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Cómplices Eran ya las dos de la madrugada cuando Irene invitó a Orlando a entrar a la biblioteca. “Sólo prométeme que serás discreto”, le dijo. Por supuesto, Orlando asintió, ansioso como un perro; la mirada de Irene dio vueltas por todo el salón y, cuando consideró que era prudente, envió a Orlando por el pasillo. Se habían conocido dos meses atrás, en otra fiesta. Un matrimonio. Orlando, ex compañero de estudios del novio, estaba completamente borracho y se había sentado sobre una mesa vacía al fondo del patio. Había llegado al estado en que se analizan las grandes verdades, cuando Irene se asomó, observó fugazmente a los presentes y volvió al interior de la casa. Desde entonces había quedado prendado. Varios días después,
durante la cena anual de caridad del centro, se procuró la
manera de conocerla apelando a sus múltiples contactos. Quiso
lucir ante ella su cargo en el banco y su amplia experiencia deportiva,
pero la verdad es que Irene no se sintió demasiado impresionada. Así que la noche de la fiesta en casa de las primas de Irene, Orlando era ya un persecutor implacable. Casi no pudo creerlo cuando Irene accedió al fin a sus requiebros y le convidó a un encuentro furtivo en la biblioteca, que a esas horas de la madrugada sería un ámbito solitario. Tendrían que ser movimientos rápidos —una biblioteca extraña, una casa extraña— pero fulminantes; tenía que dejar a Irene deseosa de un nuevo encuentro. Como tigre enjaulado en aquel desierto de anaqueles, Orlando no pudo mantenerse quieto durante los minutos de la espera. No tenía mayor interés en los libros, así que cuando Irene apareció él estaba mirándolos más por inercia que por cualquier otra cosa. La figura de Irene se mostraba imponente bajo el dintel de la puerta; a Orlando se le quedaron atragantadas algunas frases hechas que había guardado para ese momento. Irene caminó con firmeza hacia él, dejó su bolso sobre el escritorio y, a un paso de distancia, le extendió los brazos. Él, presa del desespero, supuso que Irene iba a abrazarle, y se sintió ridículo cuando ella juntó sus manos y empezó a arreglarle la corbata. “Un hombre elegante debe siempre cuidar estos detalles”, le dijo ella con una sonrisa de complicidad que serenó los nervios de Orlando. Irene jugó con tres o cuatro frases más y finalmente se acercó a Orlando en actitud de entrega, apoyando todo su cuerpo sobre él, en lúdico abrazo. Orlando sintió aquellas formas magníficas sobre su cuerpo y no pudo menos que imaginar desnuda esa perfección que se le estaba ofreciendo; no pudo ocultar su confusión cuando su lujuria se solidificó e Irene pretendió ignorar el hecho. Ella acercó sus labios a los de Orlando pero, a la manera del gato con el ratón, los alejó cuando él se disponía para el beso. Este juego continuó por un par de minutos. “No estés ansioso”, dijo ella al fin y se separó del cuerpo de Orlando, todavía confuso. Ella caminó hacia uno de los anaqueles, miró con atención los lomos de los libros y tomó uno. “¿Conoces este autor?”, le preguntó. Orlando no era un hombre culto, no tenía manera de conocer ese ni casi ningún otro autor. Ella evitó mostrarse decepcionada. “Lee esto”, dijo Irene abriendo el libro cerca de la mitad. Orlando —confusión mediante— vio en letras grandes la palabra “Cómplices” encabezando la página. “Léelo en voz alta”, insistió Irene. Orlando empezó a recitar con dificultad: “Eran ya las dos de la madrugada cuando Irene invitó a Orlando a entrar a la biblioteca”. No pudo comprender; supuso que todo era un juego inventado por ella. La miró; Irene sonreía y le instaba a seguir leyendo. El terror se adueñó de Orlando cuando volvió los ojos al libro. La línea que acababa de leer se había vuelto ininteligible y sus manos parecían haber sido rociadas con un puñado de letras. Buscó nuevamente la mirada de Irene esperando entender; soltó bruscamente el libro y cayó de rodillas. Sus pies habían sido consumidos por un hervidero de letras que bailaban una danza ritual sobre ellos. Cuando quiso extender sus brazos hacia Irene, clamando ayuda, pudo ver que ya no tenía manos y que en su lugar tenía oraciones enteras masticándolo afanosamente. Sus ojos todavía podían verla y su garganta todavía pudo exclamar largamente el nombre de Irene antes de desaparecer por completo. Irene limpió el alboroto devolviendo las letras al libro. Lo escondió en su bolso, abrió la puerta de la biblioteca y salió sin ser vista. No le fue difícil mezclarse entre la multitud. Horas después, ya en su casa, Irene abrió nuevamente el libro, aunque no en la misma página, sino en una de las páginas del principio, en la biografía del autor. Yo estaba fumando y ya sabía, por supuesto, lo que había ocurrido. El rostro de Irene, que escribí perfecto para ella, me dirigía desde el libro una impecable sonrisa de complicidad.
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