuatro horas consiguieron al Minotauro. Estaba sentado en una piedra en actitud pensativa. En el piso, se encontraban dispersos los huesos roídos de algún pobre infeliz.

-Vergación mamá, el animal ese si estaba aquí, que bolas. En verdad los gringos sí se habían traído la vaina esa pa cá.
-Mi amor, deja esas palabrotas
-Nojoda, mamá, y quién no va a decir unas palabrotas con esa mamarrada que está ahí. ¡Mírale la paloma! ¡Mieeeerda!. Ten cuidado, porque ese si es verdad que no te va a perdonar si te agarra.
-Mi amor, cállate
-¿Cállate? Aprieta esas nalguitas es lo ques.

El minotauro escucha la conversación y voltea lentamente hacia donde se encuentran la mujer y el niño. En la antigua Grecia nunca había escuchado tantas obscenidades juntas. Intentó acercarse. Necesitaba salir. Llevaba dos meses en estado depresivo, pero ahora sí tenía la plena seguridad de que podría salir de este lugar. No supo cómo ni cuándo llegó. Pero ahora podría salir. No había razones para no pensarlo. Aquellas personas habían llegado hasta donde él estaba. Sólo haría falta obligarlos a regresar por el mismo camino que vinieron, y ya, encontraría la salida. De nuevo sería un dios. Claro, también es cierto que hace dos meses pensaba todo lo contrario, y dos meses antes de esto lo contrario de ese contrario. Recuerda que cuando llegó el viejo, lo persiguió sin que se diera cuenta, hasta que decidió comérselo. Esta vez no haría falta eso, sabía que llegaría por fin al exterior.

- Coño, vieja el mamasauro ese nos está mirando.
-Minotauro, mi amor, Minotauro.
-Ya te dije que minus un coño, aunque por lo cachos, la mujer le debe haber dado hasta por la cédula.
-Los minotauros ni tienen cédula .
-Disculpen...
-¡Mierda....! Hasta habla el gran vergajo.
-Quisiera salir de aquí.
-Y yo quiero un televisor y no hay, nojoda.
-Cállate mi amor.
-Mira toripollo, a mí no me mires con arrechera porque sino te parto la cara

El Minotauro volteó hacia donde estaba el niño, y miró también a su madre. Llegó hasta donde estaba ella, y le quitó la lámpara, incrementó la llama y detalló a ambos. Ella llevaba una manta guajira, y él unos pantalones cortos y una vera. Ella se colocó frente al niño y le tapó la boca. El minotauro continuó.

-Lo único que quiero es salir de aquí. ¿Ustedes conocen la salida?

La mujer se queda pensativa. Realmente no la conoce, pero decía la historia que un hombre entró a la cueva y no salió nunca más, y en el piso estaban las pruebas de que eso era cierto. Sin decir nada el niño tomó la lámpara, apagó la llama y desapareció. El Minotauro piensa en perseguirlo, pero la mujer saca un yesquero de la cartera y le alumbra. Le indica que se tranquilice: que ella se quedará.

Tres horas después el niño llega. Trae en la mano una cámara y otra lámpara. El Minotauro no cabe un su alegría. Por fin podrá salir de este encierro. Le pregunta a la mujer si podrán salir. Ella le responde que siempre ha podido salir. Que si se quiere, se puede. Tanto se puede que apaga la luz y desaparece. El niño también desaparece, después de tomarle una foto. El animal se descorazona. Ahora ni siquiera están esos seres para poder seguirlos. Sin embargo la tristeza dura poco. El niño aparece sonriendo y diciendo groserías, mientras la mujer intenta callarlo. Llevan dos lámparas nuevas en sus manos. Ya su conversación le es familiar

-Vergación, mamá, qué cuándo nos vamos a llevar a la vaina ésta.
-Ya te dije que no es vaina, es un Minotauro.
-¿Y la paloma?
-No mi amor, eso es en el cristianismo.
-¡Mierda! Vergajo e confusión.

El Minotauro comienza a molestarse. Ellos aparecen y desaparecen como les da la gana, entre las incomprensibles groserías del niño y los reclamos de la madre. Y ni siquiera lo toman en cuenta.

-Por favor, podríamos salir de aquí.
-Coño, la verdad es que no.
-Mi amor.
-¡Coño, amá, que no!

El Minotauro intenta perseguirlos, pero la mujer y el niño desaparecen y reaparecen con más lámparas. Ahora aparecen y reaparecen, sin siquiera apagarlas. Cada vez más las luces se incrementan. El niño entra diciendo groserías con otro niño, y la mujer se sienta a su lado con otra mujer. Todos comienzan a hablarle. El Minotauro intenta perseguirlos, pero todos les muestran los hilos de Ariadna y se los rompen en la cara mientras desaparecen. El minotauro cae al piso, exhausto de perseguir a todas las personas dentro de la cueva. Se levanta, camina y se sienta nuevamente en la piedra. Le cuesta mucho ver su cuerpo. Se siente amarrado. Tener los ojos a los lados produce incomodidades, se dificulta la visión estroboscópica, sea lo que sea que signifique esa palabra. Las luces se incrementan y comienza a escuchar voces extrañas. Ahora son hombre y mujeres los que hablan a su alrededor, y lo empujan, y le gritan, y se ríen de él.

-Hay mamá, yo mato a esta mierda y acabamos con esto.
-No, mi amor.
-Déjenlo tranquilo, colóquenle otra dosis.
-Si, así se calmará.
-Calmarse un coño, yo le clavo la verga ésta en el coco, y se acabó y nos lo comemos.

El Minotauro vuelve a mirar sus manos. Ahora están atadas. Está amarrado a una camisa de fuerza. Todas las luces giran a su alrededor. De vez en cuando se observa en un espejo y tiene rostro humano y cuerpo de toro, y otras veces parece un centauro, y otras es simplemente un humano. Una vez un pintor dijo que los sueños de la razón producían monstruos. Estos debían ser los suyos girando en su cerebro. Ya no sabía que pensar.

-Pero bueno mamá. ¿Lo mato?

El Minotauro se observa ahora convertido en una liebre, el niño lleva en sus manos una escopeta.

-Mi amor, deja que los doctores digan.

El Minotauro lo mira con lástima. Ya no sabe si saldrá de la cueva, ya no sabe ni siquiera si es un Minotauro. Observa inocente al niño. Éste le apunta con la escopeta

-Coño mamá, si no me das permiso le pego el tiro de todos modos.

El Minotauro observa las paredes y el piso, y ya no es la cueva. Observa a los hombres y ya no son griegos. Observa hacia sí mismo y ya no es minotauro. Observa al niño y suplica

-Si muchacho, dispara.

Y el niño, observando la tristeza del animal, apunta con precisión y empuja el gatillo, y mientras un chorro de agua moja completamente al Minotauro le dice riéndose.

-Ahora te jodisteis guevón.

Y todos desaparecen. Y la cueva vuelve a estar a oscuras. Y el Minotauro apenas puede escuchar su respiración en la oscuridad. Como siempre.

Vicente Lira

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