La oscura claridad del áspero lirismo

Nuestra terca e insobornable vocación melancólica se aúna a la honda sensibilidad poética de poetas que viven más allá de la estival calidez de esta desgarrada geografía inasible que nos habita entre el relámpago del Catatumbo y el fluvescente fluir acuático de los espejos móviles. Nos acaba de llegar a nuestras manos una pequeña reliquia ideada-imaginada y concebida por la escritora marabina María Cristina Solaeche intitulada “Poemas Ásperos y Oscuros” bajo el esmerado cuidado de la autora y la meticulosa labor editorial de los Talleres Gráficos de Ediciones Astro Data. Maracaibo, Septiembre de 2005. 109 páginas.

¿Quiés María Cristina Solaeche Galera? Venezolana, hija de padres españoles. Realizó sus estudios primarios en el mítico Colegio “Gran Colombia” y sus estudios de bachillerato en el Colegio La Presentación. Se graduó de Licenciada en Educación y luego de Magíster en Educación Superior y Magíster en Matemática Pura en la Universidad del Zulia, donde laboró como Docente titular en Pre y Postgrado. Conoce más de cuarenta países y ha nutrido su vasto caudal cultural científico y humanístico absorbiendo críticamente los universales de las civilizaciones que ha conocido a lo largo de las décadas que signan su prolífica existencia como poeta. Actualmente es miembro activo de la Casa de la Poesía del Zulia y de la Peña Literaria “César David Rincón”.
Entre sus publicaciones de índole literarias destacan: “Omar Khayyam: Las matemáticas, La Nada, El Vino y La Amada”, “Amor… asoma” en la Antología Verano Encantado del Centro de Estudios Poéticos de Madrid (2002), “Un Amor de Miel y Ajenjo” (EDILUZ, 2003), “Poemas” Revista Paradoja. Año 2, N° 5, West Virginia. EE.UU), Semifinalista en el I Concurso Internacional de Poemas “Poemas en verso” (Querétaro, México, 2005) y en trámites de publicación “Cien instrumentos folkclóricos venezolanos”, en coautoría con el Prof. Víctor Vega.

Este libro de Solaeche, “Poemas Ásperos y Oscuros” viene acompañado de dos excelsitudes insoslayables, a saber: un enjundioso y penetrante Prólogo del Dr. Camilo Balza Donatti donde se advierte una discreta filiación lírica de la cosmovisión poética de la autora con los signos errantes de la poética que enunció nuestro gran poeta Luis Enrique Mármol. La otra joya artística que convierte este libro en singular objeto artístico es el novenario de estallantes festividades visuales de extraordinaria belleza elaboradas por María Pilar Solaeche Galera.

Ratifico con todas sus letras lo dicho en la contraportada de este libro: “ He aquí una voz profundamente desgarrada por la indescriptibilidad del dolor, se trata de una voz poética signada por la desmesura doliente, por la herida insalvable de la pérdida ontológica, por el amor indescriptible de la otredad, es decir, la mismidad que se busca reconocer en la alteridad de su contradictoria complementariedad.

Nada está dicho a medias en este poemario. Cada verso es una búsqueda afanosa del Absoluto como epifanía de un lenguaje lírico que aspira la redención del ser por la palabra y la imagen poética. “Es en el poema donde la palabra es Dios”. La voz lírica del actante poético que transita los ateridos y desolados parajes de una existencia signada por la lugubrez y el fatum del catastrofismo apocalíptico de lo inevitable. La ausencia fulminante y definitiva, el universo clausurado de la vida, postulan en este libro una antigua melancolía que evoca prometeicamente lo que los griegos conocen con el nombre de apocatástasis; esto es, la reconciliación del ser con el cosmos a través del poema”.

La poesía reunida en este libro es un hondo palpitar extraído de los abismos insondables de quien viene de regreso del reino del padecimiento, del silencio adolorido; del amor descuartizado, hecho jirones por la implacabilidad de lo inevitable. ¡Cuánto entiendo la poesía vertida en este centenar de páginas! Sólo que no poseo el don expresivo para decir lo que siente (vive y padece) la escritora en moldes versificados tan exactos, tan redondos, diáfanos y prístinamente dichos con la música alada con que lo dice la poeta.

En cierta ocasión dijo Kandinsky que el amarillo era el color de la locura y los cuadros arrebatadamente delirantes que orlan con ufano orgullo este hermosísimo poemario dan cuenta de el lúcido estado de desequilibrio de la razón cuando la autora de las obras de arte que ilustran este bello libro accede al umbral donde el observador no sabe en qué lugar se encuentra pero tiene la certeza de estar en un topos (una dimensión) estético cercano al edénico esplendor de la razón otra. Un caballo amarillo sobre un fondo rojo-oscuro es suficiente para cerciorarnos de los alcances propositivos de la artista que ilustra este libro excepcional por su hondura, por su fascinante belleza.

Como lector de poesía –de esa condición me envanezco- percibo en este libro inconmensurables constelaciones sensitivas de un alma y un temperamento que sufre lo indecible (porque lo vive en su íntima carnadura espiritual) esa “insoportable levedad del ser” al decir de Milán Kundera. Comprendo a la poeta porque padezco su misma “enfermedad”: la insobornable lucidez de la razón alucinada que todo lo pasa por el tamiz de la imagen verbal, de la música de alas capaz de inventar un universo alterno al empíricamente registrable por nuestros sentidos domesticados gracias a la narcótica fuerza milenaria de la animal costumbre a través de la cultura y su eterno fluir
heraclíteo. En las vívidas e intensas (por apasionadas) páginas de este Vademécum del amor adolorido el matiz que implícitamente signa toda auténtica expresión artística es elevada a la santidad sacramental que distingue y por ello mismo enaltece a la especie humana en su incesante deriva cósmica: el verso, la frase autónoma de perturbador lirismo que se justifica en sí misma, porque sí, como un telos (fin) que no tiene sentido fuera de su propio registro estético. Enhorabuena adviene este poemario de Solaeche Galera a colocar su humilde pero sustantiva contribución para darle perfiles más
humanos (hecce homo) al fascinante e indetenible proceso de hominización poética en el que los seres humanos del tercer milenio nos hemos embarcado. En esa nave va la autora, en ella me reconozco y, quizás usted, hipotético lector que lee estas emocionadas líneas.

Rafael Rattia

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