Transmigración

Andaban preguntándose por cuál rincón de la ciudad llegarían más rápido y sin ser vistos; mediante qué vía el viaje podría ser menos mohíno.

El aire, aún impregnado de ese melancólico olor a vida, sentíase denso, en él erraba de igual forma la peste de la nitroglicerina y el combustible inminente que carcomía todo recuerdo de una vida rosa o por lo menos llevadera hasta ese momento. Una turbina resonó en algún lugar cercano; era un sonido seco y ulterior a la realidad, anunciando la continuación de la escena sin guiones. Y en verdad aquello parecía el rodaje de un largometraje kúbriko, con decenas de torretas que aullaban en medio de la gran nube que se había levantado y cientos de ojos extras lacrimosos en espera de respuestas que no llegaban porque no las había. No se pueden explicar casos como éste; no hay palabras. Ninguna frase de aliento; sólo hay hechos, restos, dolor.

Ellos, por su parte, seguían examinando su estado; algunos reían como esquizofrénicos, otros cuestionaban de mil formas el momento, el sucedido y el próximo para salir; nadie comprendía qué había pasado.

Ethiel Flesh, lleno de polvo níveo, se asemejaba a un mimo, exacto, igual al que justo una tarde antes contempló en la esquina de Garden Street a la salida del trabajo. Y justo ahora se movía entre las ruinas como bufo en el clímax del espectáculo atroz; mejor dicho flotaba de un lado a otro sin percibir su apariencia extraña, su cariz de Ecce Hommo como paradoja de lo que era, de lo que fue hasta ese “Día D”, no hubiera creído jamás que el gran empresario, deportista, inversionista, millonario, iba a terminar así.

Pero los sueños se quiebran, no es verdad que sean imperecederos; frágil es la condición humana, endebles los espíritus de aquellos que se sienten estoicos.

Después de andar por horas sin encontrar la salida entre el primer y tercer pisos, que aún se hallaban en pie, una trivial luz de razón se apoderó de las migajas de sus sentidos. Flesh se vio en el alfiler del reflejo azul de una ventana rota. Afuera una vorágine de ruidos largos e ininteligibles le abastecía de mayores conjeturas; empezaba a recordar.

-No vayas a la oficina-, dijo su mujer con la voz entrecortada por el sueño y por un sexto sentido exacerbado, por un mal agüero que se hizo obvio con la llegada del primer estallido.

Vino para él la vasta incógnita que también flotaba sobre un escritorio maltrecho:
- ¿Qué será de ti Rachel, de tu vida sin mí, de tus ilusiones… qué será de nuestros hijos, de aquellos que nunca tuvimos por falta de tiempo o de ganas, o por miedo?

Y el pavor entró en su carne, en sus venas vacías que colgaban de sus brazos como hilos conductores de otros pánicos, cuando entendió por fin de qué se trataba aquello.

Observó a un niño y su madre, que aún lo sostenía de la mano como intentando con ello sujetar el último suspiro, tendidos bajo una loza, con los cuerpos destrozados por el peso del hormigón. El drama se ampliaba, las imágenes de un rompecabezas eterno se presentaban solas ante su mirada atónita y millones de cristales que fueron agujas, las miles de piezas humanas yacían sobre el suelo roto, ensangrentado, lleno de aceite y concreto; la sangre corría alrededor de un trozo de pierna, de un abdomen, de un cuello y su garganta con un grito asfixiado por la rapidez con que viajó entre ellos y ellas La Mors esa mañana terrible. Piernas sin dueño, manos que no volverían a palpar la piel del otro o la otra; insoslayable aprehensión de los recuerdos frente al insoportable olvido que vendría sin duda en unos meses, en unos años, en unos siglos galopando los dorsos de los que quedaban vivos.

Por la televisión de 80 pulgadas, y cuya maldita costumbre era encenderse automáticamente en cuanto las malas noticias del mundo se hacían presentes, emergió la primera efigie en slow motion de un aparato gigantesco fracturándose en el objetivo preestablecido con anticipación por el primer mandatario; todos lo sabían, pero nadie se atrevió a decirlo, ni ese día, ni nunca más como dijera el cuervo. Como repetición el segundo artefacto en el segundo blanco. Rachel abrió los ojos, iluminó los muros, pero la visión se nubló al distinguir en cada rincón de la habitación el hedor de sus presagios.

Un piélago de lágrimas mudas se deslizó por sus mejillas, por su pecho desnudo, llegó hasta su vientre sin poderse controlar, mojó sus piernas, sus costillas en las costillas de la muerte, la cubrió toda; bajó el agua entre los pliegues de sus sábanas húmedas, las ventanas cerradas impidieron la fuga, inundaron su cuarto ahogándola junto a sus últimas palabras que absolutamente nadie conoció.

El llanto es una extensión del mar, por eso, y sin que ningún ser humano lo haya notado aún, se está secando y reapareciendo en otras latitudes bajo otras formas de existencia líquida, sólida, gaseosa.

Por la tarde Flesh y el resto atravesaron las paredes, salieron sigilosos a la avenida principal, buscando un rincón oportuno por el cual escabullirse sin ser vistos a su destino final, notaron cuerpos que creyeron suyos; las cenizas estaban descendiendo, polvo eres y en polvo te convertirás. Eso tampoco es cierto.

Caminaron hasta el malecón donde el sol poniente les otorgó una visión espléndida; la primera en mucho tiempo, el mar en calma. Después de todo, lo que venía no parecía tan ignominioso. Se confirmó para ellos, los que marchaban delante y los que habían desfilado anteriormente, la sospecha de otro tiempo, de otra vida.

La figura de una mujer avanzaba lenta, sujetando a un pequeño de la mano como intentando con ello asir el provenir no tormentoso, nunca más doloroso.

Los que carcajeaban ahora sólo sonreían, gustosos de saberse liberados.

Llegaron los ancestros al recibimiento; ahí estaban los tatarabuelos, la primera generación que nos une y de la cual hemos surgido, de la cual se derivan nuestras sangres y nuestros nombres.

Flesh reconoció los rasgos de la parentela que se aproximaba en un bajel que tenía pintado en el frente su nombre, y el de sus abuelos y padres y demás ascendientes. Sentados también en la proa venían sus hijos; los que nunca tuvo. Rachel los abrazaba con ternura, ya sin temor.

Desde el atracadero todos flotaron hasta sus respectivos buques, soltando las velas dejaron que el viento soplara y los condujera por el océano hasta la cicatriz donde se enhebra éste con el cielo, y ahí empezaron a subir; ascensión sin retorno y sin voltear la vista atrás.

Millares de historias ilusorias se escribieron, se filmaron, se grabaron sobre la dermis, después de eso y entorno a eso; lo cierto es que aquel 11 de septiembre será un día que ni la ficción podrá borrar de nuestros lacerados corazones.

Juan José Herrera Pineda

Juan José Herrera Pineda produce y conduce el programa “Acontecer educativo” que se transmite de lunes a viernes a las 5 pm (hora del centro de México), por la 98.1 FM y en línea a través de la página www.hidalgo.gob.mx

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