|
El
todo y las partes
Existe una tendencia, al menos
histórica o hermenéutica, que rescinde con la totalización
o con la nominación “totalizante" los aspectos de
la percepción conceptual. En efecto, se extrapola la conciencia
al patrimonio de los hechos, de los hechos enquistados en un contexto
inamovible, unidireccional: la consideración de que únicamente
son hechos “totales” –decisivos- por ellos mismos,
condicionantes únicos de sí mismos. Se piensa –como
desde el positivismo de Wittgenstein-, no sin errores, que la conciencia
sólo es una facultad lingüística o que los conceptos
sólo comportan "terminaciones", y que éstos
operan como categorías independientes desde un “arriba”
o desde una "formación única" y no como partes
que integran otras.
Así, las categorías se conciben como entelequias o entidades
cerradas que "ostentan" plenitudes, círculos o estructuras
totales; pero las categorías no son precisamente contextos,
sino que se los atribuyen, aunque nunca se pueden atribuir, no, una
en concreto, un todo sin ser al mismo tiempo parte, por lo que ésa
no corresponde sólo a una totalidad atributiva, sino una canalización
objetiva –que bien diferencia- a efectos de un fin, de algo
que existe, de una categorización distributiva. Por ejemplo,
no se puede atribuir a un ser vivo nada sin antes o previamente distribuir
los seres en vivos y en no vivos y, una vez ahí, todo conocimiento
o todo efecto gnoseológico es posible. Digamos que una relación
de categorías deparan un contexto y que cualquier ser, cualquier
relación sujeto-objeto, ahí, se lo atribuye para que
sea viable un conocimiento: se percata de sus caracteres afines o
no a ese contexto (con ello se contrasta, se “compara”
el ser desde su contexto). Por lo tanto, no supone necesariamente
una categoría un “círculo de relaciones”,
pero varias categorías sí; porque vayamos al ejemplo
anterior: los seres vivos no pueden sólo encerrarse en la categoría
de “especie” que, por cierto, no expresa por sí
sola nada (pues únicamente es inherente una categoría
con respecto a otra) sino, además, en la de “género”
para que se comprenda una y otra (es decir, favorece a la existencia
una interacción). En cuanto a que un “círculo
de relaciones” ya lo es todo y se caería, así,
en el prejuicio predicho, o sea, un “círculo de relaciones”
impuesto como una total generalidad no categorizaría –“caracterizaría”-
nada y, en consecuencia, no formularía algún contexto.
Por otra parte está el concepto; esta unidad coherente de contenido
se referencia sin duda de las categorías dentro de su contexto
–o las que se adviertan- vinculándose a unas en particular
para definir, resaltar, un aspecto u objeto, el cual se quiere diferenciar
objetivamente de los demás –señalarlo como existencia-.
Conceptuar, en suma, es diferenciar y, cuando se consigue el concepto
“más diferenciador” de algo con respecto al resto
de lo que existe es no menos que objetivo; pero la mayoría
de ellos son inherentes al mismo conocimiento primario: al interactivo
orgánicamente, al instinto y a la intuición. Todo ser
vivo sabe –lo tiene “conceptuado”- con quien ha
de procrear –no lo hará, pues, con una piedra-.
En el conocimiento intelectivo el ser humano amplía sus conocimientos
conceptuando aún más con el riesgo de cometer errores
al inventarse conceptos irreales y al no cuidar suficientemente el
proceso cognoscitivo de los más difíciles: los de otros
contextos más amplios o ajenos a él.
Enfrente a estas aclaraciones siempre es muy necesario el retornar
a lo que podríamos llamar las “bases” de nuestros
criterios o de nuestras ideas, las cuales luego se formalizan en conceptos;
es decir, las categorías.
Las más conocidas nos vienen
de Aristóteles y de Kant. Pues bien, mientras Aristóteles
propugnaba un cierto realismo con ellas –asentándolas
de una forma estable, fija o doctrinaria- Kant las apoyaba desde algo
que trasciende –proceso que deriva desde un “a priori”
con un “mandato categórico” permitiendo con el
tiempo que las ideas trasciendan-. Para uno son bases constatables
en la realidad, que dicen realidad –no juzgan o no denotan afirmaciones
o negaciones-, digamos que clasifican (las clases en Aristóteles
a modo de predicación aristotélica son uniádicas
distributivas); para otro, trascienden por medio de las "ideas"
desde una esencialidad –porque lo trascendental implica forzosamente
esa orientación a partir de una esencialidad-.
Sin embargo, las categorías sólo se rigen prescindiendo
de cualquier principio, pues únicamente prevalecen con la misma
“continuidad” de lo real; en efecto, no trasciende el
concepto o la categoría siempre y a secas, sino con lo que
ha producido o comportado ya se adapta a lo “nuevo” real:
un concepto puede desaparecer en un nuevo contexto o su interacción
con otros en ese nuevo contexto determina otro –debido a la
continuidad- y a atender, esto es, a otro que lo identifique. Las
categorías, en fin, no transmiten una esencialidad unívoca
o inamovible, más bien se conectan a su nuevo contexto, al
que distribuyen y... por modos de acción.
Bueno, hay quienes quieren –o
lo han hecho- distinguir las “figuras de los predicables”
–que hacen una identificación entre S y P- de las categorías
–o “figuras de la cópula” que hacen una afirmación
de existencia-; empero, en la continuidad tanto la operación
como los resultados semánticos de toda operación conservan
su carácter continuo –modular-, adaptándose o
vinculándose a su nuevo contexto –al que distribuyen
y, por tanto, se atribuyen a él-. Las categorías no
aparecen en la predicación –no existe una iniciación
tal ahí-; mejor van asociando –diferenciando- una parte
del contexto con otra que... predican cuando lo hagan.
Por último, si se concibe la categoría desde un principio
de las categorías, claro está, eso conduciría
a una equivocación, pues se instalaría ese principio
en una "totalidad" y, precisamente, con esa totalidad independiente:
originaria (por el “dator formarum”). No obstante, la
categoría –que no es inamovible- sólo es un acompañante
metódico a la vez que semántico, es decir, un procedimiento
que signa –y por ello orienta- lo que distingue –porque
lo ha distribuido primero con una modulación de lo que va resultando
y transcurriendo, y con respecto a lo que es y no es algo, o atiende
a modos de acción en un mismo contexto.
José
Repiso Moyano
|
|