Geometría para unas piezas en juego
por J.A. Calzadilla Arreaza

Moisés de Alberto Jurado,
Piezas en juego, Puebla, 2002

Podríamos ver, por la comodidad mental de prestar una especie de tablero a estas Piezas que libran un juego difícil y de reglas no evidentes, el libro de Moisés de Alberto Jurado bajo la imagen de una geometría poética, en la que las partes (las tres partes del libro) son planos convergentes, los poemas especies de teoremas o de problemas, los versos axiomas y definiciones, y el espacio determinado uno solo.

La densidad de la vida que es el objeto, y más bien la materia necesariamente dislocada, de su poesía, o el fondo de Juarroz (citado en el epígrafe) que no es vida ni muerte sino otra cosa que asoma siempre parcialmente, es aglutinada en nódulos de afectos (cifrados en versos) que pudieron ser tratados, en una labor constructiva de conjunción y derivación que prosigue un solo impulso, flujo constructor de un solo poema a través de los que parecen muchos, como motivos o fragmentos para dar carne, o sentido, a un poema que es construcción de multiplicidades en su conjunción misma divergentes. He sentido que en el acto en que se hace, el poema se deshace por su propia configuración.

Así, el poema de Moisés no es orgánico sino constructivo, y apela a la síntesis del receptor lector, como una superficie en que resbalan pero tiñen los trazos más diversos. Este poema no es una serie de variaciones emotivas sobre un tema u objeto que sigue un patrón de intensidad creciente, hasta producir un cierre que da fin y resonancia a la secuencia, con una conclusión sabia sobre el tema. El poema de Moisés contraviene el canon de producción del poema y se ofrece como objeto de contornos bizarros, minado por la propia multiplicidad que lo conforma, sin atender a las reglas de intensidad ni de simetría, sin propiciar conclusiones patéticas, o sea, efectistas, y plausibles. La geometría poética de Moisés genera figuras de lados incalculables, disimétricas, definibles sólo por la copresencia de las piezas que la componen de manera casual, como el flujo de la vida. Estos poemas, en el buen sentido, son meros accidentes. Parecen echados allí como las varillas candescentes del I Ching sobre un caparazón de tortuga. Y de allí su enigmática hermosura.

Pero si pensamos en el tablero, y en la estrategia que está detrás de esta construcción, que se baña en la frescura aleatoria como en un río de Heráclito pero que no abandona una tenacidad filosófica, una mirada de sabio embebido de la vida, cada poema de Moisés nos deja el silencio de un alfil desplazado sobre la columna de caballos, o de un caballo inmiscuido en el frente de peones. Estos poemas son piezas en juego, pero piezas cuyos movimientos y constelaciones inventan el tablero, el plano, la superficie y el volumen, sobre el que vendrá la vida (cifrada en versos-axiomas) a jugarse las futuras conmociones vitales que ya esta geometría predetermina en líneas punteadas.

Lo que hace bizarra esta geometría es que sus figuras tienen contornos irregulares, son figuras que permanecen abiertas a la contigüidad del flujo y a la completación del afuera, como los instantes de la vida, de la cual nos ofrece este libro tres unidades inestables (sus tres partes). Así, el poema raramente se cierra como objeto estético sino que queda abierto sobre otro poema indefinidamente, constituyendo series que son un solo poema, como epilios o pequeñas épicas de la pretérita pero viviente natalidad, del presente del que siempre estamos distantes, llegando a él después de nuestra propia luz, del futuro amenazado de pasarse irremediablemente.

Tal vez el tablero, tal vez el espacio en que estas Piezas se engarzan, se enrocan y circundan, se retoman y repiten, sea el del tiempo-vida. Tiempo-vida que se proyecta desde Moisés como pieza en movimiento y que sería necio llamar “autobiográfico”. Gracias a la poesía, sus ordenadas son el flujo fragmentario incesante, y sus abscisas son la eternidad de haberlo escrito.


J.A. Calzadilla Arreaza
6 mayo 2004


***

Poemas de Moisés de Alberto Jurado


un relato solo
el peso de un día-luz en estas montañas

la llegada al hogar
encontrar el fuego encendido
el espacio merecido, abierto, cándido

final de la fiesta
el grito cálido de la vida aún creando para la noche
mi antigua labor de tomar lo que me pertenece
satisfacer y llenar los párpados, entrar en el útero
formar parte íntegra del sueño

mi mujer vacía para ser llenada, lograr satisfacerla
el ángel del silencio que toma rumbo bajo las nubes
y el color de la luna, hecha belleza por reflejar
el oro del padre

creo en la vuelta
el ciclo compartido y la fertilidad de mis huesos
que algún día se harán polvo para la tierra

lo sagrado de comer en la mesa
lo que terminará con el hambre
con la duda

***

sonrío en el rumor de la noche

el final del día toma mi alma y la viste de favores
el televisor encendido
la cama, la lámpara que continúa en el aire
sigue extrañando nuestro aliento
el mundo que se imanta neutro
para hacernos creer que el paraíso
no se merece

tomarte fuerte de las manos
morder tus pezones, darte la claridad
que necesitas para vivir en mí y juzgar tu hogar
hacerte mía, poner la semilla con sus sellos

el agua limpiando la piedra
el aire moviendo la llama

haciendo giros hacia la ventana del cuarto
y encender el cigarrillo, agotados
intervenir en los viajes del mañana que se dibujan
para ser cristales

me llevas al primer árbol, de noche
me llevas a bordo de ti, al encuentro
y al espejo exclamando en el fondo del lago

te elevo por la cintura, mujer
la muerte es un objeto bestial, bello, propio de los que luchan

dormir en la ceniza

cada día
la vida completa, hecha para jugarla
desde un comienzo

Tomado del poemario Piezas en juego

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