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Cambio
de Pelambre
¿Cómo entran a casa si nadie les abre puerta? Fácil, unos saltan elegantemente al muro que rodea la construcción para aspaviento de ladrones. Caminan cual mises sobre aquél, evadiendo el ojo magnético de la alarma o el alambre electrificado del vecino. Otros, atraviesan las rejas del garaje que verticales para hacérsela difícil a un posible escalador son provocativas para cualquier animalejo de prudente tamaño He visto -sin ser vista- a un gato negro, muy saludable –para no decir gordo- pasar entre rejas maullando como si la redondez de los barrotes le acariciara y le produjera placer. Por una semana lo espié y detecté que se repetía en su acción y sentir. Como citado por su pareja acudía a la misma hora y se acariciaba con el mismo barrote. El idilio lo interrumpió una noche de aguacero que hizo perder el rastro de tan extraño amorío. Cuando los invasores ya están en el jardín, unos deciden ir a la terraza, otros a cobijarse propiamente en el hogar al cual entran atravesando las pérgolas ubicadas al lado de la puerta principal. No más ayer, descubrí el despojo de sus entrañas escondidas junto a las raíces de los lirios que están en la jardinera que topa con las pérgolas. La primera vez que vi a los animales en el hogar alcancé a tomar una escoba de ocasión. Corrí tras ellos pero su velocidad y tamaño les permitió escabullirse por pérgolas, rejas y muro. De todas maneras sentí alivio, pues no supe de ellos hasta meses después cuando comenzaron los olores y los finos hilos a invadir todo recinto que amanecía de puertas abiertas. Una noche vi a una familia completa sobre el sofá
de la terraza. Sofá, al que tarde había decidido cubrir
con un mantel viejo de cuadritos que se pretenden italianos.. Decía
lo de familia completa porque los gatos estaban ubicados uno al lado
del otro, ordenados por tamaño. Expectantes, parecían
esfinges poderosas sobre una Italia apenas imaginada por mí.
Entre ellos y yo, la puerta de vidrio de la sala. Todos mis movimientos
eran seguidos por ojos incrustados en piedras. Abrí lentamente
y sin hacer ruido la puerta. Pensé en ese momento que no tenía
nada en la mano para espantarles. La noche era clara y agua exorcizante
no había cerca. Tomé asiento en una de las poltronas
que está frente al sofá. Ningún miembro de la
familia se movió. Tal vez pasó un minuto. Diez ojos
sobre mí lograron aterrarme. De pronto, tomé un candelabro
de la mesa del centro, lo alcé amenazante y les grite en un
“corrido” cuanta palabra soez conocía. En ese momento
todos saltaron y se dispersaron a excepción del más
pequeño al que logré bajar luego de pegarle con un cojín
forrado de piel de culebra. A partir de esa noche, mis noches empeoraron. Cada tanto me acercaba al salón. Desde allí, encendía la luz de la terraza y comenzaba a amenazar. Convertí mis gestos en un ritual. Ya no importaba cuántos gatos estaban sobre el sofá. Siempre me topaba con alguno. Los integrantes de la familia crecían de tamaño así que la independencia se dejó sentir. No andaban en multitud, si acaso de dos en dos. A veces, los encontraba haciendo visita sobre los muebles de la sala y posicionados de su protagonismo al punto de que una noche, un gato desconocido -un nuevo intruso-, de pelambre gris profundo, me retó con garbo al saltar sobre la mesa del bar. Entre copa y copa que iba esquivando me dirigía su mirada como tentando a un bebedor. Finalmente, dio cierre a su función montándose sobre el pico de una botella gigante al que lamía con gusto mientras me miraba de reojo como queriendo decir que solo él tendría derecho a inaugurarla. Reconocer esa sugerencia fue lo que me llevó a comprender que ellos se acostumbraban a mí, mientras yo, les quería ahogar con mi odio, verles correr de miedo y les imaginaba muertos desangrándose en un basurero. La familia, la mía, comenzó a preocuparse por mi nocturnidad, por los olores y ciertas huellas en las escaleras; por las pelotitas de pelos en el jardín y cojines desgarrados. Hablé de los visitantes. Pero mi esposo sólo había visto en 10 años un gato negro en la entrada del barrio, mientras mis hijos se habían distraído una que otra vez con un lindo gatito blanco que por casualidad encontraron en el jardín de un vecino. Para ellos, no había por qué alarmarse. Una mañana, la duda les ofuscó al encontrar destrozada la torta de maíz horneada el día anterior y un camino de migas que llegaba hasta las pérgolas. ¡Una Rata! gritaron todos . ¡A colocar veneno y trampa para ratones! Y así fue. Familia en pleno, menos yo, se decidió por diferentes recetas para aniquilar a la asquerosa e invisible rata. El menú iba desde queso hasta pescadillas. Interrumpía la juerga. Les hablé de gatos. Hice una descripción de unos quince. Consideraron exagerados todos mis relatos de encuentro o visiones nocturnas en las que describía felinos sentados en el salón o en la terraza como si se tratase de una visita formal pero indeseable. El trabajo de aniquilar a la rata o a los ratones se mantuvo por dos semanas a razón de menú ínter diario. Llamé a los agentes municipales encargados de retirar animales sin dueño y peligrosos para la salud.. Les expliqué lo que sucedía en casa por las noches. Acostumbrados a escuchar todo tipo de inventos no me hicieron preguntas. Los agentes llegaron al barrio al día siguiente. Lo recorrieron desde las 8 de la mañana hasta las 6 de la tarde. Trabajaron tres turnos y de cuatro en cuatro. No lograron ubicar a un solo gato más sí, dos perros callejeros que se llevaron a la fuerza. Les colocaron bozal e introdujeron en una pequeña jaula que imagino era destinada a los felinos desamparados. La situación ha cambiado. He desarrollado una manía gatuna. El ritual es otro: por las noches bajo del segundo piso, recorro el comedor e inhalo profundamente. Desciendo al sótano tan sigilosa que nadie se percata. Maullo ante sombras que me invento pero que otros contestan y sólo yo escucho. Me acerco al salón. Me detengo frente a la puerta de cristal. Espero ansiosa ver algo sobre el sofá de la terraza. Palidecen los cuadritos de un mantel que se pretende italiano y que día a día se decolora. Sin embargo; presiento huellas, hendiduras de patas que han estado allí. Abandono la labor de ubicarles por sus finos hilos. Recorro los pasillos. Reviso la jardinera que está junto a las pérgolas. Voy a la cocina. Dejo un menú diferente de pasteles para cada noche de la semana. Amanecen intactos. Los visitantes no se dejan ver. Conocen mi horario.
Quizá, los menos habilidosos, han ido a morir a otro lado.
Sé que algunos pernotan en el jardín y huyen con la
lluvia, otros, tienen su rutina: vienen alimentados, duermen en mi
hogar, contestan mis maullidos y se convierten en palabras que recito.
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