El de la lata azul

Ha perdido su olor. Se desvaneció con los días, en el encierro, con el olvido. Ahora, es sólo un leve esbozo que me recuerda lo que a través de su esencia ya no puedo percibir.

Hace tan solo cuatro meses, pasé por aquel inmenso palacio de las alergias. Afiches, estantes y más estantes; frascos cuya traslucidez tomaba vida al ser atravesados por las luces indirectas del neón. Juego de reflejos.

Sabía que no podía soportar mucho en aquella tienda. Cada paso que daba era un medidor de intensidad para mí nariz, desde su estado natural —a tono con mi palidez—, pasando por el leve escozor, hasta terminar roja, con las mucosas irritadas y congestionadas a millón. A pesar de esto, el esfuerzo valía la pena. La idea tonta de que buscaba una colonia para mí, cayó demolida por la aplastante lata azul que se afincó en mis ojos. Allí estaba, como pieza de museo, junto con las versiones: Rojo para las chicas, Celeste y Pink para los babys, sin olvidar la verde, por quien ni me preocupé en preguntar.

Identificarla no fue fácil, al principio, ignoraba por completo su nombre, su creador, su autenticidad u origen de copia barata. Me topé unas cuantas veces en la calle con aquel olor, y reaccionaba mirando desconcertada hacia todos lados. “¿De donde vienes?, ¿Dónde rayos estás?...”

Mi duda se despejó con aquella visita de Wilmer, lo sentí, lo percibí, le salté encima como sabueso buscando pistas. Acorralado, lo interrogué hasta que expulsara la más tranquilizadora de las respuestas: ”¡Hey, Hey!¿Que te pasa? ¡es solo B…J....!”

B…J…, ya lo tenía, ¡Al fin lo tenía!, el misterio y mi duda murieron de insofacto. Ya sabía quien era, y sabía donde buscarlo.

Nunca me atreví a preguntarle su nombre al dueño, a su primer portador que lo presentó ante mí, retando con genialidad letárgica mi olfato sensible; tal vez por que de plano creía, que aquél de la lata azul, era sencillamente él.

Se volatizaba fresco como la manzanilla y terminaba oliendo a mar, a miel, a algodón de azúcar, tierra húmeda, ropa lavada, bondad…

Como una droga me envolvió completa. Amarras invisibles que no dolían, pero que apretaban con fuerza. Brebaje que sabía tocar puertas y abrir almas, con ángel suficiente para esparcir escarcha con cada sonrisa. Los perturbadores túneles en sus ojos color caramelo selva, sin destino, brillantes metras transparentes. Era el abismo perfecto disfrazado de cielo soñado. Una inmensidad total y plena. Todo lo impregnaba con su presencia: las sillas, las computadoras, a los amigos, a los clientes. Pasó a formar parte de las paredes, de la decoración, de las preguntas, de las respuestas. Era totalmente bienvenido por todos… y todas…

No supuse —ni imaginé— el día que decidí ponerle la tapa al frasco. Aquel aroma no surcó más ese portal de vitrina enrejada y escritorios fríos. Los que entibiaban las sillas, notaron la ausencia en la sala, más no se atrevieron a preguntar, quizás porque la rigidez del tiempo pagado, no da respiro al torrente que circula desbocado por las venas de la red.

Se fue tras una de esas “fragancias” que acostumbran disfrazarse de amigas.

Mis ojos se abrieron y mi mente se nubló. Recibía a cachetadas el perfume de la lata azul, en cualquier sitio, a cualquier hora, sola o acompañada, sin venir de ninguna parte...

Quedó grabado en mi mente y en mis mucosas, hasta que pereció de causas naturales.

En mi perfumería, los papelitos de muestra, suelen ser más efímeros que la memoria, y menos resistentes al desgaste que un… Blue Jeans.


Milagro Carballo
milimilita@hotmail.com

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