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El
planeta de la infancia La experiencia humana se conforma, básicamente, a través de vínculos y de interacción. El despliegue de la actividad subjetiva que conlleva a la transformación de nuestra experiencia en un espacio de múltiples dimensiones se recrea de manera especial en las obras literarias, porque ellas recogen las paradojas de la experiencia humana, el espacio cognitivo en el cual el individuo construye su entorno social y natural, por un lado; y, la formación individual en la medida en que interactúa con el medio ambiente natural y social, por el otro. La historia narrada en el celebrado cuento de Antoine de Saint-Exupèry titulado “El Principito” constituye un recuento autobiográfico: a la edad de seis años, aproximadamente, Exupèry perdió a su padre y se convirtió en un niño taciturno que tomó gusto por la soledad. El narrador declara en la parte II de la obra: “así he transcurrido mi vida solo, sin nadie con quien hablar...”. La visión fantasmal, el producto de esa soledad tiene mucho que enseñar a pequeños y grandes. Ese niño que se presenta, improvisadamente, en el desierto constituye una parte del sí mismo del narrador-piloto que tuvo la fortuna de encontrar; un eslabón del planeta de su infancia, que se sitúa en la edad de seis años y que se hubiese podido olvidar y perder, como suele ocurrir a los adultos. Por eso la dedicatoria bien expresa: “Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor...”. Exactamente como el narrador de la obra, Saint-Exupèry fue piloto de profesión. Lo fue en la época gloriosa de la aviación, cuando volar sobre uno de aquellos aparatos constituía un magnífico desafío. De civil, Exupèry trabajó para “Aeropostal” transportando el correo de la gente. En 1935 su avión tuvo, realmente, una grave avería. Se encontraba en pleno desierto del Sahara, pero fue descubierto y salvado, milagrosamente, por los indígenas, cuando estaba ya casi muerto de sed. Los múltiples encuentros que se suscitan en la obra constituyen un tremendo ejemplo de interacción y despliegue de actividades subjetivas que conllevan a la transformación de la experiencia, tanto del “Principito” como del narrador y del resto de los personajes de la obra. Por razones obvias, en esta oportunidad, referiré sólo aquellos que mayor impacto me causaron. El encuentro del “Principito” con el narrador, en el capítulo IV, nos deja una importante reflexión que puede servir de modelo para operar la transformación de nuestra experiencia: “Lo esencial es invisible a los ojos”, expresa el narrador, porque para el pequeño niño lo más importante del ser humano tiene que ver con su subjetividad, con aquello que no vemos, y poco con el aspecto material. El texto indica que sólo los niños saben mirar lo que es verdaderamente importante. Esa razón, expresa el narrador, explica que cuando los adultos nos encontramos con un nuevo amigo nunca prestamos atención al tono de su voz, ni le preguntamos por cosas esenciales, como juegos preferidos, pasatiempos. Así decimos que una persona es rica cuando tiene mucho dinero, y no cuando tiene talento y capacidades. En la edición de Tascabili Bompiani, 2004, el narrador refiere: “La prueba de que el pequeño príncipe ha existido está en el hecho de que era bellísimo, de que reía y quería un cordero. Querer un cordero es la prueba de que existe (...)”. El capitulo XXI recrea sabiamente el encuentro del “Principito” con el zorro: “Tú hasta ahora, para mí, no eres más que un niño igual a cien mil niños, expresa el zorro. Y no necesito de tí. Tampoco tú necesitas de mí... Pero si tú me domesticas, nosotros tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo y yo seré para tí único en el mundo (...) (...) si tú me domesticas, mi vida se iluminará. Conoceré un rumor de pasos diferentes. Los otros pasos me hacen ocultar bajo tierra, los tuyos, me harán salir de mi guarida como música (...) Los campos de grano no me recuerdan nada (...) Pero tú tienes los cabellos de color oro (...). El grano que es dorado, me hará pensar en tí. Amaré el rumor del viento entre los granos (...) No se conocen las cosas que no se han domesticado. (...)”. En el primer ejemplo el despliegue de la acción subjetiva del “Principito” enseñó al piloto que “lo esencial es invisible a los ojos”; luego, debemos trabajar más la parte subjetiva, prestarle mayor atención, y, en el segundo, el zorro enriqueció de forma notable al “Principito”, quien terminó comprendiendo, no sólo, el valor de la única flor que poseía, sino también, que ella lo había domesticado, por lo tanto, aunque parecida a cien mil flores, era única. Beatriz
Pineda de Sansone |
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