![]() ![]() |
|||||
|
(Des)memorias I Si revisas las marcas que aparecen con el tiempo en las paredes, en la mesa, la escalera y los desvanes, encontrarás los signos que dan cuenta de los mitos, los hechos, las historias. Existe una memoria en la ceniza y en las migas de pan y en las heridas que guarda la madera. Así supe, por ejemplo, la historia de una aguja que se arrojó a un pajar para morirse, y la de aquella condenada a la ceguera para siempre porque tiene un camello atorado en el ojo. II En algún lugar se gestan cerrazones y tormentas que derivan al azar mientras escriben ruinas. La hierba roba unos metros al desierto. Nosotros recorremos las banquetas y las casas con una catástrofe creciéndonos por dentro. III Imagino los universos que habitan en la punta de un clavo, en el borde sinuoso de una uña. Imagino cataclismos y tormentas que dejan cicatrices imborrables en el filo sutil de una pestaña. Nuevos universos se construyen a fuerza de temblores y derrumbes. Mientras tanto, veo pasar las horas desde el vano y espero la húmeda caída de un beso que no llega. IV Recuerdo algunas tardes, como esta, en las que el viento atemperaba quemaduras e hinchaba el velamen de los barcos para evitar el naufragio. En ese tiempo los dragones no eran tan pequeños y buscaban, con decisión, el mejor de los reinos posibles. Sin embargo, se dieron cuenta que no hay otro lugar más deseable que un buen ojo de buey, protegido por una cornisa, en el invierno. Hoy son apenas del tamaño de una paloma y sólo buscan un alero abrigador cuando vienen las sombras. V Alguna vez te dije la historia de un poema escrito en la suela de un zapato. El poema funcionaba como vela y como ancla. Puedo decirte también que guardo, en el rincón más tibio de mi casa, un cementerio de poemas. Algunos murieron porque nunca llegó la mirada que pudiera salvarlos. Otros se quedaron sin voz o el desierto los transformó en silencio. Algunos se incendiaron con la luz de las farolas. Lo cierto es que todo poema nace para cumplir el destino inevitable de convertirse en epitafio. VI Escribimos para conversar, para sostener un diálogo con el otro, el no yo, el que deambula por distintos universos, el otro que invento y que me inventa. También con el otro que soy y que me observa recoger palabras en las antesalas y los basureros. Escribimos con el fin de fabricar espejos y convertir a la realidad abominable, en otra realidad abominable; en una red, intrincada, de reflejos. VII Las calles son un campo de batalla, una memoria que la espada del poder transforma en ruinas. Hoy, por ejemplo, pude ver la imagen ausente de Francisco Bocanegra y una tumba para sepultar olvidos; un sepulcro, para él, de honor. Nadie puede caminar dos veces por la misma calle. Una historia se agita en cada brizna de polvo, en cada gota perdida en los cristales, en cada parpadeo. La calle arrastra desenlaces, la huella del encuentro y de la pérdida, el drama de un dátil que se pudre. VIII Hoy encontré al cierzo que vagaba como un amante abandonado. Caminamos juntos un momento, indecisos, con el temor de toparnos con una tumba inesperada. Al llegar a la Plaza de armas el cierzo se volvió libélula y escapó, montado en un rayo de sol, hacia los universos que ocultan las campanas. Yo seguí, con mis pasos inciertos, dibujando algunos mapas en la arena, convencido de que jamás podré salir del espejismo. IX A veces pienso que ya te dije todo, que nada puedo afirmar más importante que un poco de agua prisionera en la clepsidra. Esto me pasa, es cierto, cuando el otoño abre las puertas a la helada y el sol es como una mariposa que se aleja. Me pasa un quince de diciembre, por ejemplo, cuando me asomo al horizonte y no veo más que dunas, relojes descompuestos y una tumba. X No hay más paraíso que el desierto. El viento sopla sobre las anémonas. Las dunas se pueblan de corales. Las arenas florecen y cada flor parece una promesa; pero es, en realidad, el disfraz con que se oculta el aguijón venenoso de la muerte. Así, el desierto es como un jardín que aguarda, silencioso, la llegada de su próxima víctima.
Una tarde mi biblioteca se llenó de insectos. Unos animalitos parecidos a gorgojos infestaron anaqueles y paredes. Rocié insecticida para eliminar la plaga, pero fue inútil, la proliferación de bichos no disminuyó, parecía un aquelarre de polilla la noche de San Juan. Limpié de polvo los cantos y lomos de los libros. Tomé al azar dos o tres ejemplares y los abrí para ver si descubría los nidos. Mi sorpresa fue grande, ante mi vista las letras se transformaban en gorgojos y los libros quedaron como cuadernos en blanco. Ante la inutilidad de las medidas tomadas, empecé a matarlos al viejo estilo de la abuela, como piojos, presionándolos entre las uñas. Los más difíciles de aniquilar, los más duros, eran los que correspondían a las eses y las aes. Después de mucho tiempo noté que la plaga menguaba. Enflaquecí por la descomunal tarea. Me vacié al mismo tiempo que cumplí con mi exterminio. Por fin tuve al último gorgojo entre mis uñas, dudé un poco antes de oprimir, pues sabía que tal vez matar a la última letra, transformada en insecto, era en realidad una forma de suicidio. XII La ciudad se cubrió con alas. Todas las personas estaban intrigadas. Los niños las recogían y confeccionaban con ellas una especie de colchones en los que jugaban complacidos. Primero pensamos que se trataba de alas de mariposas, devoradas por los pájaros, pero los entomólogos pronto refutaron nuestra suposición. Era tal cantidad de alas, tan rara su textura y su color, tan grande la variedad de tamaños, que no podía explicarse su presencia con base en los insectos conocidos. Algunos fenómenos extraños acompañaron la proliferación de alas: aumentaron la violencia y los suicidios; las iglesias y los campanarios se llenaron de grietas; algunos niños asesinaron a sus padres que dormían; de vez en cuando se oían desgarradores gritos; se incendiaron los parques y mercados; las noches se tornaron más oscuras. Todos abandonaron sus hogares, la ciudad se vació. Terminé vagando solo por una ciudad que se volvió ruinas. Las alas me dificultaron los pasos. Dediqué todo mi tiempo y los cada vez más escasos períodos de luz a investigar el fenómeno de las alas. Después de muchas lecturas, pesquisas y meditaciones, llegué a la única respuesta posible: por alguna razón, que no vislumbro, se murieron los ángeles. XIII Construyo extraños artefactos con palabras. Pretendo utilizarlos para encontrar con ellos la íntima razón de los dragones y la ruta exacta de la lluvia. Cada texto es una red, pequeña, para cazar absurdos, como un gato sin luna por ejemplo, una rosa que florece en invierno, una tumba transformada en útero, o un artefacto de palabras que nace ya en el cajón de las cosas olvidadas. XIV Algo pasa cuando el viento disipa cerrazones y en el suelo se dibujan las sombras de bestias invisibles: la soledad arrecia; siento el batir de las olas contra el malecón que protege a la ciudad de los embates terribles del desierto; la luz agita las hojas de los árboles. En esos días de polvo y pequeños huracanes, puedo decirte que habita un leviatán en cada casa y que aguardamos todos, sin saberlo, el toque fatal de las trompetas. XV Hay días en que salgo de mi casa y el barrio es de hielo, los árboles emiten una música de cristales que se rompen, el pasto se quiebra con el golpe del viento. Esos días no tengo más remedio que caminar solo por las calles, porque todos somos muñecos de nieve, ateridos, bajo la inútil bufanda que nos cubre, y andamos ciegos, en el filo de la espada, pensando que pronto llegará la primavera. |
|||||
| Inicio
| Texto Sentido | Textos
|
Reseņas
| Entrevistas | Talleres | Noticias | Clasificados | E-mail | Arte en la Red |
|||||