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El
hombre: un verbo vivo
“Sólo es próximo lo de adentro, todo lo demás
es lontano”.
Rainer María Rilke
Vivimos en la urgencia sin percatarnos
de algo: vivimos hasta donde llegan nuestros sentidos, nociones y
creencias. El tiempo no marca nuestra existencia. Lo que realmente
la determina es la intensidad. Vivir intensamente es percatarse de
cada pormenor de la existencia sin pretender interpretarla, es sentir
gozo con sólo transformar la rutina en nueva experiencia. Vivir
intensamente es ahondar en nosotros mismos, expresar con lucidez esa
experiencia.
El hombre de esta sociedad vive preocupado por bienes tangibles, desatendiendo
valores que aumentarían su felicidad y su poder. Uno de estos
valores es el lenguaje, que, lamentablemente, no forma parte de sus
intereses. Si nos detenemos a reflexionar cuan importante es aprender
el uso correcto de la lengua: la precisión, la claridad, la
buena dicción, la entonación; entonces nos daremos cuenta
de que quien sabe usar correctamente las palabras, tiene mayores posibilidades
de lograr una exitosa comunicación. “Defender nuestra
lengua es defender nuestro espíritu” expresó Karl
Kraus. Hago esta reflexión, porque asistí en meses pasados
a un seminario de la Facultad de Arquitectura de una prestigiosa institución,
y percibí con asombro y preocupación la pobreza de lenguaje
de algunos profesionales que asistieron en calidad de ponentes al
evento. Esta lamentable situación denota la importancia del
lenguaje, pues un trabajo de investigación pierde gran parte
de su valor cuando quien lo expone no se expresa en forma clara y
precisa. El lenguaje es el vehículo a través del cual
expresamos nuestro pensamiento, nuestro sentir, todo lo que somos,
y su desconocimiento nos limita en todo sentido. “La lengua
nos constituye, sin ella estaríamos incompletos”. La
lengua es nuestra armazón y es, además, la matriz de
la cultura. Un pueblo es lo que es gracias a la lengua. Este lugar
común hace falta recordarlo mil veces, mucho más, si
nos percatamos de que el gran ausente en la lista de carencias de
nuestro pueblo, que elabora el gobierno de turno, es el lenguaje.
Ustedes se preguntarán: ¿cómo hacemos, si nunca
nos enseñaron a escribir? Se le dedicó mayor atención
a la gramática y nos exigieron memorizar los verbos en todos
sus tiempos, los adverbios, los artículos y las preposiciones,
pero no nos enseñaron a usarlos correctamente. Tampoco nos
llamaron la atención sobre el uso y abuso de las muletillas
–este, entonces, bueno...-. Lamentablemente, es cierto. He defendido
que la mejor forma de enseñar el lenguaje es mediante la lectura
de autores reconocidos de trayectoria nacional o internacional. Nuestro
mayor recurso es la literatura. A través de ella recibimos
una lengua fresca, limpia, llena de vida, precisa y clara, y es el
lector quien recibe este tesoro lleno de bondades. Es por ello, que
el lenguaje de la persona que lee tiene un atractivo, una señal
inconfundible.
Se ha hecho una costumbre, todavía más penosa, hablar
con exceso de malas palabras, que ocupan el lugar de los sinónimos,
y que sólo denotan la pobreza de nuestro vocabulario; y un
medio cultural deprimido.
No puedo permanecer indiferente o inmóvil ante dos cosas: por
un lado, al evidente y doloroso “libertinaje lingüístico”
de nuestros días, y, por el otro, al empobrecimiento de nuestro
principal medio de expresión. Es necesario luchar contra las
ambigüedades, el uso frecuente de palabras extranjeras; la jerga
juvenil, procedente del hampa; el uso excesivo de groserías;
las fórmulas establecidas, que revelan nuestra escasa originalidad.
El hombre que se expresa como lo hace la masa no tiene lenguaje, porque
es absolutamente servil a las ideas o iniciativas ajenas. Por el contrario,
el hombre que lee se hace conciente del uso de las palabras, y resiste
los embates de la manipulación. El lector, además, tiene
el mayor de todos los poderes: el conocimiento.
Beatriz
Pineda de Sansone
Licenciada en Letras
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