La evidencia

Cuando uno sufre impotencia, empieza dejando de disfrutar en la cama, y termina no disfrutando en ningún sitio, dejando de sentir emoción ni alegría por nada. En esas estábamos, cuando descubrí algo que, a pesar de esperado, no dejó de sorprenderme: un preservativo usado al lado de mi propia cama. Y por si hay algún lector despistado (pero que muy despistado), aclararle lo obvio: no era mío. Desde luego si de algo se podía acusar al amante de mi mujer, era de ser algo descuidado y guarro, a partes iguales. Se suele decir que el “cornudo” es el último en enterarse, a no ser, añadiría yo, que el amante rival sea un auténtico desastre, como parecía ser el caso. Lo cual hizo que yo me enterase seguramente el primero.

Pero, contra pronóstico, me lo tomé bastante bien; ya he dicho que la impotencia ha ido reduciendo drásticamente mi capacidad de sentir cualquier tipo de emoción, negativa o positiva. Así que reaccioné con mucha tranquilidad ante la supuesta tragedia que aquello suponía en mi matrimonio.

Cuando llegó a casa mi mujer le dije, tranquilamente, que hiciera el favor de tener más cuidado cuando trajese invitados a nuestra cama. Aquello le cayó encima como una bomba atómica, y empezó a balbucear idioteces, hasta que le aclaré que aquella “sandez venía a cuento de que” me había encontrado en el suelo ciertos restos desagradables de alguna actividad extramatrimonial poco respetable, se lo dije así, con estilo barroco, para ir reduciendo sus defensas, aunque sólo fuera por aturdimiento. Además, para colmo, aunque esto no se lo dije, el preservativo de marras era de un hortera color rojo. Recordé que las dos únicas veces que he usado preservativo de ese color ha sido con prostitutas (y porque eran los que facilitaba el club a sus “trabajadoras”), ahora no recuerdo si antes o después de casarme, pero no creo que dicho dato sea relevante para lo que estoy contando. El caso es que, aunque pueda parecer mentira, en esas dos ocasiones, el preservativo se rompió, aunque hasta donde yo sé, esa circunstancia no tuviera consecuencias ni en mi salud ni en mi posible contribución a la perpetuación de la especie humana.

–¿No vas a decirme nada?– me preguntó mi leal esposa, que parecía más indignada que yo.

–¿Qué quieres que te diga?

–Creí que dirías que soy una puta.

–No te mereces ni que te insulte. Y ahora déjame dormir, que mañana tengo que trabajar. Apaga la luz si no te importa.

Salió de la habitación pero sin apagar la luz. Tuve que apagarla yo mismo. Desde la cama escuché como ponía la televisión. Muy alta de volumen, como siempre, para joder.

Oscar Garisa
Zaragoza, España

Regresar Arriba
Inicio | Texto Sentido | Textos | Reseņas | Blogs

Entrevistas | Talleres | Noticias | Clasificados | E-mail | Arte en la Red