Cuentos

Último Recurso

Una tarde de septiembre, en el living del presidente, tres hombres y dos damas conversaban.

–En mi opinión –explicó el presidente– Eva Braun se merece la misma repugnancia que Hitler. La culpa hay que dividirla por dos: no hay perdón para ninguno.

El general bajó aprensivamente las cejas.

–Es injusto –dijo–. La mujer, aunque confidente y consejera, no tiene por qué soportar las consecuencias de las decisiones del marido.

Negando con la cabeza, el presidente agregó:

–Claro que sí. Y al revés también es necesario aplicar la idea. El proceder de la mujer es también el proceder de su hombre. Por eso Popea es obra de Nerón, y Nerón, de Popea.

El tercer hombre, un secretario del presidente, escuchaba con atención. Antes de que los hombres se despidieran, intervino:

–En tal caso, el hombre que abusa del poder ama más al poder que a su esposa. Y aquel que respeta las leyes ama más a su esposa que al poder.

Fue entonces que, mientras despedía a la mujer del general, habló la mujer del presidente.

–Puede suceder también, señores, que la mujer de la autoridad ame más su honor que al poder y que a su marido. No se olviden de ese detalle.

Pensativo, el general se incorporó, se alisó el uniforme y se despidió del presidente de la república.

El golpe de Estado, planeado para el amanecer siguiente, cuyo cabecilla era el general, ganó su fin en la frustración.

Unos, los más soñadores, dicen que el general amaba más a su mujer que al poder. Pero otros, los más pícaros, afirman que el general temía más a su mujer que a la contrarrevolución.

El Sueño y la Necesidad

Cuando era muchacho, tuve un sueño hermoso. Soñé que vivía en una casa enorme, llena de lujos. Era una casa conocida. Después de haberla soñado unas veces no tuve dudas de que se trataba de la casa de don Ismael Salvatierra, ubicada en las cercanías de la desembocadura del río Parlamento, a unos trescientos metros del mar.

Era la casa más grande y lujosa de Puerto Errázuriz. Le conté mi sueño de muchacho a mi madre, quien, para corroborar lo que decían mis palabras, fue a ver a una adivina. “Lo veo viviendo en una casona de ricos”, le dijo la mujer. “Es más, será en la casa de don Ismael Salvatierra”.

Fue así que mi madre pensó que yo tendría un porvenir dorado. Me crió con todos los cuidados, me vistió con la mejor ropa y me enseño los más delicados modales, creída de que yo me iba a casar con una de las hijas de don Ismael o que un golpe de la fortuna me iba a convertir de la noche a la mañana en millonario.

Con mi madre aguardamos a que el sueño se cumpliera. Nos sentíamos confiados, seguros de saber que el azar le concedía servidumbre a mi destino. Estábamos en ese estado de serena ventura cuando hace un cuarto de siglo sucedió un terremoto. Destruyó todo nuestro pueblito costero. El mar salió y se llevó las casitas de madera, entre ellas las de mis padres. La única casa que se salvó fue la de Ismael Salvatierra. El mar la arrastró río arriba, hasta un pedazo de playa. Allí quedó, llena de lodo, casi destruida y enterrada en la ribera.

Después del terremoto, los Salvatierra se fueron del pueblo. La casa quedó abandonada. Entonces yo, que me había quedado sin techo para vivir, me instalé en ella. Debo ser honesto: lo hice más por necesidad que por hacer realidad mi sueño.

Jorge Carrasco

Regresar Arriba
Inicio | Texto Sentido | Textos | Reseņas | Blogs

Entrevistas | Talleres | Noticias | Clasificados | E-mail | Arte en la Red