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El coraje de llamarte Ángel Sentado, al oír la noticia, casi paralizado, me desvanezco sobre la banqueta de madera fría del vestuario, la transpiración de una hora y media de la clase aeróbica comenzó a mezclarse con mis lágrimas. -Esteban ¿te encuentras bien? Esteban. Las voces que me envolvían empezaban a confundirse con el murmullo del salpicar del agua contra el suelo de las duchas y se mezclaba con el sonido de tu voz, que no había oído hacía tanto tiempo. Te conocí en la inauguración de un club nocturno en Madrid, escondido en un rincón, bajo una palmera fenicia al costado de la gran escalera de mármol. Mientras los invitados entraban riéndose a carcajadas, solo sus sombras percibían tu presencia, tímida, casi apagada. Solo sus sombras, y yo. Tu sonrisa se reflejó en mi copa vacía desde el primer instante en que te vi. Si Apolo te hubiera visto en ese momento, hubieras pasado a sentarte junto a Jacinto, Acanto, Cipariso, y tantos otros serafines sobre el trono de los afortunados en compartir su gloria. Alto, con tus espaldas desafiando a la noche frívola y llena de lujurias, te apoyabas sobre una pared vacía de encantos. Solo tu estampa hacía de marco noble a ese instante. Tu rostro pálido, del color de los ángeles, sostenía tu sonrisa autentica, enmarcada por esos labios maduros e hinchados como frutas de una pintura de Bellini; sobre ellos, unos ojos rasgados, verdes como zafiros vírgenes, cómplices de infinitos sueños deseados por siglos de una eterna espera, me saludaban y convidaban con tu presencia. Todo ese sueño coronado por tu melena oscura, perdida en la noche, una maratón de bucles que competían entre si por un primer lugar sobre tu frente. Tu figura esbelta, dentro de un smoking negro no hacía más que traicionar tu timidez noble y sincera. Tu estampa era un reto a la pasividad de mis días como visitante en aquella ciudad, fiesta tras fiesta, inauguraciones, obras de teatro, reuniones de caridad, habían vaciado mi agenda de esperanza estampando solo un gran sello de aburrimiento y espantosa monotonía. Me quedaban solo tres días en Madrid. y apareciste allí, bajo una escalera de reyes y reinas, sosteniendo tu título de emperador de la noche, aclamado por tu belleza solitaria. Mágico, un momento simplemente, mágico. Con un escalofrío siniestro que sacude mi cuerpo desnudo, aun humedecido, te imagino en una de tus noches solitarias, llenas de miedo de niño. Apoyado contra una barra, sólo, acompañado de un trago que vuelca sobre ti su burla, le respondes distraído a un extraño con tu nombre y te confiesas en una charla frívola de amante solitario, te ríes festejando bromas que no entiendes y te llenan solo de vacío; a veces, la soledad nos engaña envolviéndonos con su aroma de flor marchita y nos envenena con su muerte. Caminando acompañado por un desconocido y una confianza inconsciente te diriges hacia una noche que se mofa de tu pena. Me acerqué lentamente, estudiándote, investigando tu historia. Al pasar un mesero con una bandeja de bebidas, alcancé a robarle dos copas repletas de champaña, una para ti y otra para nuestro encuentro. Me miraste a los ojos y suspendí la copa sobre tu sonrisa espontánea, la tomaste callado y después de alzarla en un brindis la llevaste a ese par de labios que me habían hechizado desde un principio. Como me ha pasado siempre, el destino me había premiado con un juego de ases en este nuevo partido, y no lo pensaba perder. Resultaste el hermano menor de un compañero de colegio y todavía me acordaba de haberte visto jugar en el patio durante algunos recreos, resultó también que íbamos al mismo parque a pasear a nuestros perros, dos veces te había visto con tu ovejero alemán y no te había olvidado. La vida nos había regalado infinitos momentos que pasando distraídos se habían esfumado ante nosotros y a pesar de todo, nos daba otra nueva oportunidad de leer entre líneas su eterna poesía. No creo que hayamos conversado más de media hora, no hacia falta mas charla, nos habíamos confesado todas nuestras experiencias vividas en algún otro tiempo, en algún otro espacio; lo sabíamos, lo sentíamos; tomando mi copa, la dejaste junto a la tuya sobre un escalón de mármol, junto a una serpentina ebria vencida en su caída, y mirándome sin miedo, me tomaste del brazo y con un guiño de ojo me indicaste la salida. Nos encontramos de repente caminando bajo los frondosos árboles del Paseo del pintor de los rosales -que pasaría a ser desde ese momento uno de mis favoritos- envueltos entre el aroma de azares y rosales iluminados por una luna mora que aún soñaba con las llaves de Granada, nos dejamos bañar por su luz plateada. Vendándome los ojos me guiaste pidiéndome que te tuviera confianza; al descubrirme la vista, Anubis me observaba vigilante, mientras Isis con sus alas desplegadas me daba la bienvenida. ¡El Templo de Debob! Siempre he sabido que el destino rige nuestras vidas, que todo pasa porque tiene que pasar, solo tenemos que aprender a observar a nuestro alrededor para apreciar lo que Dios nos regala en su magnánima sabiduría. Bajo la luz pálida de una antorcha te tomé por tu nuca y me desmaye contra tus labios en un beso, tímido, casi sin sabor al principio, para terminar venciendo una batalla regida por todas las deidades que nos observaban, llenando mi alma de un botín invalorable que guardaría en mi memoria para siempre: El haberte amado por solo un instante. Esa inolvidable noche sería el inicio de los mejores seis meses de mi vida. Mientras cubro mi rostro con espanto, mi toalla cae sobre un piso mojado y me quedo desnudo, con miedo, con el miedo de un amigo que lanza su mano en auxilio a un vacío oscuro y traicionero. Me siento mal, desesperado, tu chillido retumba en mis oídos, en mi cerebro, por todos mis músculos y me sacudo en un espasmo sintiéndote lejos, en universo desconocido. ¿Cómo es posible? ¿Dios, porqué?... De repente, sin esperártelo, sentiste que te faltaba el aire, como aquella vez que te habías caído de un caballo a todo galope; un golpe seco y duro que golpeaba tu pecho contra el suelo: una, dos, tres, cuatro. Comenzaste a contarlas, una tras otra, dieciséis puñaladas. -Ángel, Ángel, date prisa que se enfría el almuerzo. De repente oíste la tan dulce voz de tu abuela llamándote desde la puerta de la cocina, clavando la pala en uno de los surcos de la huerta y te sacaste el sudor de la frente mirando hacia el horizonte; había sido una buena mañana, productiva, las plantas de tomates iban a brotar a tiempo y los durazneros estaban mas cargados que nunca. Este era el mejor año que habían tenido en mucho tiempo, la cosecha sería buena. Cómo amabas la vida en el campo, al aire libre, sin los contratiempos de vivir en una ciudad como Buenos Aires, eras joven y tenías toda la vida por delante. Solamente con las tres últimas te diste cuenta de que era un cuchillo lo que se reflejaba contra el espejo de la cómoda. Tus ojos desorbitados se enfocaron en el techo que comenzaba a teñirse con la sombra de tu propia sangre. Por un instante, tu dolor desesperado se perdió en un grito agudo de agonía macabra, tus ojos vieron por primera vez la muerte, hasta que sin darte cuenta tu mirada quedó petrificada en la nada. Mi mirada hoy queda estampada en un recuerdo lejano; en largas caminatas bajo árboles que nos acompañaban con sus risas entre azares que vestían nuestras noches frescas de primavera masajeando con perfume nuestras espaldas, en dioses paganos que recibían gloriosos nuestras ofrendas, en besos que iluminaban nuestros momentos bajo estrellas plateadas. Mi mirada queda fija en tus ojos verdes que se despiden con una sonrisa tímida de niño solitario. Me levanto y sin fuerzas termino de vestirme, me abrigo con una bufanda de lana porque esta noche tengo frío, tengo mucho frío. Cierro mi bolso y salgo
de un vestuario vacío, soy el último en retirarse, antes
de cerrar la puerta me doy vuelta, y allí, sobre el piso indiferente
de baldosas mojadas veo derramada tu sonrisa. Franco
Casabal |
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