Howard Phillips Lovecraft

Howard Phillips Lovecraft, nace el 20 de agosto de 1890 en Providence, Rhode Island, Estados Unidos de América, y muere el 15 de marzo de 1937 en su misma ciudad natal. Lovecraft, un soñador, amante de los gatos, autor americano de novelas y cuentos cortos, es un genio de lo macabro y lo fantástico. Seguramente, Lovecraft es uno de los más grandes maestros del terror y quien ha ejercido una mayor influencia sobre sus sucesores, hasta el punto de constituir una referencia obligada para cualquier creador de sombras hoy en día.

Aquí incluimos dos poemas metafísicos de su obra Hongos de Yuggoth, los cuales nos muestran otro aspecto del interesante H.P. Lovecraft.

CONTINUIDAD

Hay en algunas cosas antiguas una huella
De una esencia vaga... más que un peso o una forma,
Un éter sutil, indeterminado,
Pero ligado a todas las leyes del tiempo y el espacio.
Un signo tenue y velado de continuidades
Que los ojos exteriores no llegan a descubrir;
De dimensiones encerradas que albergan los años idos,

Y fuera del alcance, salvo para llaves ocultas.

Me conmueve sobre todo cuando los rayos oblicuos del sol poniente
Iluminan viejas granjas en la ladera de una colina,
Y pintan de vida las formas que permanecen inmóviles
Desde hace siglos, menos quiméricas que todo esto que conocemos.
Bajo esa luz extraña siento que no estoy lejos
De la masa inmutable cuyos lados son las edades.


EXPECTACIÓN

No sabría decir por qué algunas cosas me producen
Una sensación de maravillas inexploradas por venir,

O de grieta en el muro del horizonte
Que se abre a mundos donde sólo los dioses pueden vivir.
Es una expectación vaga, sin aliento,
Como de grandes pompas antiguas que recuerdo a medias,
O de aventuras salvajes, incorpóreas,
Plenas de éxtasis y libres como un ensueño.

La encuentro en puestas de sol y en extrañas agujas urbanas,
En viejos pueblos y bosques y cañadas brumosas,
En los vientos del Sur, en el mar, en collados y ciudades iluminadas,
En viejos jardines, en canciones entreoídas y en los fuegos de la luna.
Pero aunque sólo por su encanto vale la pena vivir la vida
Nadie alcanza ni adivina el don que insinúa.

Preparado por Mari Jimeno
Texto Sentido

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