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Paracaídas Se ajustó el arnés y se dispuso a saltar. Para él era una rutina. Emocionante, pero rutina al fin y al cabo. No sabía que no iba a ser un salto más. No era consciente de que no iba a ser como siempre. Todo se ve muy distinto a 8000 pies de altura. Uno se siente muy pequeño, insignificante, pero a la vez poderoso. A esa altura afloran todas las contradicciones del ser humano, y a la par se halla una calma más perfecta que en ningún otro lugar. Uno es dios y a la vez nada. Había reflexionado mucho entre las nubes. Pero en los últimos tiempos era distinto. Volar le liberaba, se sentía más ligero, se sentía aliviado de los problemas que últimamente tenía en casa. Sentía que cada vez se distanciaba más de su esposa. No encontraba la causa. Él la amaba con locura, y sin embargo, era evidente que su mujer se mostraba cada vez más distante, como ausente. Allí, en el aire, trataba de aclarar sus ideas. Todo se veía más claro, aunque Eduardo no fuera consciente de que no lo suficiente. Saltó al vacío. A pesar de los cientos de veces que lo había hecho desde que ingresó en el ejército y decidió quedarse para formar parte de la Unidad de Paracaidistas, todavía notaba encabritarse el corazón en su jaula de incertidumbre. Y es que, por muchas medidas de seguridad de las que estén dotados los paracaídas, siempre queda un rescoldo de duda. Además está aquella sensación de caer al abismo, del salto sin red, de la brutal velocidad y la superficie terrestre, tan dura, tan cruel, al fondo, atrayéndote hacia ella con toda la fuerza de la gravedad a su favor, esperándote, fría y calculadora, con su sonrisa de muerte. Contó hasta diez. Lo hacía en inglés, el muy chuleta. Tiró del cordel. En seguida se percató de que algo fallaba. Sintió un vahído en el corazón. El paracaídas no se había abierto. Buscó la cuerda de emergencia. Nunca había tenido que recurrir a ella. Era el momento de hacerlo. Tiró, nervioso. Sintió un frío que le oprimía. Un frío que él asoció inmediatamente a una gélida y afilada guadaña acariciándole la espalda. En ese instante se dio cuenta de muchas cosas: aquel era su último salto, estaba siendo espectador de su propia muerte, hacia la que avanzaba sin remisión. No había salvación posible. Sabía que eran escasos los segundos que le restaban en este mundo. Quiso aprovecharlos al máximo. Quiso zanjar un asunto pendiente. Tenía que decirle lo mucho que la quería. Extrajo con cuidado el móvil del bolsillo superior del anorak, procurando que no se le escapase de la mano. Marcó el número de su mujer. Teléfono ocupado indicaba la pantalla. Sintió un dolor sordo en su interior. El tiempo se le escapaba y no había marcha atrás. El suelo se acercaba y con él el fin. No pudo contener el llanto. El viento, las lagrimas, el dolor de la ausencia y la soledad, y el anticipo de su inmediata partida hacia algún lugar ignoto aún, quizá la nada, quizá el limbo, quizá un infierno, y sólo quizá la gloria, se mezclaron en su rostro, transformado en pocos segundos por una mueca de desespero y demoledora angustia. Volvió a marcar, apretando los dientes con rabia y esperanza. Teléfono ocupado. Sabía perfectamente que la distancia al suelo eran los 6 segundos en los que le hubiera dicho “te quiero, perdóname por todo, sé feliz, yo estaré bien”. Se persignó, levantó la vista hacia el cielo implorando perdón, y cerró los ojos. Lo último que vio fue la sonrisa de ella, sus ojos de un azul marino, de un azul que de pronto lo inundó todo, que lo paralizó todo. Su mente quedó en azul, sus sentidos en azul, inertes ya. Acto seguido, un brutal impacto contra el suelo, y todos sus sueños saltaron hechos añicos por los aires, mientras su alma marchaba a algún lugar remoto. En ese mismo momento, a doscientos kilómetros de allí, en el preciso instante de la partida, una mujer llegaba al orgasmo mientras era embestida por su fogoso amante. Tras consumar la pasión y el engaño, encendió un cigarrillo. Mientras exhalaba lentamente el humo, su amante se incorporó de la cama para vestirse. - ¿Y
tu marido qué tal?- preguntó, sudoroso, mientras se
ponía el calzoncillo. |
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