La paradoja y el heretismo de Rigoberto Rodríguez


Las Antifábulas de Rigoberto Rodríguez constituyen un ataque masivo, nutrido y disperso a la institución narrativa, la novela y el gran cuento, los cuales deconstruye en su profusión de instantes textuales, como una torre de Babel en estado de desmoronamiento activo.

Para ello (su sostenido y sintético ejercicio de la irreverencia) se vale de un procedimiento general y de varios procedimientos especiales.

El primero es el minitexto y la brevedad: la minimalidad del goce narrativo, recortado entre la voluminosa literatura universal como se recupera la perla del placer textual desechando las extensas y aparatosas conchas discursivas. Porque las Antifábulas de R.R. no se entienden sin reconocerlas como un incansable juego de la intertextualidad, que va desde el cuento de hadas hasta la Biblia, en un increscendo que lo lleva de la heterodoxia al heretismo.

Los segundos pertenecen al campo de la personal antifábula que en este libro inventa el autor, entre los cuales algunos podrían categorizarse como:

Parodia genérica (fragmentación irónica del discurso tradicional del cuento de hadas, del cuento de terror, de la mitología griega, del relato bíblico)
Narratología aplicada (las ampulosas técnicas de la narración decimonónica y vigesimónica, con sus focalizaciones y sus anisocronías, son puestas al servicio de la brevedad, agotando su eficacia en la ironía y la seducción estilística)
Paratextualismo (los títulos, o las notas al pie, constituyen el texto mismo del minitexto, o realizan el sentido de éste mediante un enlace intertextual, pudiendo llegar a ser más importantes que el texto mismo, en todo caso imprescindibles)
Humor negro (la transgresión de la lógica usual puede producir horror, placer o risa; el humor negro está en el medio de los tres, participa de la crueldad, del deleite y del pensamiento; por eso es un humor crítico con que la inteligencia se protege de la espantosa verdad)
Aforismo narrativo (un narrador puede renunciar a la historia y trazar en su aborto de fábula una efímera analítica del instante, que quizás explica, si se lee entre líneas, la imposibilidad del cuento que ha dejado de contar)
Fábula ética (las Antifábulas en general se burlan de la moraleja, sin embargo hay casos en que la hipocresía del personaje es tan flagrante que la Antifábula se vuelve crítica social, mordaz y sardónica, pero punzante como un latigazo a los mercaderes del templo)
Fábula inmoralista (la libido de las Antifábulas se caracteriza por una trabazón erótico-tanática que se personifica bien en la historia sin fin de Caperucita y el Lobo, como amantes que se aman-devoran en una lucha unísona y contradictoria que quizá es el nudo central de todas las novelas)
Paradoja (la paradoja es otra forma de alteración lógica, como el humor, pero no quiebra la secuencia del razonamiento sino que la suspende, pues conservando las premisas usuales produce una conclusión desconcertante: en vez de conducir a lo Mismo aspirado por nuestro pensamiento tautológico, conduce a lo Opuesto de un balbuciente pensamiento de lo Otro; la contradicción, inzanjable, se hace estupor o chiste —en busca del nonsense carrolliano)
Herejía (R.R. libra un antiguo combate suyo con las Escrituras, no sólo las Sagradas sino también las Mitológicas; ambas son fuentes de fábulas morales que la Antifábula subvierte o pervierte, del mismo modo en que pervierte —incluso sexualmente— el cuento de hadas; el Hada, la Musa o el Ángel se ríen desde otro mundo en que Adán no ha pecado, se ríen del nuestro).

Percibimos aquí un ascetismo estético, una poética del autodominio, que renuncia ostensiblemente al alarde de la extensión, pero que muestra, en una prosa meticulosamente cuidada, el aprendizaje de la síntesis borgesiana, de la elegancia poeana, de la maldad baudelaireana.

La narrativa de R.R. apuesta al knock-out con que Cortázar metaforizaba la brevedad narrativa, pero un knock-out al instante mismo de la campanada inicial. Y para ello no hace falta la fuerza bruta sino la velocidad. Y la máxima velocidad es la del pensamiento. Por eso las Antifábulas implican siempre un juego, un desplazamiento conceptual que constituye la eficacia de su rebeldía, sus paradojas y su negro humor, que otrora hubieran bien merecido la hoguera eclesial.

J.A. Calzadilla Arreaza
Abril 2004

Algunos minicuentos de “Antifábulas y otras brevedades”, de Rigoberto Rodríguez

Mala praxis

El doctor López tiene una espantosa y recurrente pesadilla que lo acosa desde hace algún tiempo: se ve a sí mismo en una de las clases de anatomía que dicta regularmente en la universidad, con la diferencia de que esta vez es él quien reposa sobre la mesa de disección. A su alrededor, a manera de estudiantes, se congrega un grupo de cadáveres con los rostros conocidos de los que en otra infeliz oportunidad fueran sus pacientes, quienes se disponen, llenos de contento, a tasajearlo en pedazos.

 

¡Viva la muerte!

No alcanzábamos a explicarnos su afición a la guerra, la insurrección, el tráfico ilegal de armas y la violencia urbana, hasta que nos enteramos de que era el propietario de una funeraria.

 

Vergüenza

–Mami, ¿qué es una adultera? –preguntó la niña, ardiendo en fiebre bajo las mantas.
–Traigan unas compresas frías–dijo la abuela, apostada en la cabecera de la cama y mirando con sonrojo a sus vecinas–. La pobre, ya ha comenzado a delirar.

 

Esto no es una parábola

El sembrador salió a sembrar. Y, mientras sembraba, unas semillas cayeron a lo largo del camino, vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron entre las piedras y se secaron pues no había profundidad. Por último, algunas fueron a parar debajo de la losa de cemento y fueron esas las que constituyeron nuestra mayor desgracia, ya que, al momento de extender las raíces, resquebrajaron todo el piso de la casa, poniendo en peligro la edificación.

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