Cambio de Pelambre


Terreno baldío por medio, una nueva construcción -hoy finalizada- dejó el remanente de fecundas gatas que junto a sus descendientes hacen de las suyas por las noches en mi casa e imagino que en alguna otra del barrio.

Desde hace días la alfombra persa del comedor despide un olor que llega a mi sien por ráfagas de acuerdo al tiempo. Es tan intenso que pensé en un "yo no fui" recurriendo al vinagre para esconder gotas de vino tinto derramado sobre alguna silla. Revisé con lupa los cojines de las diez que descansan sobre lana persa y descubrí hilos finos que coinciden con los de gatos. ¡Ellos cual comensal a la espera del festín! No arrojo un plural por mero gusto. Durante mis desvelos, mis ojos han topado con más de media docena. Esta imprecisión la justifico: nunca andan más de ocho pero las juntas varían. La parentela es extensa –lo digo por la diversidad de pelambre- y sus edades las cuento entre los tres años y los que todavía amamantan. Datables porque en el barrio apareció por primera vez una gata junto a la primera viga que se alzó en terreno por medio hace tres años.

¿Cómo entran a casa si nadie les abre puerta? Fácil, unos saltan elegantemente al muro que rodea la construcción para aspaviento de ladrones. Caminan cual mises sobre aquél, evadiendo el ojo magnético de la alarma o el alambre electrificado del vecino. Otros, atraviesan las rejas del garaje que verticales para hacérsela difícil a un posible escalador son provocativas para cualquier animalejo de prudente tamaño He visto -sin ser vista- a un gato negro, muy saludable –para no decir gordo- pasar entre rejas maullando como si la redondez de los barrotes le acariciara y le produjera placer. Por una semana lo espié y detecté que se repetía en su acción y sentir. Como citado por su pareja acudía a la misma hora y se acariciaba con el mismo barrote. El idilio lo interrumpió una noche de aguacero que hizo perder el rastro de tan extraño amorío.

Cuando los invasores ya están en el jardín, unos deciden ir a la terraza, otros a cobijarse propiamente en el hogar al cual entran atravesando las pérgolas ubicadas al lado de la puerta principal. No más ayer, descubrí el despojo de sus entrañas escondidas junto a las raíces de los lirios que están en la jardinera que topa con las pérgolas.

La primera vez que vi a los animales en el hogar alcancé a tomar una escoba de ocasión. Corrí tras ellos pero su velocidad y tamaño les permitió escabullirse por pérgolas, rejas y muro. De todas maneras sentí alivio, pues no supe de ellos hasta meses después cuando comenzaron los olores y los finos hilos a invadir todo recinto que amanecía de puertas abiertas.

Una noche vi a una familia completa sobre el sofá de la terraza. Sofá, al que tarde había decidido cubrir con un mantel viejo de cuadritos que se pretenden italianos.. Decía lo de familia completa porque los gatos estaban ubicados uno al lado del otro, ordenados por tamaño. Expectantes, parecían esfinges poderosas sobre una Italia apenas imaginada por mí. Entre ellos y yo, la puerta de vidrio de la sala. Todos mis movimientos eran seguidos por ojos incrustados en piedras. Abrí lentamente y sin hacer ruido la puerta. Pensé en ese momento que no tenía nada en la mano para espantarles. La noche era clara y agua exorcizante no había cerca. Tomé asiento en una de las poltronas que está frente al sofá. Ningún miembro de la familia se movió. Tal vez pasó un minuto. Diez ojos sobre mí lograron aterrarme. De pronto, tomé un candelabro de la mesa del centro, lo alcé amenazante y les grite en un “corrido” cuanta palabra soez conocía. En ese momento todos saltaron y se dispersaron a excepción del más pequeño al que logré bajar luego de pegarle con un cojín forrado de piel de culebra.
Candelabro, palabras y cojín se convirtieron en mis armas.

A partir de esa noche, mis noches empeoraron. Cada tanto me acercaba al salón. Desde allí, encendía la luz de la terraza y comenzaba a amenazar. Convertí mis gestos en un ritual. Ya no importaba cuántos gatos estaban sobre el sofá. Siempre me topaba con alguno. Los integrantes de la familia crecían de tamaño así que la independencia se dejó sentir. No andaban en multitud, si acaso de dos en dos. A veces, los encontraba haciendo visita sobre los muebles de la sala y posicionados de su protagonismo al punto de que una noche, un gato desconocido -un nuevo intruso-, de pelambre gris profundo, me retó con garbo al saltar sobre la mesa del bar. Entre copa y copa que iba esquivando me dirigía su mirada como tentando a un bebedor. Finalmente, dio cierre a su función montándose sobre el pico de una botella gigante al que lamía con gusto mientras me miraba de reojo como queriendo decir que solo él tendría derecho a inaugurarla. Reconocer esa sugerencia fue lo que me llevó a comprender que ellos se acostumbraban a mí, mientras yo, les quería ahogar con mi odio, verles correr de miedo y les imaginaba muertos desangrándose en un basurero.

La familia, la mía, comenzó a preocuparse por mi nocturnidad, por los olores y ciertas huellas en las escaleras; por las pelotitas de pelos en el jardín y cojines desgarrados. Hablé de los visitantes. Pero mi esposo sólo había visto en 10 años un gato negro en la entrada del barrio, mientras mis hijos se habían distraído una que otra vez con un lindo gatito blanco que por casualidad encontraron en el jardín de un vecino. Para ellos, no había por qué alarmarse.

Una mañana, la duda les ofuscó al encontrar destrozada la torta de maíz horneada el día anterior y un camino de migas que llegaba hasta las pérgolas. ¡Una Rata! gritaron todos . ¡A colocar veneno y trampa para ratones! Y así fue.

Familia en pleno, menos yo, se decidió por diferentes recetas para aniquilar a la asquerosa e invisible rata. El menú iba desde queso hasta pescadillas. Interrumpía la juerga. Les hablé de gatos. Hice una descripción de unos quince. Consideraron exagerados todos mis relatos de encuentro o visiones nocturnas en las que describía felinos sentados en el salón o en la terraza como si se tratase de una visita formal pero indeseable.

El trabajo de aniquilar a la rata o a los ratones se mantuvo por dos semanas a razón de menú ínter diario. Llamé a los agentes municipales encargados de retirar animales sin dueño y peligrosos para la salud.. Les expliqué lo que sucedía en casa por las noches. Acostumbrados a escuchar todo tipo de inventos no me hicieron preguntas. Los agentes llegaron al barrio al día siguiente. Lo recorrieron desde las 8 de la mañana hasta las 6 de la tarde. Trabajaron tres turnos y de cuatro en cuatro. No lograron ubicar a un solo gato más sí, dos perros callejeros que se llevaron a la fuerza. Les colocaron bozal e introdujeron en una pequeña jaula que imagino era destinada a los felinos desamparados.

La situación ha cambiado. He desarrollado una manía gatuna. El ritual es otro: por las noches bajo del segundo piso, recorro el comedor e inhalo profundamente. Desciendo al sótano tan sigilosa que nadie se percata. Maullo ante sombras que me invento pero que otros contestan y sólo yo escucho. Me acerco al salón. Me detengo frente a la puerta de cristal. Espero ansiosa ver algo sobre el sofá de la terraza. Palidecen los cuadritos de un mantel que se pretende italiano y que día a día se decolora. Sin embargo; presiento huellas, hendiduras de patas que han estado allí. Abandono la labor de ubicarles por sus finos hilos. Recorro los pasillos. Reviso la jardinera que está junto a las pérgolas. Voy a la cocina. Dejo un menú diferente de pasteles para cada noche de la semana. Amanecen intactos.

Los visitantes no se dejan ver. Conocen mi horario. Quizá, los menos habilidosos, han ido a morir a otro lado. Sé que algunos pernotan en el jardín y huyen con la lluvia, otros, tienen su rutina: vienen alimentados, duermen en mi hogar, contestan mis maullidos y se convierten en palabras que recito.
Yo los pienso. Ellos me conocen.

Blanca Arbeláez

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