Palabras del escritor español Enrique Vila-Matas
durante la ceremonia de entrega del Premio

Internacional de Novela "Rómulo Gallegos"


Página 2/2

Hago esa pregunta en el jardín de Madeira, si hay movimientos independentistas, hago esa pregunta absurda y descubro de golpe la trama y el personaje central de mi futura novela. Y yo continúo como si nada, sigo contemplando desde lo alto la belleza rotunda de la isla y me digo que viajaré lentamente hacia el trapecio sin red de la novela, muy lentamente, lucharé contra la máquina retórica del mundo actual, esa máquina que incita a la velocidad y al futuro y nos arrebata el presente, que es la única en el fondo vida verdadera en la que podemos realmente vivir y amar y ver y gozar. Siempre he sido un viajero lento, siempre he creído saber que escribir significa resistirse a una carrera mortal, iba a escribir una carrera de escritor nacional. He sido siempre el viajero más lento, y todo me ha ido llegando en su momento, y a veces me ha llegado tras azarosas deliberaciones de un jurado reunido en ultramar. Como escribe Victoria de Stefano en "El lugar del escritor": "Hay azares fruto de deliberaciones misteriosas que se resuelven en nuestra ignorancia y a nuestro favor". Siempre he sabido que escribir significa detenerse, demorarse, retroceder, deshacer; escribir para escribir, no para haber escrito y publicado.

Yo quiero aprovechar esta oportunidad de esta noche para hablarles como escritor con la voz de un individuo, de un pájaro solitario, con la voz de un hombre. No se ha cansado Xingjian de decir que un escritor no puede hablar como portavoz del pueblo o ser un himno o la voz de una clase social o de un movimiento artístico, porque en todos esos casos la literatura deja de ser literatura para convertirse en un simple instrumento de poder. Lo que dice Xingjian, gran admirador de Kafka, Pessoa y Beckett, es que un escritor sólo se representa a sí mismo y su voz es obviamente débil, pero es precisamente esa voz débil, personal, su voz de pájaro solitario, la que resulta más auténtica.

Pienso esta noche en la voz de un hombre solo que se llamaba llamado Kafka, y que admiraba a Strindberg, del que decía: "Esa rabia suya, esas páginas obtenidas a puñetazos". Y pienso esta noche en tantas páginas de Beckett o de Pessoa, obtenidas con los puños y cruzadas por el acero del dolor. El hecho de que Pessoa, Kafka y Beckett, paradigmas perfectos del pájaro de Caracas, recurriesen al lenguaje no respondía a una voluntad, por parte de ellos, de reformar el mundo, pero, pese a ser conscientes de la insignificancia del individuo, dejaron oír su voz, pues tal es, en definitiva, el duende del lenguaje.

Lo he comentado ya en otro lugar. Precisamente Adorno, que no compartía en modo alguno con el inefable Sartre ciertas teorías sobre literatura y compromiso, admiraba a Kafka y Beckett en quienes, tras modificar su célebre idea de que no es posible la poesía después de Auschwitz, veía la única tendencia interesante por la que podía deslizarse la literatura de aquel momento, que para mí es este mismo momento en el que digo y leo esto. La cualidad que Adorno distinguía en el arte de Kafka y Beckett se llamaba autonomía. Sabía que en ellos hablaba la voz de un hombre, y que esa voz incluía la humanidad entera. Literatura autónoma y, como he dicho antes, liberada del funcionalismo político. Canto suave de un pájaro en la madrugada, pero que nadie piense que la debilidad de esa voz singular se quedaba en pura debilidad. Todo lo contrario. En su debilidad está su fuerza. Si algo tiene de extraordinario la literatura es que es un espacio de libertad tan grande que permite todo tipo de contradicciones. Por ejemplo: en un mismo párrafo se puede creer y no creer en Dios. Me vienen a la memoria los relatos de Singer, donde se dan la mano la epifanía de la fe y la de la nada más radical y no es posible saber si Singer es o no creyente.

En la debilidad de esas voces singulares está su fuerza. Y que nadie ahora piense que su literatura era pura, o sea idéntica al arte por el arte, al arte vacío. Las voces de estos autores nunca se desentendieron del rumbo del mundo, pero no se comportaron respecto a éste como si quisieran aportarle respuestas. Lo suyo era un asfalto mojado por la lluvia, mirar cómo pasan los trenes y sentir el vuelo de un pájaro al viento con sus voces no serviles.

Y antes escribir era más fácil que ahora. No existía con tanta fuerza la reflexivilidad sobre el trabajo propio. Quizá todo comenzó con Flaubert y la manera como se maltrató él mismo escribiendo. Rousseau y Voltaire, en cambio, se lanzaron alegremente a escribir, a seguir adelante, a mejorar la sociedad, a ilustrar. Yo no siento la menor nostalgia de esos tiempos alegres. Encuentro un placer en seguir adelante sin las alegrías de Voltaire. Me divierte, además, amar a la tristeza. Cuando casi todo el mundo habla de tragedia y fracaso final de la literatura, yo hago proyectos. He llegado a imaginar una novela cuya estructura, cuyo esqueleto lo movería el ritmo de una rumba catalana cantada por un pájaro solitario en las Ramblas de Barcelona, y esa rumba sería extremadamente mestiza y acogería gran variedad de géneros. Puesto que la vida es un tejido continuo, la rumbera o rumbosa novela podría estar construida como un tapiz que se dispararía en muchas direcciones mezclando todo tipo de géneros literarios.

"¿Regresará Dios cuando su creación esté destruida?", se pregunta Elías Canetti. Yo no lo sé, pero soy tan optimista que creo que habrá escritores para contarlo. Hablando precisamente de Canetti, me acuerdo de un texto suyo, La profesión de escritor, en el que cuenta el estupor que le produjo la lectura de una nota suelta de un escritor anónimo, la nota llevaba la fecha del 23 de agosto de 1939, es decir, una semana antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, y el texto del escritor anónimo decía: "Ya no hay nada que hacer. Pero si de verdad fuera escritor, debería poder impedir la guerra".

¡Qué absurdo!, se dijo Canetti ¡Qué pretensiones! ¿Qué hubiera podido impedir un individuo solo? ¿Y por qué justamente un escritor? ¿Existe acaso reivindicación más alejada de la realidad? Canetti se dijo todo esto, pero durante días no paró de darle vueltas a la carta del escritor anónimo que quería para la guerra, a la carta de aquel pájaro solitario. Hasta que de pronto se dio cuenta de que el autor de aquella nota suelta tenía una profunda conciencia de las palabras, y entonces pasó Canetti de la indignación a la admiración. Se dio cuenta de que mientras haya gente, y hay, desde luego, más de uno que asuma esa responsabilidad por las palabras y las sienta con la máxima intensidad al reconocer un fracaso total, tendremos derecho a conservar una palabra, la palabra escritor, que ha designado siempre a los autores de las obras esenciales de la humanidad, esas obras sin las cuales no tendríamos conciencia de lo que realmente constituye dicha humanidad.

El orgullo del escritor de hoy tiene que consistir en enfrentarse a los emisarios de la nada, cada vez más numerosos en literatura, y combatirles a muerte para no dejar a la humanidad precisamente en manos de la muerte. En definitiva señoras y señores que a un escritor le podamos llamar escritor porque digan lo que digan, la escritura puede salvar al hombre. Hasta en lo imposible.

Transcrito por Nines Pérez-Luna

Regresar Arriba
Inicio | Texto Sentido | Textos | Reseñas | Blogs

Entrevistas | Talleres | Noticias | Clasificados | E-mail | Arte en la Red