La Casa


Hay una parte de la casa que no habitamos. La casa es grande; mejor: tiene lo suficiente para que podamos vivir con comodidad. A veces ésa es nuestra, otras, vivimos alquilados. Y cuando es así, la dueña es la antigua joven, que fue nuestra vecina por ocho años. La vida transcurre con normalidad desde que nos instalamos. Luego de pequeños acomodos, Francisco y yo aprendimos, él mis costumbres y yo las suyas, y así nos molestamos lo menos posible. Un corredor breve y sin ventana, separa las habitaciones. Las puertas son lo más elegante que tiene la casa; anchas también y siempre abiertas. A través de ellas sólo es posible ver secciones oblicuas de paredes. Pero esto no produce ansiedad porque la casa es segura, y Francisco y yo vivimos sin angustia entre dormitorio, cocina y comedor. No necesitamos más. De improviso y sin motivo, me acuerdo que hay una zona deshabitada. Siento temor de investigar, pero mis pasos me llevan, y descubro una verdadera entrada. Hay un salón de espera grande, con piso veneciano claro y techo alto. Una escalera amplia y curva lleva al piso superior. Estoy en la planta baja, mas puedo divisar todo desde lo alto. Miro a los dos lados, con deseo de aprenderme cada detalle porque no sé cuándo encontraré de nuevo la vía para llegar hasta ahí. De alguna manera siento esta área como extraña, y al mismo tiempo sé que nos pertenece. Sólo silencio y polvo, sin desorden porque no hay muebles, no hay nada. Y no estoy tampoco segura de si alguna vez yo o alguien más viviera en ella. Supongo que sí. El tiempo ha desgastado parte de la pintura en el ventanal blanco, que ahora está amarillento. Se respira un aire tibio, de encierro. Siento pudor de subir por la escalera. Igualmente sé que arriba sólo hay cuartos anchos y vacíos. E intuyo que lo más importante no es visitar la casa, sino saber que existe. A veces considero que necesitaríamos aquel espacio. Y ésa es una verdadera mansión, de prestigio. Pero siento que nuestras habitaciones nos protegen, y sería hasta peligroso hacer cambios tan radicales. Además es sólo a veces que me acuerdo de esta parte de la casa; la mayoría del tiempo vivo feliz en la otra, y ni sé que ésta existe.

Anna Maria Iemma
abril, 2004

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