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La
aventura de las metamorfosis Yo soy
el mago que enseña la gloria… La posesión de un nombre es, y ha sido, desde tiempo inmemorial, el privilegio de todo ser humano. En la Odisea leemos: “Nadie, ya sea de baja o elevada condición, está sin nombre una vez que ha venido al mundo”. Los nombres ha expresado Ullman desempeñan un papel tan importante en las relaciones humanas que, con frecuencia, son dotados de poderes mágicos y rodeados de elaboradas supersticiones y tabúes. Citaré el ejemplo de los masais de Àfrica, entre los cuales el nombre de una persona muerta nunca se menciona, y si ocurre que una palabra ordinaria suena de modo parecido a ese nombre, tendrá que ser reemplazada. Semejantes supersticiones no se limitan en manera alguna a las sociedades tribales. El nombre está tan estrechamente identificado con su poseedor que pronto llegó a representar su reputación, buena o mala. En el siglo II a. de J.C. el gramático Dionisio el Tracio resumió la diferencia entre el nombre propio y el común en los siguientes términos: “Un nombre es una parte declinable de la oración que significa un cuerpo o una actividad, un cuerpo como piedra y una actividad como educación, y que puede usarse tanto comúnmente como individualmente”. Será común el nombre “caballo”, “hombre”, e individual el nombre “Ramón”. El mismo escritor define el nombre propio como “aquel que significa un ser individual, tal como “Homero”, “Sócrates”. Cuando me pregunto por la diversidad de los nombres comunes con los cuales suele identificarse el poeta venezolano Ramón Palomares pienso en el criterio famoso adelantado por John Stuart Mill sobre la función “denotativa” de los nombres propios en oposición al valor “connotativo” de los nombres comunes. “Los nombres propios, expresa, no son connotativos, denotan a los individuos que son llamados por ellos, pero no indican ni implican ningún atributo como pertenecientes a estos individuos”. El sentido de los nombres dados a los objetos comunican alguna información, tienen algún sentido, y este sentido no reside en lo que denotan, sino en lo que connotan. Los únicos nombres de objetos que no connotan nada son los nombres propios, tampoco tienen ninguna significación. Su función específica es identificar no significar. Cuando Palomares se autodenomina con distintos nombres, todos comunes, esta connotando, primero, su hastío, su aburrimiento, su forma de ser, lo cual traduce una rebeldía ontológica; y segundo, reitera, una vez más, su infinitud, la extensión de su alcance. Semánticamente, el cambio de un nombre propio a una palabra ordinaria implica una gran ampliación o extensión de su alcance. La obra de Palomares está marcada por las huellas de su búsqueda, de allí su rebeldía ontológica, la cual provoca una fertilidad secreta, una manera específica de un poeta particular de transformar estilísticamente su realidad social en la que prevalecía una auténtica guerrilla poética. Ludovico Silva ha opinado sobre la disonancia ontológica de la poesía venezolana de los años sesenta en la cual se halla una desgarradura tanto humana como estilística, es decir una separación dramática entre la vida íntima del poema y la vida externa del poeta, entre idea y realidad. La aventura de las metamorfosis advertida por Jesús, en los textos de las Sagradas Escrituras (Evangelios según San Juan), es acusada por el poeta Palomares cuando expresa en textos como “El Viajero”: Si no se conoce mi nombre/ me llamo el viajero,/ el que no alcanza a ser la flor trinitaria. Al producirse la aventura de las metamorfosis, como dirián Deleuze y Guattari, Palomares está realizando un desplazamiento en el tiempo, una “desterritorialización” del tipo de ser tradicional, liberándose de las cadenas de la existencia cotidiana. Al hacerlo proliferan sus conexiones, pasa a otras intensidades para multiplicarse o para preparar una rebelión que hace huir a la nueva forma siguiendo nuevos caminos. Así se expresa el poeta: Yo el Dragón partiré al encuentro del mundo (Alegres Provincias). Yo soy el que toca la noche, ya te dije que me vuelvo árbol entre relámpagos (Muerte. Paisano). Yo soy una baraja que brilla (Baile. Paisano). Yo soy el mago que enseña la gloria. Beatriz Pineda de Sansone |
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