Volver a la narración

A través de una larga experiencia en la narración oral de cuentos he constatado, no sin asombro, la importancia de este oficio para la educación, pero la responsabilidad de cumplir con rigurosos programas de estudio elaborados a gran distancia de los nuevos interlocutores –los niños-, supone el olvido de nuestras vivencias, de nuestra sensibilidad y de nuestra iniciativa.

Desde la época de Hegel nos hemos percatado, cada vez más, de que la conciencia humana evoluciona, es decir, cada vez más, el ser humano presta mayor atención a su interior. Tenemos un agudo sentido de nosotros mismos cuando somos capaces de decir "yo". Sin embargo, este poder de reflexión y de articulación acerca del yo requiere tiempo para desarrollarse. A juicio de investigadores como Walter Ong, la conciencia humana no se hubiera podido alcanzar sin la escritura, pues ella contribuye a elevarla. Pero tanto la oralidad como la escritura son necesarias para la evolución de la conciencia porque existe una correlación. La palabra oral es la primera que ilumina la conciencia con lenguaje articulado, ella relaciona y luego une al sujeto y al predicado. La palabra oral une a los seres humanos entre sí en la sociedad. La escritura por el contrario divide y enajena, aunque intensifique el sentido del yo, promueve la acción recíproca entre las personas. La narración de cuentos de forma oral nos permite desarrollar, estimular y reforzar la "interioridad del sonido", cuando tiene que ver con la interioridad de la conciencia humana y de la comunicación humana pues el sonido de la voz traduce los estados diversos del alma. De forma que mediante la palabra oral, un narrador de cuentos ha de ser honrado y perito en el habla, ha de tener nitidez en las ideas y memoria feliz.

Practicamos la oralidad cuando narramos cuentos a los niños. Por eso hemos diseñado el Programa La Hora del Cuento de la Fundación Manzanita que intenta reconciliar contradicciones, en lugar de escoger un método de enseñanza y rechazar otro, logramos la creación directa de nuevas ideas. La narración oral de cuentos escritos por autores nacionales e internacionales de reconocida trayectoria coloca al interlocutor en la acción más que en la descripción, importan los valores que emanan de la "verdad", y no sólo la "verdad" en sí. Semanalmente, los niños se ejercitan en acciones constructivas, antes que en las destructivas; en crear antes que en repetir; en construir luego de descubrir; se exploran nuevos límites, es decir, se abren caminos hacia posibilidades paralelas.

Al escoger autores de distintas nacionalidades y situar a los niños en el contexto socio-político de estos hombres, abrimos múltiples ventanas a la diversidad; dejamos a un lado las categorías; alentamos la curiosidad, la exploración, el movimiento, el amor por la lectura, el pensamiento crítico-creativo, la atención, la concentración, la memoria, la cultura general.

Si las palabras son portadoras esenciales de significados y en ellas nacen los pensamientos, entonces la narración oral de cuentos se convierte en un extraordinario evento que enriquece el vocabulario: ideas y percepciones que proporcionan las puertas a través de las cuales vemos el mundo. Este estado de actividad, llamado por estudiosos como De Bono, la "lógica fluida", corre como un arroyo, fluye hacia otra corriente. Cuando contamos cuentos, cuando concedemos importancia a la vida de los creadores, enseñamos a los niños, no sólo, a mirar el sistema en su conjunto, también los entrenamos para evaluar el aporte de un hombre a la totalidad del sistema.

Los métodos de educación son deficientes cuando no afrontan los cambios. Un solo ejemplo basta para demostrarlo: los métodos tradicionales de educación enseñan las "preposiciones", aspecto difícil de la lengua, de forma aislada, sin relación con el contexto. Se da el concepto y luego los ejemplos. Pero existe otra forma de lograr su estudio, comprensión y ejercicio de manera amena: mediante un texto orgánico que puede ser un cuento, un artículo de prensa, una receta de cocina, etc. Este último método constituye de por sí un cambio, un desafío, una forma de indagar otros conocimientos. A los niños les gusta la sorpresa, el juego con el lenguaje, por lo tanto, el apretado corsé de métodos tradicionales de enseñanza les resulta monótono, pesado y fastidioso. Cuando los niños instauran los juegos de palabras se están revelando contra el sistema, contra el lenguaje convencional, contra los métodos tradicionales, donde todo es igual, unívoco.

La necesidad de crear nuevas formas de enseñar urge; es impostergable abrir el reino del cuento a los pequeños: en la casa, por las noches, antes de acostarlos, en el colegio. Deleitarlos, atraparlos con la brasa de la palabra, con las inflexiones que manan de la emoción que nos producen las grandes obras literarias. Hacer el hábito cuesta un mes, por lo menos, pero las bondades de semejante ejercicio brillarán toda la vida.

Beatriz Pineda de Sansone

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