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La
Mirada tras el Conocimiento Un conocimiento no depende de una mirada, sino de que exista primordialmente aquello hacia donde va la mirada. Una vez de que se percata una existencia, es decir, queda demostrada fundamentalmente por leyes físicas, entonces se distingue, se le buscan sus diferencias, sus capacidades propias; y no precisamente eso es el atribuirle matices que equivale a mirarla, sino más bien es el detectarle virtudes de acción que equivale a comprobarla, a verificarla, a confirmarla con su condición propia en un contexto real. Pero analicemos la mirada más o menos subjetiva: Cuando una persona mira un cuadro, en realidad, ahí lo menos que ella hace es mirar puesto que, tan pronto como mira o incluso antes del acto de mirar –en cuanto que ella ha ido a encontrar un cuadro o al ambiente donde puede encontrarlo (*), en cuanto que el conocimiento busca realidad-, ya sabe que hay allí un cuadro, ya sabe lo mínimo necesario de cómo se pinta un cuadro, ya sabe de algunos modelos o estilos de estética, ya recuerda o evoca o se “instala” en unas emociones en concreto a la primera impresión que le ofrece el cuadro, ya imagina su autor, o sea, en definitiva es evidente de que recurre a mucho de lo que sabía –al “a priori”- mientras lo está mirando; por lo que esto deduce sobremanera que el mirar es una contrastación de lo que sabemos, una utilización, un uso bien o mal, más eficaz o menos eficaz, del conocimiento. Ciertamente, el ser humano ya lleva su capacidad de pensamiento antes de mirar, y el mirar puede o no ayudar al conocimiento en función del potencial mismo de esa capacidad. Por ejemplo, un buen arquitecto sabe cuáles son los elementos imprescindibles de cualquier casa y, antes de ver alguna, sabe que los tiene, en mejor o peor calidad, pero los tiene. En realidad, cuando mira alguna, ese mirar le ayudará a advertir ciertas mejorías o de cómo podrían ser eficazmente aplicados sus registros de conocimiento fundados, sobre todo, en leyes físicas de la arquitectura. Cuando una persona mira a otra no mira su mirada, sino miran sus conocimientos y, claro, muchos de ellos son en verdad exactos a los que los demás poseen; por lo que no son propios, individuales, descubiertos o atribuibles a un imaginario punto, sino son generales o comunes en un contexto real, digamos: para todos. Cuando una persona mira a otra, que no la mira asimismo, sabe entre otras cosas que tiene que alimentarse y, de tal manera objetiva, que es indiscutible: es un organismo vivo que por el simple hecho demostrado de respirar lleva oxígeno a todas sus células y… se alimenta. No obstante, aquí cabe la contra-demostración a esta evidencia, al menos la osadía o la locura del intentar demostrar que no respira, algo que equivaldría a decir que una persona puede perfectamente vivir con las vías respiratorias tapadas –la piel, la boca y la nariz- al igual que alguno también pretendiese demostrar que un coche puede funcionar sin ningún tipo de energía o que un burro puede llegar a la velocidad de la luz. Eso está bien como locura, ¡ah!, pero si en este contexto eso no es así ni existe con la más mínima evidencia, pues no existe. “Tal cosa no es así”
dice el conocimiento trascendido a muchas opiniones, no es así
sencillamente porque no existe –no es real- ni siquiera con
una mínima –o con la “infinita” parte de
ese mínimo- prueba o pequeña evidencia o indicio razonable.
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