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La
paradoja y el heretismo de Rigoberto Rodríguez
Para ello (su sostenido y sintético ejercicio de la irreverencia) se vale de un procedimiento general y de varios procedimientos especiales. El primero es el minitexto y la brevedad: la minimalidad del goce narrativo, recortado entre la voluminosa literatura universal como se recupera la perla del placer textual desechando las extensas y aparatosas conchas discursivas. Porque las Antifábulas de R.R. no se entienden sin reconocerlas como un incansable juego de la intertextualidad, que va desde el cuento de hadas hasta la Biblia, en un increscendo que lo lleva de la heterodoxia al heretismo. Los segundos pertenecen al campo de la personal antifábula que en este libro inventa el autor, entre los cuales algunos podrían categorizarse como: Parodia
genérica (fragmentación irónica del
discurso tradicional del cuento de hadas, del cuento de terror, de
la mitología griega, del relato bíblico) Percibimos aquí un ascetismo estético, una poética del autodominio, que renuncia ostensiblemente al alarde de la extensión, pero que muestra, en una prosa meticulosamente cuidada, el aprendizaje de la síntesis borgesiana, de la elegancia poeana, de la maldad baudelaireana. La narrativa de R.R. apuesta al knock-out con que Cortázar metaforizaba la brevedad narrativa, pero un knock-out al instante mismo de la campanada inicial. Y para ello no hace falta la fuerza bruta sino la velocidad. Y la máxima velocidad es la del pensamiento. Por eso las Antifábulas implican siempre un juego, un desplazamiento conceptual que constituye la eficacia de su rebeldía, sus paradojas y su negro humor, que otrora hubieran bien merecido la hoguera eclesial. J.A. Calzadilla
Arreaza Algunos minicuentos de “Antifábulas y otras brevedades”, de Rigoberto Rodríguez Mala praxis El doctor López tiene una espantosa y recurrente pesadilla que lo acosa desde hace algún tiempo: se ve a sí mismo en una de las clases de anatomía que dicta regularmente en la universidad, con la diferencia de que esta vez es él quien reposa sobre la mesa de disección. A su alrededor, a manera de estudiantes, se congrega un grupo de cadáveres con los rostros conocidos de los que en otra infeliz oportunidad fueran sus pacientes, quienes se disponen, llenos de contento, a tasajearlo en pedazos.
¡Viva la muerte! No alcanzábamos a explicarnos su afición a la guerra, la insurrección, el tráfico ilegal de armas y la violencia urbana, hasta que nos enteramos de que era el propietario de una funeraria.
Vergüenza –Mami, ¿qué
es una adultera? –preguntó la niña, ardiendo en
fiebre bajo las mantas.
Esto no es una parábola El sembrador salió a sembrar. Y, mientras sembraba, unas semillas cayeron a lo largo del camino, vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron entre las piedras y se secaron pues no había profundidad. Por último, algunas fueron a parar debajo de la losa de cemento y fueron esas las que constituyeron nuestra mayor desgracia, ya que, al momento de extender las raíces, resquebrajaron todo el piso de la casa, poniendo en peligro la edificación. |
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