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Poética
del Ajenjo, miel y poesía
Sobre el libro “Un
amor de miel y ajenjo”, de María Cristina Solaeche. Editorial
de la Universidad del Zulia, noviembre 2003, 110 páginas.
Un libro de poesía puede
producir en la sensibilidad del lector estados beatíficos,
la lectura de un poemario puede hacernos vislumbrar un singular estado
de gracia del cual, una vez sumidos en él, no querríamos
salir así como así.
A estas alturas de mi vida de lector ya no tengo la más mínima
idea de cuántos libros he leído; lo único cierto
que tengo es que son legión.
Ahora tengo entre mis manos un libro raro, en verdad extraño.
Se trata de Un amor de miel y ajenjo de la Profesora
universitaria y escritora María Cristina Solaeche. Ciertamente,
dispongo de muy poca información sobre la autora por tanto
me voy a ceñir estrictamente al libro en tanto objeto estético;
hablaré sobre su cauda literaria, sus rasgos artísticos,
su naturaleza poética; en fin, me detendré en los poemas
que integran este centenar de páginas que hablan del anhelo,
de la vehemencia apasionada de un alma sensitiva que se atreve a verter
en la página un torrente de emociones y sentimientos singularìsimos.
Esta aventura del espíritu se inicia con un paratexto del autor
del Fausto: Dos almas moran en mi pecho, ambas forcejean.
Desde tiempos inmemoriales el alma de la especie sapiens es una intrincada
dialéctica irresoluble: en nosotros, en usted y en mí,
habita el cielo y el infierno como dijo Albert Camus. Debo comenzar
celebrando el acierto semàntico del título de este libro.
La miel y el ajenjo, amonedados en una increíble fusión
imaginativa, emotiva, sensitiva. El amor es placer y dolor, es goce
y sufrimiento. Como dijo Baudelaire en Les Fleurs du Mal,
en el amor se es la herida y el puñal. El libro está
organizado en forma de pentàlogo. Son cinco cuadernillos y
cada uno está refrendado por un escritor que ya sabe de su
eternidad. Vladimir Nabokov, Jacinto Benavente, Petrarca, Kahlil Gibràn,
Alfonse Donatien. Los aforismos que a modo de frontispicio rotulan
cada sección del libro son de antología.
Advierto en estos textos poéticos una loable voluntad y una
esmerada vocación por alcanzar la esperada tesitura verbal
que exigir debe el poema.
El verso vuèlvese frenesí incontrolado, ansias de una
subjetividad iluminada por los extravíos del sentido. Me atrevería
a decir que hay una poesía sustentada en el movimiento. Noto
una dialògica del azar y la necesidad en estos textos de María
Cristina Solaeche.
Hay bocetos magníficos de poemas que quieren narrar una historia
pero prevalece la nítida imagen por ejemplo de un intensísimo
amor que movió cimientos y estremeció certezas. La palabra
poética en esta autora es vehículo socio-simbólico
que posibilita la recuperación de un tiempo que se niega a
fenecer del todo. El lector siente que está ante una escritura
vivificante. La palabra palpita en la sensibilidad de quien lee estos
poemas.
Poesía intuitiva, poesía del presentimiento se nos va
revelando a lo largo de este centenar de páginas de amor y
despedida. Textos impregnados de una nostalgia espesa que se adhiere
a nosotros como un líquido vital ineludible. Textos de olvido
que evitan caer en ese peligroso estado catatònico cuando no
olvidamos lo necesario para continuar la andadura insomne de nuestras
vidas. Mucho silencio, mucha añoranza y especialmente una melancolía
determinada por un no sé qué, una compleja madeja de
sentimientos vertebrados por esta enigmática prosa poética.
Observe, lea el lector esta pequeña joya literaria:
Hay campanas tañendo
En el portal del tiempo
Únicamente por la magnificencia
del Haikù japonés puede lograr decirse algo tan magistral
como esto. Me quedo prendado a los fulgores metafóricos de
esa poesía de las tinieblas, esa poesía de la sombra:
hay una cierta nervadura léxica que me subyuga y sumerge en
estados extáticos. La penumbra es abordada por esta escritora
de una forma terriblemente bella. Asombrosa libertad expresiva que
rompe moldes desborda este libro. Me atrapa y me solazo en expresiones
como estas:
Murmullo de palabras inconclusas
Bosque imaginado
Poblado
De nidos
De veranos
Y
Canela.
Un dulce y discreto erotismo se
insinúa en versos como estos:
Amante
Abre la puerta de tu ser
(…)
quebremos el ritmo de los pasos
dancemos en nuestro propio paso.
Lo que me seduce de esta escritura
de María Cristina Solaeche es su dominio de la elipsis; esa
capacidad metaforizadota que trueca en poesía el hondo palpitar
de la existencia. Con singular naturalidad el poema se va explicitando
sin perder su encanto poético, su atracción artística.
La logique du coeur como gusta llamarla a los franceses instaura
otro orden, otro registro de sensibilidad. El sentimiento posee en
estos poemas su propia racionalidad.
Finalmente, quiero testimoniar aquí mi admiración por
las insustituibles ilustraciones realizadas por Jaime de Albarracìn.
Con ellas el libro se complementa en una verdadera reliquia artística
que despierta en nosotros ternura, admiración y gozo estético,
que no es poca cosa en estos días áridos que signan
este presente aciago.
Rafael
Rattia
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