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Geometría para unas piezas en juego Moisés de
Alberto Jurado, Podríamos ver, por la comodidad mental de prestar una especie de tablero a estas Piezas que libran un juego difícil y de reglas no evidentes, el libro de Moisés de Alberto Jurado bajo la imagen de una geometría poética, en la que las partes (las tres partes del libro) son planos convergentes, los poemas especies de teoremas o de problemas, los versos axiomas y definiciones, y el espacio determinado uno solo. La densidad de la vida que es el objeto, y más bien la materia necesariamente dislocada, de su poesía, o el fondo de Juarroz (citado en el epígrafe) que no es vida ni muerte sino otra cosa que asoma siempre parcialmente, es aglutinada en nódulos de afectos (cifrados en versos) que pudieron ser tratados, en una labor constructiva de conjunción y derivación que prosigue un solo impulso, flujo constructor de un solo poema a través de los que parecen muchos, como motivos o fragmentos para dar carne, o sentido, a un poema que es construcción de multiplicidades en su conjunción misma divergentes. He sentido que en el acto en que se hace, el poema se deshace por su propia configuración. Así, el poema de Moisés no es orgánico sino constructivo, y apela a la síntesis del receptor lector, como una superficie en que resbalan pero tiñen los trazos más diversos. Este poema no es una serie de variaciones emotivas sobre un tema u objeto que sigue un patrón de intensidad creciente, hasta producir un cierre que da fin y resonancia a la secuencia, con una conclusión sabia sobre el tema. El poema de Moisés contraviene el canon de producción del poema y se ofrece como objeto de contornos bizarros, minado por la propia multiplicidad que lo conforma, sin atender a las reglas de intensidad ni de simetría, sin propiciar conclusiones patéticas, o sea, efectistas, y plausibles. La geometría poética de Moisés genera figuras de lados incalculables, disimétricas, definibles sólo por la copresencia de las piezas que la componen de manera casual, como el flujo de la vida. Estos poemas, en el buen sentido, son meros accidentes. Parecen echados allí como las varillas candescentes del I Ching sobre un caparazón de tortuga. Y de allí su enigmática hermosura. Pero si pensamos en el tablero, y en la estrategia que está detrás de esta construcción, que se baña en la frescura aleatoria como en un río de Heráclito pero que no abandona una tenacidad filosófica, una mirada de sabio embebido de la vida, cada poema de Moisés nos deja el silencio de un alfil desplazado sobre la columna de caballos, o de un caballo inmiscuido en el frente de peones. Estos poemas son piezas en juego, pero piezas cuyos movimientos y constelaciones inventan el tablero, el plano, la superficie y el volumen, sobre el que vendrá la vida (cifrada en versos-axiomas) a jugarse las futuras conmociones vitales que ya esta geometría predetermina en líneas punteadas. Lo que hace bizarra esta geometría es que sus figuras tienen contornos irregulares, son figuras que permanecen abiertas a la contigüidad del flujo y a la completación del afuera, como los instantes de la vida, de la cual nos ofrece este libro tres unidades inestables (sus tres partes). Así, el poema raramente se cierra como objeto estético sino que queda abierto sobre otro poema indefinidamente, constituyendo series que son un solo poema, como epilios o pequeñas épicas de la pretérita pero viviente natalidad, del presente del que siempre estamos distantes, llegando a él después de nuestra propia luz, del futuro amenazado de pasarse irremediablemente. Tal vez el tablero, tal vez el espacio en que estas Piezas se engarzan, se enrocan y circundan, se retoman y repiten, sea el del tiempo-vida. Tiempo-vida que se proyecta desde Moisés como pieza en movimiento y que sería necio llamar “autobiográfico”. Gracias a la poesía, sus ordenadas son el flujo fragmentario incesante, y sus abscisas son la eternidad de haberlo escrito.
Poemas de Moisés de Alberto Jurado
la llegada al hogar final de la fiesta mi mujer vacía para ser
llenada, lograr satisfacerla creo en la vuelta lo sagrado de comer en la mesa *** sonrío en el rumor de la noche el final del día toma mi
alma y la viste de favores tomarte fuerte de las manos el agua limpiando la piedra haciendo giros hacia la ventana
del cuarto me llevas al primer árbol,
de noche te elevo por la cintura, mujer dormir en la ceniza cada día Tomado del poemario Piezas en juego |
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