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Celos
Abro mis ojos y veo a Gloria:
La gloria de mis sueños, la gloria de mi amor... de mi pasión,
de mi ternura y de mi tristeza. Ella yace aquí, a mi lado,
envuelta en sus sabanas blancas, que ya no son blancas porque perdió
su inocencia: la inocencia que yo le robe, que ella me entregó
en esta habitación, enredada en mis brazos. Con su desnudez
cálida y nítida calmó mi amargura. La contemplo...
es mía, me pertenece, me doy cuenta que perdió su porte
de niña y se hizo mujer, una mujer regia, completa y es toda
mía. Hace pocos segundos de eso, aun recuerdo ese mágico
momento, la calidez de su cuello, y sus ojos, que me imploraban..
¡Clemencia, clemencia, ten clemencia por favor! Gloria duerme
aún, no despierta. Cuando duerme, vuelve a ser mi niña
bonita, frágil, tímida, miedosa... quisiera despertarla,
pero no quiero interrumpir su descanso, mejor la sigo contemplando.
¿Qué estará soñando? ¿Por que no
me dice qué estará soñando? ¿Qué
es lo que guardas, Gloria? ¿Qué es lo que escondes?
¡Contesta! Me das miedo, cuando te sumerges en tus tinieblas,
cuando se pierde tu mirada y piensas, supieras y piensas. ¿Qué
es lo que me ocultas? ¡Despierta Gloria, quiero saber que sueñas!...
¡¿Es él?! Otra vez ese hombre al que respondes
qué no recuerdas su nombre. Dime la verdad, confiesa, dime
que no te cansas de invocarlo, de repetir su nombre en las noches
tres veces, tres veces para que te escuche y regrese a ti, mordiendo
tus antiguos sueños, donde te quedaste esperando con todo tu
amor y tu pasión encendidos. No lo has olvidado ¿verdad?
Y ahora sueñas con él, ¿cómo es que dices
que se llama? No, no respondes porque duermes y porque según
tu ya lo olvidaste. ¿Es por eso que cierras los ojos cuando
te beso y te acaricio? ¿Para hacer viva su imagen? Me transformas
en él cuando me abrazas y al abrir tus ojos lloras, porque
no es su rostro el que te acaricia las manos, es el mío. ¿Por
qué no despiertas de una buena vez para que me digas todo,
para que me cuentes que estas soñando? Digo, si es que estas
soñando... a ver Gloria, despierta para que me contestes esta
ultima pregunta... ¿los muertos también sueñan?
Cuéntame
un Cuento
-Dime, ¿qué sabes
hacer, niña?
-Contar cuentos.
-¿Cuentos? Eso no vale ni para un comino, pero si quieres te
doy una pieza de pan a cambio de uno de tus cuentos, porque soy muy
bondadoso.
-Me parece justo.
-Si no me gusta, no recibirás nada. ¡Empieza ya niña
no tengo tu tiempo!.
-Existía una princesa que nunca había salido de su palacio.
Una noche, decidió escaparse por la ventana. Cómo estaba
muy alta, fabricó con sus propias manos una ¡enoooorme!
cuerda con las sábanas y el edredón de su cama. Llegó
hasta la ciudad sin ser vista por la guardia real, caminó por
las callejuelas estrechas, maravillada con los colores, luces y olores
del pueblo. Entró a una de las tabernas -sin saber que allí
encontraría su desgracia- donde los obreros, mineros, cazadores,
caballeros, policías, viajeros, extranjeros, prostitutas, bailarinas,
brujas, duendes, demonios, locos, piratas o algún cantante
de rock, se relajaban después de arduas jornadas de trabajo,
días ajetreados, o largos viajes sin fin. Allí estaba
él, un hombre misterioso que la observó desde el instante
que apareció en la taberna. Supo que era una princesa, por
su vestimenta y las facciones de su rostro, aun conservaba las mejillas
rosadas y los labios de seda, insignia de la realeza. Le invitó
unos tragos, la sedujo son su lengua extranjera y su acento español.
La princesa se enamoró de sus bellos ojos color aceituna, brillantes
como un par de luceros. Le tomó la mano, y le siguió
hasta su humilde morada, ciega, sorda, muda, como presa de un hechizo.
Se dejó desnudar por primera vez, se dejó vestir con
la camisa de besos tibios y aliento mortal, se dejó llevar
por la música de su voz, y el sonido jadeante de sus respiraciones.
A la mañana siguiente, él partió junto con el
sol, no dijo adiós, solo se desvaneció. La pobre princesa
al verse tan desilusionada, triste, sola, deshonrada, y perdida, decidió
quitarse la vida. Se dio un tiro en la boca con una pistola que encontró
en un cajón olvidada por aquel hombre extraño, mas no
murió. Se lanzó por la ventana y cayó de cabeza
entre unas rocas viejas, pero nada. Se sumergió en la fuente
del pueblo por horas, y nada. Intentó quitarse la vida un día
entero, desde el amanecer hasta el ocaso, pero todos su intentos eran
en balde. Inventó las muertes mas violentas, las más
sencillas, y las mas extrañas, con pócimas y navajas,
pero nunca pasaba nada pues era inmortal, solo que ella lo ignoraba.
Cansada de tantos fracasos, partió hacia las montañas
donde conoció a un Elfo. El Elfo, era un joven muy apuesto
de apenas 340 años, astuto y muy diestro, de alma aventurera,
y corazón muy noble. Se encontraba afinando su puntería
con su arco de la luna, cuando la vio intentado por ultima vez quitarse
la vida. La princesa se desnudó por completo, ignorando que
el joven Elfo la espiaba, se tendió en el suelo, como carnada
de lobos y cerró sus ojos. El Elfo, que había visto
a las mujeres más bellas, las Ninfas más bonitas de
su tierra, las Ondinas más sensuales del bosque, nunca, jamas,
había visto semejante mujer como la que tenia allí delante
de sus ojos grises, curiosos, tan bella, tan perfecta, tan... ¿rara?.
La levantó del suelo, extrañado por su comportamiento.
La princesa comenzó a llorar. La estrechó en su pecho
y la cubrió con su capa de terciopelo azul rey. Ella le hizo
saber su deseo de morir, su trágica historia de cómo
había sido burlada, cómo un bastardo la había
deshonrado con mentiras y de cuanto amaba al ingrato. El Elfo, compadecido
por su llanto, le prometió un mundo nuevo, un hogar en el bosque
lleno de amor. Él, casi eterno, la haría feliz muchos
años y llenaría sus días con besos nuevos, caricias
tiernas, noches interminables de amor y pasión, pero si ella
aceptaba ser su mujer y amarlo con igual esmero. Partieron al bosque,
donde él vivía, planearon las nupcias lo mas pronto
posible. Las Ninfas tejieron el vestido más primoroso en todo
el bosque, fueron invitados todos los seres vivientes o no que habitaban
a los alrededores. Era la fiesta del siglo, con abundante comida y
vino, con música celestial y flores de todas las estaciones
del año adornando el cortejo. Estaba todo listo, los Elfos
afinaban sus arpas y flautas listos para la ceremonia, las Ondinas
tapizaban el suelo con pétalos de flores silvestres, tal como
la princesa había dispuesto, y el novio se encontraba en el
altar, aguardando nervioso la entrada triunfal de la novia. Cuando
al fin se encontraban los dos, frente a frente, jurándose amor
eterno, se escuchó el estrépito sonido de un disparo.
Era el barbajan que ya antes había engañado a la princesa.
Llegó montado en una Harley Davison con unos pantalones negros
ceñidos al cuerpo, con su camisa abierta completamente, mostrando
su pecho varonil, con su melena rizada, revuelta por el viento, con
su guitarra eléctrica montada en la espalda y la escopeta de
doble cañón en su mano derecha. De la moto, colgaban
algunos cadáveres de ardillas que había cazado por diversión.
–Ven cariño, vámonos a otro cuento, a vivir en
nuestra isla desierta, tu y yo-.
La princesa corrió entre la llovizna de flores, arremangándose
el edredón del vestido hasta las rodillas, mostrando los tenis
Niké que llevaba puestos -lista para correr si se arrepentía
a ultima hora-, jalando la coronita de azares que tenía en
la cabeza subió a la moto y ambos partieron, ensordeciendo
a los invitados con los truenos de la moto y cegándolos con
el humo negro fétido. El elfo petrificado por la escena, enmudeció
de tristeza y vergüenza Con el tiempo, poco a poco, perdió
el apetito, y las fuerzas hasta que un día, ya no se volvió
a mover. Fue el primer Elfo en morir a la corta edad de 340 años,
el doctor le diagnosticó: el corazon roto y tristeza crónica...
suicidio. Mientras tanto la princesa en un lugar muy lejos del bosque,
instalada en un hotel de quinta con el fenómeno de sus sueños,
fue feliz, dichosa y enloqueció a los pocos días de
amor, entre sabanas sucias, drogas, alcohol y rock n’ roll.
Una noche su amado extranjero, tomó su guitarra y la abandonó
a su suerte. Salió en busca de su verdadero Karma, se fue a
la India a meditar con los monjes, mientras le llegaba su inspiración
para su próximo hit musical. La princesa intentó suicidarse
de nuevo, mas como nunca pasaba nada, lo único que conseguía,
era aumentar su apetito. Completamente perdida y sola, en una tierra
lejana y extraña, comenzó a vagabundear por las calles,
haciendo trabajos exóticos por la noche y limpiando fondas
en el día. Una mañana llegó a un restaurante
Italiano, embriagada por el aroma a pasta y pan recién horneado
que emanaba desde el interior de la cocina. Se sentó en una
mesa, donde se encontraba sentado el chef, repasando el menú
del día, gritando como loco en su lengua natal. [camerieri
di merda, non fate mai le cose a destra, uno di attualmente, non aurete
un lavoro.] La miró y le preguntó en perfecto castellano.
-¿Qué quieres? El restaurante aún no abre. Regresa
más tarde.- La princesa dijo.-tengo hambre y no tengo dinero,
¿me podría dar un plato de comida? Le prometo que le
pagare de alguna manera. Y el Italiano contestó algo interesado
en el trato. -Dime, ¿qué sabes hacer, niña?-...
-Contar cuentos.
Iliana
González
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