|
Fin
del día
Al salir de la oficina, tomó el autobús para regresar
a casa. No se había sentido bien el día de hoy; su visión
estaba distorsionada, le parecía que miraba la realidad desde
otra dimensión, como si él no perteneciera a ella, y
los sonidos llegaban a su oído deformados por una distancia
insondable e inexistente. Le había sido imposible concentrarse
en el trabajo; ahora sólo quería ir a casa, cenar, darse
un baño y descansar. Hubiese querido tomar un taxi mas no contaba
con el dinero suficiente.
El sol terminó de caer. Ya no pensaba en la cena. Al llegar
a casa tomaría el baño y luego descansaría. Miró
el reloj que daba las seis con treinta minutos; las agujas le parecieron
inverosímiles, como si marcaran un vacío en el tiempo,
una hora que no existía. A través de la ventanilla de
cristal, vio el sueño de la ciudad interrumpido por las luces
artificiales, cerró los ojos y siguió imaginariamente
la ruta del autobús que ya conocía de memoria. Al cruzar
en una esquina, le pareció que el chofer tomó otro camino
y por eso abrió los ojos para orientarse. No. El chofer no
se había desviado, pero éste no es el camino a casa.
Levantó la cabeza por sobre los asientos tratando de mirar
al frente. No. Definitivamente no es el camino a casa. Miró
el rostro de la señora que iba sentada a su lado y el de los
otros pasajeros que la vista le alcanzó y tuvo la certidumbre
de que eran seres lejanos. Se bajó en la parada inmediata y
empezó a caminar con pasos angustiados en dirección
contraria a la que seguía el autobús, volviendo la vista
atrás una y otra vez. Sus pasos se apresuraron cada vez más
sin dejar de mirar un solo instante el camino que iba describiendo.
Al volver la vista al frente, se detuvo en seco. En zozobra, dio tres
pasos ciegos hacia atrás –uno de ellos traspié
con la calzada- y cayó en la acera con las uñas de la
mano izquierda clavadas sobre el corazón y una mirada de buey
asustado.
Caín
Río Caribe, Venezuela
|
|