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El último higo
Recuerdo cuando llegué a vivir al barrio Tanque,
que era un suburbio; así de calles de tierra, terrenos baldíos,
y apenas alumbrado. Yo apenas tenía conciencia de las cosas,
y el lenguaje tenía un sabor nuevo para mí. Recuerdo
que llegamos, nos instalamos en nuestra casita, y alguien vino…
Mi madre fue a abrirle. Y resulta que era un anciano.
Hacía gestos muy simpáticos, tenía la cara llena
de arrugas, y los ojos tristes pero bondadosos. Todo esto lo supe
después, según mis recuerdos. Porque el mundo de las
palabras solamente me hizo pensar que era un viejo.
Así que era un viejo, pero hablaba raro, hablaba muy raro.
No se le entendía un ápice. Y, además de eso,
traía una fuente:
Una fuente llena de higos.
Cuando se fue, después de hacer varias reverencias a la vieja
usanza, empecé dele que dele con las preguntas a mi madre.
-Son higos, Nacho.
-Higos -repetía ella-. Fruta.
Le pregunté que porqué hablaba tan raro ese anciano.
Me explicó que era portugués.
Pero yo no me quedé conforme:
-Portugués, portugués, portugués -exclamaba mi
madre, como metiéndome en la cabeza aquella palabra, y con
una sonrisa.
-Que es de otro lado, Nacho, es de otro lado.
Me quedé con eso, y junté las dos palabras:
El viejo portugués…
Y, para mis primeros años, ese anciano, pues, sería
el viejo portugués.
Recuerdo que vivía en frente de nuestra casa. La suya era una
casa vieja, acuciada por la humedad, insultada por las tormentas,
pero que aguantaba la vejez y la decadencia de buen pie. El viejo
portugués solía estar en el pilar del gas, en su casa,
balanceando las piernas, mirando el barrio. Yo lo saludaba de buen
humor, y él me hacía fiestas cuando me veía.
Y me hablaba con ese lenguaje que a mí se me hacía tan
y tan raro: a mí en verdad me parecía que al tipo no
le salía bien el habla.
-No, Nacho, no -decía mi madre-. Es de otro lado, de otro lado.
De pronto, un día, con otros chicos, entramos a la casa del
viejo portugués. Y él nos atendía, haciéndonos
gestos, porque nadie le entendía esa parla que nos había
traído como del mar… Había una higuera, una higuera
enorme y nudosa al fondo; y el viejo se metió en la cocina,
y a todos nos dio caramelos. Pero yo miraba la higuera; la higuera
y sus frutos. Y era enorme, de veras que parecía una catedral
verde, así bien de grave y solemne; y donde te pusieras la
cosa daba su sombra; y por ahí, en esa parte de su jardín
interior, todo estaba oscuro, fresco, enigmático. El viejo
sonreía, sonreía mi curiosidad. Y entonces me alcanzó
un higo, y me hizo señas de que lo probara. Yo así lo
hice, y me gustó. Pero miré la fruta, y yo vi que era
la misma que nos había traído hacía unas semanas,
cuando llegamos al barrio. Mi madre me explicaría:
-Nos dio sus propios higos. Nos estaba dando la bienvenida, Nacho,
la bienvenida.
Le pregunté porqué, si él no nos conocía.
Yo no entendía nuestro merecimiento. Mi madre pensó
y pensó y pensó, pero nada se le ocurrió; y entonces
dijo sencillamente, y me lo dijo para el resto de mi vida:
-Porque lo hizo de corazón.
Mis relaciones con el viejo portugués no eran demasiado buenas;
y eso por el lenguaje, nada más que por el lenguaje. Porque
de en serio que parecía un viejo muy simpático, bonachón
y sencillo. Así que él, aunque chapurreaba el castellano,
se trataba con todos con un desaguisado de castizo alunfardado, criollo
campero, y su armazón básico de portugués de
Lisboa, mientras que yo apenas estaba entrando en los arcanos y templos
y surcos de la palabra, de mi propio idioma.
Como adivinarán, yo todavía no iba al colegio. Sin embargo,
como era despierto, algo sabía leer. Y un día, un día
maravilloso- y, lo recuerdo, el sol entraba por la ventana entreabierta,
como las luces de la ciencia-, mi padre trajo una caja, una caja misteriosa,
llena de enigmas. Y entonces la abrió, la abrió ante
mis ojos ansiosos. Sopló el polvo que se había juntado
dentro, y, como quien realiza un conjuro, dijo:
-Libros.
Él me explicó que eran para que supiera leer mejor.
Y era una enciclopedia, con libros de bonitas fotos e ilustraciones.
Y yo llené mi pobre cabecita de muchos sueños, durante
varias semanas, con esas ilustraciones, hasta que mi hermana mayor
decidió tomarme por su cuenta: ella me empezó a descifrar
esas palabras de los libros.
Un día lluvioso, de tormenta, no sé cómo llegamos
a la palabra muerte. Y mi hermana se puso seria, grave; y estaba pensando,
y la pensaba mucho.
-No es nada, Nacho -recuerdo que me dijo-. En realidad no es nada.
Pero yo me quedé como con hambre, y la palabra esa merodeaba
mi memoria y mi curiosidad y mi conciencia, una y otra vez, y yo le
estaba buscando el clima y el norte como en el ambiente de mi propia
casa: algo, algo ya debía saber de ella.
Así que le insistía a mi hermana; hasta que ella me
dijo, respecto a los que se mueren:
-Que se van, Nacho, pero no del todo.
Y luego de un silencio, me dijo esa frase, esa frase ominosa, tan
cargada de su ciencia y de su corazón:
-Que algo queda, Nacho, algo queda…
Me tuve que conformar con eso, me tuve que conformar con eso. Porque
la palabra muerte me andaba buscando, me andaba emboscando el corazón
en esos días.
Y no sé porqué pensé en ella, en esa palabra,
a los pocos días de la explicación de mi hermana; y
justamente al ver al viejo portugués.
Mi madre, aquella tarde -una tarde gris y ominosa-, le abrió
la puerta: el viejo traía su fuente de higos; siempre nos daba
higos, y a mí me gustaban mucho…
-No se hubiera molestado, Don José.
Sin embargo, como siempre, los higos quedaron en casa; y el corazón
del portugués, de Don Joao, como intentaba hacerse llamar él
pertinazmente, se quedaba así en esa casita, con su fuente
de higos, y a la que nosotros dejábamos en la máquina
de coser de mi madre. Y ahí yo agarraba los higos, uno tras
otro, y casi sin pensarlo.
Pero ese día pensé en la palabra, pensé en esa
palabra:
Muerte.
Yo lo vi al viejo, a Don José; le escruté todo ese aspecto
que parecía cargar encima. Tenía los ojos cansados,
la espalda corva, demasiado agachada, tenía señas como
de quien no anda muy bien plantado en este mundo, y el clima de esa
palabra, esa palabra que me remordía el alma y el corazón,
parecía abrazar a esa figura, como un aura.
A los dos días, una tarde gris, y que amenazaba lluvia, mi
padre, con gesto serio y grave y aciago, iba y venía del frente,
de la otra casa. Yo preguntaba con la mirada, digamos, pero nada me
decían. De puro nervio, yo agarraba los higos, los últimos
que nos había traído el viejo portugués…,
uno tras otro.
Hasta que por fin quedó uno solo; pero, por alguna razón,
no me animaba, no me animaba a comérmelo…
Entonces mi padre entró por última vez a casa, ya cerca
de la noche.
Él no dijo nada; nadie decía nada. Mi hermana me miraba,
parecía querer explicarme algo.
Entonces me animé, y, no sé porqué, pregunté
cómo estaba el viejo portugués.
Mi padre era seco, muy seco.
-No está más- me dijo.
Le pregunté que adónde se había ido.
Mi padre no dijo nada. Pero se suavizó un poco, y dijo:
-Se fue de la casa.
Yo estaba triste, y entonces pregunté porqué nos había
dejado.
Y mi padre contestó con esa sequedad; y su respuesta fue como
que me quedara también para siempre, y recorriéndome
todo el cuerpo:
-Porque se murió, Nacho.
La muerte es también, pienso, como el primer
amor: todo el resto de las muertes nos las tomamos según cómo
venga la primera, la primicia del asunto. Es como una especie de molde.
Y entonces otra vez esas palabras: muerte, murió, fallecer…
Mi hermana me las había merodeado, en sus lecciones, aunque
sin decirme nada especial sobre ellas. Pero yo me acordaba, sin embargo,
de eso que me había dicho ella:
-Que algo queda, Nacho, algo queda…
Y yo no entendía, no terminaba de entender. Así que
pensé, pensé y pensé; hasta que entonces me decidí,
aunque ya no tenía hambre.
Yo fui, entonces, hacia la máquina de coser.
Y en la máquina de coser ahí estaba, ahí estaba
nomás el último higo… Y también esa voz,
esa voz que me sigue soplando en la nuca. Que me acompaña en
todos estos años, recordando cómo al fin me comí
el higo como si fuera un símbolo; y de cómo lo probaba,
de cómo yo me lo metía en el cuerpo como si comiera
al fin todas las fuentes de higos que nos había traído
de corazón el viejo portugués; y yo con ese sabor, el
extraño sabor de aquellas palabras, las que el dolor me iba
murmurando mientras comía:
-Que algo queda, Nacho, algo queda…
Daniel
Gómez
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