Un Oscuro Destello


En la Calle Norte del periférico barrio de Long River, a las nueve de la noche de un día viernes, un Camry azul se estacionó frente a la casa número 20 y apagó el motor. El conductor se demoró en bajar. Parecía más bien estar esperando que alguien saliera de la casa. Al fin la puerta del auto se abrió, a la vez que la figura corpulenta del hombre se apeaba. Llegó hasta la puerta, y las llemas suaves tantearon en la penumbra la pared áspera. Luego el timbre sonó una sola y larga vez.
Todas las ventanas de la casa estaban a oscuras. Una habitación en el primer piso se había alumbrado e inmediatamente apagado. Él esperó un par de minutos. Luego volvió a tocar varias veces, dos corto y otra largo. Nadie vino a abrir. Entonces volvió a su carro. Las luces se encendieron, y la calle revivió hasta la curva; luego se apagaron. Quince minutos más tarde el auto seguía estacionado. El hombre se bajó otra vez del carro, y lanzó al suelo el cigarrillo, que revivió con decenas de chispas. Justo en ese momento la calle se alumbró desde la curva, de la cual avanzaba despacio una patrulla de la policía. Uno de los dos agentes colgó el micrófono de la radio, y paró delante del Camry sin apagar las luces; ésas encandilaron al hombre, quien volteó hacia un lado con la cara agriada. Los policías se bajaron casi al mismo tiempo.
-Buenas noches -dijo uno de ellos- permítame su licencia de conducir.
Él buscó en su billetera, y se la alcanzó.
El agente revisó el documento.
-Muy bien. ¿Busca a alguien?
-No. Sí -se corrigió de inmediato-. La señorita Sullivan; busco a la señorita Sullivan. Debe haber salido.
El uniformado fue hasta la puerta, y tocó el timbre.
-Parece que no hay nadie. Las luces están apagadas. Es mejor que vuelva en otro momento -dijo.
-Sí, creo que sí. Buenas noches.
El hombre se subió al auto. Los policías esperaron que pusiera en marcha el automóvil, y lo siguieron por un par de millas por la Calle Hudson hasta cerciorarse de que había dejado Long River. Mientras tanto, en la Calle Norte una mujer corrió la cortina, y se cercioró de haber colgado el teléfono. La misma noche, ya cerca de las once, el Camry estaba de nuevo estacionado frente a la casa de la señorita Sullivan. Pero el conductor no se bajó del carro.
El lunes por la mañana la señorita Sullivan no se había presentado a su trabajo ni pudo ser localizada por ninguna parte. Silvia Prebst, su colega y amiga, llamó por teléfono varias veces a su casa sin recibir respuesta. Tuvo un presentimiento: Verónica no era mujer de faltar al trabajo, y además habría avisado; algo grave debía haber sucedido. Esa tarde, al salir de la oficina, Silvia fue directamente a Long River a casa de Verónica. Estuvo tocando el timbre varias veces, pero no recibió respuesta. La vecina, que la estaba viendo desde la ventana, le gritó:
-¡No está!
Silvia volteó, y reconoció a la señorita Morgan:
-No, no contesta -admitió-, no hay nadie.
-Es raro -dijo la señorita Morgan-, esta mañana no la vi salir. Debe haberle pasado algo.

Las investigaciones sobre la desaparición de la señorita Sullivan empezaron con la inspección de su casa. La policía revisó cada rincón, pero todo estaba en orden. El único detalle, que llamó la atención del teniente Gómez, fue la elegancia y la osadía de algunas prendas íntimas, las cuales contrastaban con las demás, sencillas y hasta grises. Pero él no dio mayor importancia al hecho porque sabía por experiencia profesional que también las mujeres simples, en la intimidad se pueden tornar desenfrenadas. Sin embargo anotó el detalle. En el buzón de correo se encontraban varios periódicos; el más viejo era del sábado. Desde le viernes la mujer no habría regresado a su casa,. Pero, la Morgan declaró que ella oyó el carro volver la noche de ese día, a las siete. De hecho, el auto seguía parqueado en el garaje. Sin embargo el teniente Gómez dijo que pudo haber salido luego en un taxi o quizás alguien la hubiera buscado en su carro. De cualquier modo, según la Prest, estas suposiciones eran improbables porque la Sullivan no tenía amigos; pero luego añadió que Verónica estaba saliendo con un señor, un cierto Josef, el cual trabajaba en una Agencia de carros.
Josef Resek, gerente de LeeCar’ s fue ubicado en su oficina de la Calle 6, situada a dos bloques de la Firma “Rodham y Asociados”, donde la señorita Sullivan trabajaba como administradora. Los dos se habían conocido cuando ella había ido a preguntar por un Infinity último modelo.
Cuando la policía fue a interrogar a Resek, él se mostró visiblemente preocupado, y afirmó no tener noticias de Verónica desde la mañana del viernes, la última vez que había hablado con ella. Tampoco él sabía explicarse el motivo de la desaparición repentina.
Todas las personas relacionadas con la señorita Sullivan, confirmaron que era una mujer sencilla y rutinaria. Su desaparición resultaba muy extraña. Mientras tanto ningún cadáver encontrado en aquellos días y los siguientes presentaba las características de la desaparecida.
La policía volvió a examinar su casa. Esa vez, en el momento de abrir la puerta superior de un clóset, ésta no cedió. El teniente Morris haló con fuerza. La puerta no cedió. Entonces alumbró las ranuras con una linterna: estaban selladas con silicona.
-Aquí -gritó el teniente al agente que lo acompañaba-, venga a ver.

El aserrín se iba depositando en iguales cantidades por todo el marco de la puerta inferior, mientras la sierra eléctrica cortaba un rectángulo perfecto. El pedazo de madera, que cayó sobre el piso, sonó chato como un remo sobre el agua estancada. Una pesada bolsa de basura sellada con tirro, se encontraba arrimada contra el fondo del clóset. Adentro estaba el cuerpo semidesnudo de la desventurada mujer.

La muerte de Verónica Sullican había ocurrido entre las nueve y las diez de la noche del día viernes. El cráneo presentaba un golpe en la zona parietal izquierda y otro en la occipital. Alrededor del cuello había un cable amarrado. También pendían de la cabeza mechones de pelo, que el asesino había arrancado a la víctima quizás cuando ella trataba de escapar. Lo inexplicable era que entre los vecinos nadie dijo haber escuchado gritos aquella noche, pensó el teniente. Ahí se habría desarrollado una sórdida y muda pelea.
Gómez volvió a interrogar a Josef Resek, probablemente el último en ver a la Sullivan todavía con vida. Éste precisó que tenían una cita la noche del viernes, a las ocho, en una cafetería del centro, pero ella no había acudido. Luego de llamar en vano por teléfono, había ido hasta su casa sin conseguirla.
La policía investigó el estado financiero de Resek. No se encontró nada que pudiera hacer surgir sospechas; tenía una posición económica holgada, lo cual descartaba el móvil económico, y el móvil pasional parecía improbable. De todos modos, el teniente Gómez le dijo que era conveniente que no dejara la ciudad, y pospusiera cualquier viaje. Resek asintió sin decir una palabra.
En la casa de la señorita Morgan, el técnico electricista Philip estaba componiendo una lámpara. Él era conocido por todo el vecindario, el cual utilizaba sus servicios para pequeñas reparaciones eléctricas. Philip midió la intensidad de la corriente con un voltímetro, que llevaba atado del cinturón. Aquél se alumbraba automáticamente, para que pudiese ser usado también en la oscuridad. La señorita Morgan empezó a hablar con el muchacho acerca de la reciente desgracia. En el momento en que pronunció el nombre de la Sullivan, el joven estaba pelando un cable con una tenaza, y por un descuido se encajó un pedazo de cobre debajo de la uña del pulgar, lo cual produjo una pequeña hemorragia. “Puta”, gritó sobreexcitado. La señorita Morgan se sorprendió. Se supone que él pudo haber dicho cualquier otra grosería, pero aquélla le pareció fuera de lugar. Inexplicablemente la palabra había llegado a sus oídos como dirigida a la difunta señorita Sullivan. Al mismo tiempo ella recordó algo relativo a una luz en aquella fatídica noche. Pero, sonrió pronto al joven, en vez de enseriarse, como protegiéndose por instinto.
Cuando estuvo a solas, la Morgan trataba de explicarse el enigma de la luz.
-Aquella luz… -dijo.
Justo en ese momento el teniente Gómez tocó a la puerta. Volvía para preguntarle si había recordado algún detalle adicional, que pudiese ayudar a esclarecer el misterioso asesinato.
-Una luz -dijo ella-. En el momento en que el hombre del Camry se bajó del carro, una luz débil, como de una linterna, se prendió y se apagó al primer piso.
-¿Por qué no lo dijo antes? –preguntó el teniente.
-No lo había recordado hasta hoy que vino Philip.
-¿Philip? -insistió el hombre.
-Sí, el muchacho electricista que acaba de irse.
-Ah, vi a ese muchacho que salía de su casa. ¿Qué tiene que ver Philip? -dijo Gómez
-Vea, teniente, hoy se puso muy nervioso cuando nombré a la difunta señorita Sullivan. Además él usa un voltímetro, lo lleva siempre del cinturón. Usted sabe, como esas cantidades de llaveros y cosas que llevan hoy día los jóvenes atados del cinturón.
-Sí -dijo el teniente -siga.
-Ese voltímetro tiene una luz… no sé si estaré en lo cierto. Vea, no es una luz fuerte, pero de noche debe alumbrar algo.
-Me imagino que sí.
La señorita Morgan miró al teniente a los ojos, como buscando valor para seguir.
-No tema -dijo Gómez-, siga.
-Bien. La noche del asesinato, vi una luz débil, que se alumbró e inmediatamente se apagó al primer piso de la casa de la señorita Sullivan. El señor del Camry estaba todavía tocando a la puerta cuando esto sucedió. Es decir que cuando el hombre tocaba abajo, arriba había otra persona. Quizás se trataba de la señorita Sullivan, pero aquella luz, me pareció… no sé.
-¿Usted sabe dónde vive ese Philip?
-A dos cuadras de aquí. Es el hijo mayor de la señora rusa. Le decimos la rusa. No sé cuál es el apellido de ellos.


Un radio estaba prendido a bajo volumen en la casa de la rusa, a la vez que se escuchaba un ruido de platos y de aguas corriendo; la mujer estaba arreglando la cocina. Al oír el timbre, dijo en voz alta:
-Mischa, anda a abrir la puerta.
Un niño en chores y descalzo se asomó a la puerta.
-¿Está tu mamá?-, preguntó el teniente.
-Mischa, ¿quién es?-, gritó la madre.
-Buenos días señora, soy el teniente Gómez, quisiera hablar un momento con su hijo Philip.
La mujer se sorprendió, pero llamó de inmediato:
-Philip, ven acá, te buscan.
-¿No ha hecho nada malo mi muchacho, verdad? -preguntó.
-No, señora, sólo quiero hacerle un par de preguntas.
-¡Philip! -volvió a llamar ella.
En ese momento la puerta trasera se golpeó, y Philip salió corriendo a velocidad sobre una motoneta.

Aquella misma tarde el sargento Tesak escribía a máquina la confesión de Philip Loscotov:
No había dejado de pensar en la señorita Sullivan desde en día en que reparaba un cableado eléctrico en la casa de ella. En una gaveta del clóset, abierta por curiosidad, estaba una ropa interior muy provocativa. Desde aquel momento no dejaba de pensar en la mujer; el descubrimiento lo había trastornado. La noche del viernes esperó que llegara del trabajo. Al verla, le dijo que venía a buscar una pinza olvidada en su casa. Luego, adentro, había tratado de atacarla; y ella se había defendido como si fuera una mujer puritana. Le dijo que saliera inmediatamente de su casa. Pero él sabía quién era ella; aquellos encajes provocativos no se los ponen sino ciertas mujeres. Insistió, y le dijo que ella se lo agradecería. La Sullivan lo llamó animal asqueroso. Entonces él sacó un pedazo de cable, que llevaba en el bolsillo, y se lo enroscó alrededor del cuello, sin que ella pudiese emitir un solo grito. Lo demás no lo recordaba bien; le había golpeado la cabeza con las tenazas, sí, golpeado y luego violado. Cuando tocaban a la puerta, él todavía se encontraba en la casa.
Al día siguiente había vuelto ahí para esconder el cadáver y borrar todas las huellas.

-Vacía en esta bolsa lo que guardas en los bolsillos -le dijo finalmente el sargento Tesak. Philip Loscotov depositó las llaves, un cuchillo utilitario, un encendedor. Y un voltímetro.

Anna Maria Iemma
abril, 2004

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