Palabras del escritor español Enrique Vila-Matas
durante la ceremonia de entrega del Premio

Internacional de Novela "Rómulo Gallegos"

La noche del pasado 4 de agosto de 2001, una noche importante para las letras venezolanas, latinoamericanas y españolas, asistimos a una velada que constituyó una celebración a la literatura castellana. El escritor Enrique Vila-Matas, galardonado con el premio Rómulo Gallegos, disertó unas palabras que aseguró haber escrito luego de dos días de encierro. Unas palabras que a quienes tuvimos la fortuna de estar presentes para escucharlas nos movieron el alma, nos la sacudieron, hasta dejarla agotada, pero en éxtasis, luego del recorrido por las calles de aquellas ideas, por las empinadas subidas y vertiginosas bajadas de la maestría del arte de escritor de Enrique Vila-Matas. Unas palabras que liberaron las almas de los que allí sentados, inmóviles, escuchamos en silencio y con un gran respeto, una especie de declaración de guerra contra la pasividad de las plumas. Una suerte de invitación al cambio de la naturaleza humana, a través de las letras. Una invitación a empuñar los lápices para cambiar el mundo.

Nines Pérez-Luna


Me hubiera gustado estar menos solemne e incluso improvisar todo, jugarme una vez más todo mi prestigio de una sola tanda, pero lo que voy a hacer es leer algo que he preparado con mucho cariño e incluso me tuve que encerrar en casa durante dos días, dándole vueltas a lo que tenía que decir:

Lentamente vuelvo del aturdimiento de estos últimos días y me quedo recordando, entre ustedes, unas palabras de José Balza en "Un Orinoco fantasma": Lentamente–dice Balza– vuelvo del aturdimiento y descubro que estoy en una especie de sala inmensa, en ella se acumulan, por momentos, en orden, como capas gaseosas, los materiales del sueño. Estoy en el depósito de los sueños de todos.

Ahora estoy en una sala inmensa de Caracas en la que se acumulan los sueños de todos y yo me dispongo a contarles que en la madrugada del 18 de septiembre de 1993 visité Caracas por vez primera y llegué fatigado por el vuelo transoceánico, llegué muy cansado al hotel Ávila, y al entrar en el cuarto que daba al exuberante jardín, yo estaba convencido de que me quedaría dormido enseguida. Pero no fue así. Yo no sabía que iba a necesitar un período de adaptación antes de poder sentirme integrado en la nueva realidad que me acogía.

Al entrar en el cuarto y salir a la terraza, se disparó de pronto la alarma antirrobos de un coche. Su sonido era suave pero tenaz, divertido pero obsesivo. Me di cuenta de que, pese al cansancio acumulado, no me sería fácil dormir. Nervioso, insomne, di vueltas por el cuarto y luego salí al pasillo de aquella primera planta del hotel y anduve arriba y abajo largo rato. Fue terrible. Cuando regresé al cuarto, la alarma, como el dinosaurio de Monterroso, seguía allí. Llegué a plantearme si bajaba a recepción y les pedía que hicieran algo para silenciar aquella suave pero obsesiva, tenaz, alarma. Y de pronto, al salir una vez más desesperado a la terraza que daba al jardín, descubrí de pronto que no se trataba de la alarma de un coche, sino de un pájaro, de un pájaro tropical. Un pájaro tropical y solitario que cantaba en la madrugada de Caracas. Y saber que todo había sido una falsa alarma, saber que era un pájaro, un pájaro al que en ningún momento lo vi, pero quiero creer que era un pájaro, me tranquilizó tanto que poco después quedé feliz y profundamente dormido.

Y ese pájaro del hotel Avila me recuerda esta noche al pájaro solitario que protagoniza una novela magnífica titulada La danza del jaguar, un libro de Ednodio Quintero. Y también me recuerda esa cita de San Juan de la Cruz, poeta español, que encabeza ese libro y en la que el poeta habla de las cinco condiciones del pájaro solitario: Una: que va a lo más alto; dos: que no sufre compañía aunque sea de su naturaleza; tres: que pone el pico al aire; cuatro: que no tiene determinado color; cinco: que canta suavemente.

Y hay un segundo jardín y está en Coyoacán, en la ciudad de México. Y acudo a él en una noche parecida a ésta, y voy en compañía de mi amigo Christopher. Vamos a asistir a una lectura de poemas de William Carlos Williams a cargo de Octavio Paz. Se hace un gran silencio cuando comienza a leer el poeta, un silencio tan hondo que hasta puede oírse cómo avanza la noche. El primer poema que lee Octavio Paz es "Compañero del ave", que se diría —le digo bromeando a Christopher— se diría que me está evocando a mí en compañía de un pájaro solitario que entreví en una madrugada en Caracas. Pero hay bromas que se vuelven serias. Y el segundo poema que lee Octavio Paz es "Todos los días", parece insistir en ese recuerdo del Hotel Avila, lee Octavio Paz "Todos los días, al salir en busca del coche, / paso por un jardín…".

En cualquier caso, el poema decisivo aún está por llegar, el poema inolvidable llega cuando Octavio Paz lee "El descenso" de William Carlos Williams. Entre otras cosas, en "El descenso" se lee: "El descenso seduce / como sedujo el ascenso (…). Nunca la derrota es sólo derrota, pues / el mundo que abre es siempre un paraje / antes / insospechado. Un / mundo perdido, / un mundo insospechado, / despliega, seductor, nuevos parajes / y nunca es tan blanca la blancura (perdida) como / en el recuerdo".

Y en el origen de "El viaje vertical" está ese jardín de Coyoacán en el que, riendo de una manera infinitamente seria, evoco ese otro jardín, el de Caracas, poco antes de ir sin saberlo al encuentro de un mundo que había perdido, ese mundo insospechado que Paz despliega en la noche mexicana, despliega seductor, mostrándome nuevas vistas y parajes para un libro por venir, para un libro —desciende verticalmente en aquel momento tanto la idea como el motor de la futura novela— que hablará de la vejez, de las fascinantes perspectivas que pueden verse a la hora del descenso, del descenso en la vida.

Y hay un tercer jardín y se halla en la cumbre de una montaña de la isla portuguesa de Madeira. Y a esa isla portuguesa de Madeira acudo pocas semanas después de mi incursión en el jardín mexicano, acudo a Madeira con el motor y la idea de la futura novela, cuyo título provisional es "El descenso", y más tarde será "El viaje vertical", pero todavía–acudo a Madeira– sin la trama ni los personajes que se exigen desde siempre a cualquier novela, a cualquier depósito de los sueños de todos. Estoy en el jardín de la cumbre, en lo alto de Madeira, de la isla magnífica de Madeira, y desde allí contemplo la extraordinaria belleza de la isla. Y pasa un pájaro. Pasa como una exhalación. Y yo, sin duda impresionado por la gran belleza de la isla, le hago esta pregunta a la persona que me acompaña, una joven nacida en la isla de Madeira: le digo "¿Hay movimientos independentistas en Madeira?".

Es absurdo que haya preguntado esto. –me doy cuenta en seguida– ya en el mismo instante de formular la cuestión, me doy cuenta de que es muy raro que esa pregunta la haya hecho yo. Porque una pregunta de este estilo, realizada ante la constatación de la extraordinaria serenidad y belleza de la isla, habría sido mucho más lógico que la hubiera hecho, por ejemplo, mi padre. Mi padre que no está en esa isla, mi padre que está en Barcelona. Mi padre, que es nacionalista catalán. Mi padre, que hace años que se niega a viajar y en el que sin duda he pensado cuando he formulado la pregunta y sin darme cuenta me he hecho pasar por él —hasta creo que he imitado su voz—, movido posiblemente por el deseo de que estuviera aquí conmigo y, como yo, se sintiera conmovido por la belleza de la isla y comprendiera que es bueno viajar, que es bueno —como decía Pessoa— viajar y perder países, perderlos todos, perder tu propio país, perder hasta tu identidad o como mínimo, ironizar sobre el deseo maniático de identidad, volverse menos neurótico y aceptar el hecho de que la vida es siempre un mestizaje. Cada uno de nosotros tiene dos padres y no uno solo. Y además cuatro abuelos. Somos como en el título de la novela de José María Arguedas, un producto de "Todas las sangres".

Porque veo la vida como un mestizaje me fascina, por ejemplo, la música multiétnica de Manu Chao. Y a veces en conversaciones con los amigos enlazo la libertad mestiza de esos ritmos musicales con un posible futuro de la novela que, en mi opinión, será multirracial o no será, no será nada, sólo letra muerta, sólo un obsceno jugar —que diría Gombrowicz— a la grandeza y celebridad de un modo casero, "ese simpático", decía Gombrowicz , "ese simpático ruido casero, ese simpático ruido fabricado antaño por la condescendiente prensa y la inmadura crítica, ignorante de las verdaderas proporciones de los fenómenos, todo ese proceso de hinchar artificialmente a los candidatos al título de escritor nacional".

Hay que ir, me parece a mí, hacia una literatura acorde con el espíritu del tiempo, una literatura mixta, mestiza, donde los límites se confundan y la realidad pueda bailar en la frontera con lo ficticio, y el ritmo borre esa frontera. Y de un tiempo a esta parte, yo quiero ser extranjero siempre. En realidad, como Baterbly lo admite al final de su vida, no tener nada y ser extranjero siempre. De un tiempo a esta parte, creo que cada vez más la literatura trasciende las fronteras nacionales para hacer revelaciones profundas sobre la universalidad de la naturaleza humana.

Como dice el premio nobel de este año, Gao Xingjian, "la literatura trasciende la ideología, las fronteras nacionales y las conciencias raciales". Y ello se debe a que la condición existencial del hombre es superior a cualesquiera teorías o especulaciones sobre la vida. La literatura es una observación universal que abarca los dilemas de la existencia humana, y nada, nada, es tabú. Si algo lo es, se debe a que viene impuesto del exterior: la política, la sociedad, la ética y las costumbres pretenden recortar la fuerza singular de la escritura. Pero hay buenos motivos para el optimismo. La literatura no sólo no tiende a desaparecer sino que avanza con estimulantes conquistas de libertad. La novela, por ejemplo, no sólo no ha muerto sino que evoluciona de forma atractiva, cada vez descansa más en una sucesión de rebeliones y emancipaciones gracias a las cuales los escritores están logrando las condiciones de una literatura autónoma, pura, liberada del funcionalismo político.

Yo esta noche me siento como Urzidil, aquel amigo de Kafka que se declaró hinter-nacional, con "h", el que vive y existe detrás de las naciones. Amo a fondo a mi propio país, pero también me reconozco perteneciente a una unidad más grande que cualquier dimensión nacional. Porque la identidad, y puede comprobarse en El viaje vertical, es algo movible. En la unidad de la persona confluyen elementos varios, contradictorios, provisionales, fluctuantes. El individuo que se sabe múltiple —dice Claudio Magris— aprende así a sentirse huésped y no patrón de su propio mundo, de su propia identidad, un huésped a veces autorizado, a veces abusivo, pero ciertamente no más legítimo que los demás. Y sugiere Magris algo que me ha quedado tan grabado como el pájaro solitario del jardín de Caracas, sugiere algo en forma de pequeña terapia con respecto al racismo: "No estaría mal que se ensalzase una raza elegida y superior, destinada a dominar a los demás, con tal de que a todos, absolutamente a todos, se les negara pertenecer a la misma".

Vuelvo al tercer jardín de este discurso, vuelvo al jardín en la cumbre de la isla de Madeira, regreso al momento en que hago esa pregunta absurda sobre los movimientos independentistas, y descubro que con ella, la pregunta rara, me han llegado de pronto la trama y el personaje central de "El descenso" que luego se llamará "El viaje vertical", me doy cuenta de que ha de ser un nacionalista catalán de 77 años será expulsado de casa por su mujer, justo al día siguiente de haber celebrado las bodas de oro. El hombre abandonará su ciudad y emprenderá un viaje sin retorno, con descenso vertical y paulatino cambio de identidad que se inicia en Oporto, sigue en Lisboa, continúa en Madeira y acaba en el fondo del mar, en la Atlántida. Al fondo de lo desconocido, que decía Baudelaire, para encontrar lo nuevo.

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