Frank Taleman


Frank Taleman llamaba a su condición “el eco”. Como si en él hubiera hallado una voz interior que hacía reverberar los sonidos durante un lapso de tiempo mayor. Esa envolvente sonora, donde se mezclaban los sueños, los retos, las imprecaciones, las frases amorosas; es decir, todo lo que había atravesado sus tímpanos alguna vez, se prolongaba en el tiempo y repercutía en su cerebro. Frank quedaba como absorto, ajeno a todo, mientras su mente continuaba martillando frases.

Al principio, cuando siendo un niño descubrió esta asombrosa facultad, se sintió un ser especial, dotado de un poder. Pero cuando advirtió que su registro evocaba sonidos olvidados por todos y que sin embargo seguían atormentándolo por siempre, su humor cambió. Se tornó un ser hosco y huidizo, temeroso de los rumores y zumbidos. A diferencia de los demás, que viven el efímero presente, para Frank Taleman cada voz tenía una duración mayor, un efecto sincopado, como una propagación duradera y persistente. Las voces continuaban repiqueteando en su cabeza y, si bien podía disfrutar más tiempo de las melodías, éstas se desdibujaban con el runrún bronco y rumoroso.

En medio de ese festival de voces y ruidos, su mente trabajaba como una grabadora. Podía reproducir sin dificultad los sonidos escuchados ya no sólo algunos minutos antes, sino días y hasta meses atrás. Reconocía retos de maestras y declaraciones a novias que databan de sus épocas de escolar. Distinguía su voz de niño, a veces intercalada con sus voces de adolescente y de hombre ya maduro. Su archivo de voces generaba conversaciones y diálogos entre personas que jamás se habían conocido pero que el mecanismo automático de Frank hacía hablar y responderse con cierta coherencia.

Ante cada acto que iba a realizar, oía la voz de su conciencia y muchas veces se sentía cohibido por su propio eco. Recibía reprimendas ancestrales de la época en que su abuela aún vivía.

Consultó a varios especialistas en temas auditivos, quienes encontraban los oídos de Frank en perfecto estado y sin anomalías. Hasta finalmente visitó a un experto de la Universidad de YaleDigo que le anunció, no sin cierto tono de soberbia, la última frase, que escuchó sorprendido y aún hoy repercute en su cabeza:
–¡Taleman, usted se está quedando sordo...!

Rocco Laguzzi
Argentina

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